Te despiertas nuevamente y como siempre, ella ya se ha ido.
Tocas el lado de su cama, las sábanas están frías; hace mucho se fue. Con
dificultad te sientas en la silla de ruedas que está al lado de la cama. Comes
el desayuno que ella te preparó. Contemplas la ciudad y te preguntas: “¿Cuándo
volverá?”
Todos los días recuerdas el día que se casaron, fue hace cinco
años, se amaban profundamente. Eres un reconocido periodista y ella una hermosa
modelo. Vives en Italia. Ella desfila en las pasarelas más prestigiosas de
Milán. Recuerdas que hace un año quedaste parapléjico por un accidente
automovilístico. Afortunadamente, con el trabajo de ella podían vivir
cómodamente.
Pero te sientes culpable, ya no te sientes cómodo. Los
medicamentes se han encarecido. Ella se acuesta con el primero que le ofrece
dinero, no por necesidad sexual, sino por el profundo amor que siente por ti;
ella sabe que necesitas las medicinas.
Ves salir a una pareja de un restaurante, suben a un auto
convertible y la imaginas en ese instante con algún miserable, pero la
perdonas, es por amor, lo sabes, es por tus medicamentos.
Las imágenes del accidente pasan rápidamente por tu mente, una y
otra ves, son fantasmas, te acechan, lloras, maldices el día en que la perdiste
y perdiste la movilidad.
Ella llega nuevamente, extenuada, te besa la frente. Vuelven a la
cama. Lloras en silencio, te duele todo, es decir, el alma y el corazón. El
cuerpo ya no te duele.
Afortunado, si algo más te doliera, morirías instantáneamente.
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