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lunes, 10 de marzo de 2014

Día VII - Sobre escribir y el significado de las palabras

Escribir no es algo tan fácil como aparentemente puede resultar; una letra seguida de otra, guardando algún tipo de coherencia y cohesión y ya está (aunque valdría la pena ver que resulta de poner un cúmulo de palabras indiscriminadamente a ver qué sucede, los más escrupulosos podrían decir que se trata de un ejercicio meramente psicoanalítico), se produjo un texto de 10 páginas.  A veces se tiene una idea clara en la cabeza y al momento de expresarla o escribirla en un papel resulta ser una experiencia casi titánica. Es como si la idea nos empezara a martillar desde adentro intentando salir, sin atavíos o alteraciones, pero por más que punza la cabeza nunca lograr salir perfectamente, sin impurezas. De una forma caricaturesca así me imagino el mundo de las ideas, todo límpido y pulcro, pero cada palabra o cada plumazo es un agente extraño que se le inyecta a esas figuras indefinidas y que bailotean en la mente.
Otra cuestión que me resulta algo particular es la capacidad que tienen algunas personas de expresar sus emociones. Algunos escritores tienen el prodigio de decir con palabras muy simples las situaciones y percepciones de una manera grandiosa, y muchas veces me surge la pregunta: ¿por qué eso no se me ocurrió decirlo a mí?
Les pongo un ejemplo, miremos qué dice la RAE del odio:
“ m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.”
Bueno, pero ¿qué es antipatía?
“f. Sentimiento de aversión que, en mayor o menor grado, se experimenta hacia alguna persona, animal o cosa.”
Pareciera que la clave está en encontrar la definición de aversión:
“f. Rechazo o repugnancia frente alguien o algo.”
Ahora bien, la palabra rechazo nos da una idea un poco más clara, bajo mi punto de vista, de lo que significan ese sinfín de sentimientos. Sin embargo, bien sabemos que el odio no es un simple rechazo o una simple aversión, es una sensación que va mucho más allá y que trasciende de una simple aversión, y ahí es donde digo que el lenguaje muchas veces se nos queda corto y por más que intentemos describir odio hacia alguien o algo, jamás lograremos decirlo exactamente, y por eso escribir es tan difícil. Pero la grandeza de la escritura, creo yo, radica en acercarse lo que más se pueda a esas extrañas sensaciones indefinibles.
Quiero poner otro ejemplo, miremos qué dice la RAE del amor:
“m. Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca del encuentro y unión con el otro ser.”
Sin duda alguna es una definición muy certera y precisa, digamos una de las mejores definiciones del diccionario. Pero miren esta definición que da del amor Cortázar en su libro Rayuela en el capítulo I:
“…Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.”

Sin duda alguna esto es una definición literaria, pero con mi forma de ver la realidad me parece una manera acertada de definir lo indefinible, teniendo en cuenta que Cortázar tampoco llegó a la precisión absoluta.

Otro ejemplo del amor en Flaubert:
El amor, creía ella, debía llegar de pronto, con grandes destellos y fulguraciones, huracán de los cielos que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como si fueran hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero. No sabía que, en las terrazas de las casas, la lluvia hace lagos cuando los canales están obstruidos.”

Otro ejemplo para decir algo sublime, de Flaubert:
“A veces pensaba que, a pesar de todo, aquellos eran los más bellos días de su vida, la luna de miel, como decían. Para saborear su dulzura, habría sin duda que irse a esos países de nombres sonoros donde los días que siguen a la boda tienen más dulces holganzas. En sillas de posta; bajo cortinillas de seda azul, se sube al paso por caminos escarpados, escuchando la canción del postillón, que se repite en la montaña con las campanillas de las cabras y el sordo rumor de las cascadas.”

Mi hipótesis también caería en la encrucijada de las definiciones de la RAE, pero a pesar de eso me parece una forma más certera de definir esas sensaciones que no se pueden precisar de ninguna manera. Me gustaría abrir los diccionarios de la RAE en posteriores ediciones y encontrarme una definición de este tipo, aunque mis ideas también sigan bailoteando en la utopía.

lunes, 3 de marzo de 2014

Los espectros de Morelli

No entiendo cómo se escapó el libro de Morelli del desván donde tengo guardado todos los libros que en algún momento de mi existencia insultaron mi inteligencia. En ese último rincón de la casa guardo bajo llave aquellos ejemplares de páginas malditas, ideas ininteligibles y palabras imposibles. Pero ahí estaba, encima de la mesa de noche. Mi primer pensamiento sobreviene con una arcada, y en primer lugar no cavilo en esclarecer la forma en que llegó el libro ahí,  si no que rememoro las infinitas veces que he escuchado hablar a imberbes famélicos en cafetines a cerca de este libro, tomando Espresso con azúcar y luciendo sus nuevas gafas de pasta. Y sólo luego de sobreponerme de las ganas de vomitar que me produce ese espantoso recuerdo,  esfuerzo a que mi precaria razón me dé cuentas de la visita inesperada de aquel espectro que yo creía olvidado.
Sé muy bien que vuelve para burlarse de mí, para mostrarme el estilo único e incomprendido de aquel surrealista afrancesado, el cuál me produce una sensación de ponzoña cada vez que se ríe y deja entrever sus dientes pútridos y mohosos, y es que ese libro me restriega mis intentos vanos de encontrar el hilo dorado y la aguja azul que han de enlazar mis letras.

Sin duda alguna es un libro arcano escrito por un autor arcano e incomprendido, del cual todos intentan jactarse de una compresión absoluta. Pero lo que es más cierto aún, es que es un libro que navega sólo y es causa de sí mismo.  Es mágico en sí mismo, y por esto tan odiado por mí, por que logra el remordimiento de añorar a aquella Elfa que todos conocemos, deseamos tener y que siempre se nos escapa como líquido entre los dedos y se nos chorrea deliciosamente por la comisura de los labios de sólo pensar en ella.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Barrio viejo

Aquel barrio remoto y aislado parecía estancado en el tiempo. A pesar de estar en el corazón de la ciudad, estaba refugiado del ajetreo incesante de una metrópoli que nunca se detiene. Acorazado entre varias calles sin salida y arboledas en cada extremo, sólo tenía una vía de entrada, y quienes lo habitaban eran parejas decrépitas que a veces por suerte recibían visitas de sus familiares. Era un barrio anacrónico, de calles viejas e inquilinos abandonados por voluntad en su lecho de muerte, o como símil, en sus hermosas casas con grandes jardines. Allí, los viejos vivieron sosegados; los pocos que quedan aún siguen anhelando. En ese entonces un silencio profundo colmaba las calles del lugar: era posible escuchar a cualquier hora del día el revoloteo de las hojas secas en el asfalto por causa del viento. También cuando éste soplaba, los árboles proferían al unísono un ulular sinfónico de una exquisitez natural que no se podía escuchar en ningún otro lugar de la urbe. Cuando algún incauto llegaba hasta allí y caminaba unos cuantos pasos, el rostro adquiría un semblante diferente; caminar por esas calles viejas era como entrar en un mundo desconocido, mágico y silencioso. La tranquilidad revestía las casas y las calles, de una sensación enigmática y acogedora.  

Hoy sólo se escuchan los gritos delirantes del cambio generacional que ha ido reemplazando a los viejos. Los nuevos hijos son bulliciosos y tercos, y se han empeñado en tumbar los árboles que empezaron a levantar el pavimento y la tierra.
Ya no quedan los viejos que dormitaban sentados en las sillas rimax en las aceras, ni los viejos jeep corroídos y desvencijados.  En las calles sólo resuenan los sonidos metálicos de las nuevas máquinas, los martillazos que anuncian la proyección de nuevos y grandes edificios. El barrio ya no huele a hierba húmeda, si no a concreto recién vertido. Antes se podía escuchar al viejo músico cantar, mientras rasgaba algunos acordes en su guitarra. La casa del músico tiene un gran ventanal que daba a la calle, pero no tenía vidrio, sólo unas rejas en formas de arabescos y una cortina que siempre estaba abierta de par en par, que dejaba entrever una arquitectura arcana y mágica, con paredes llenas de cuadros que él mismo pintaba, pero por las nuevas construcciones,  el viejo ha tenido que sellar ese abismo maravilloso.
Quienes quedan ya no salen a la puerta de la casa a tomar el café, ni a contemplar el jardín. Los gatos que solían maullar en la noche se han ido y los conejos que en el día solían desfilar de jardín en jardín han desaparecido.
Poco queda de eso, sólo uno que otro viejo postrado en su cama esperando la suerte que su olor mortecino anuncie la desaparición del alma.

Ya no queda nada de eso; las calles se apagan, los viejos se van y las casas ya no son casas. Y sólo queda la maldición de envejecer en el momento que no era, en medio de un lugar que ya no es el mío. Sólo queda envejecer en una ciudad sin barrios viejos. 

lunes, 2 de septiembre de 2013

Oasis de placer


El calor de las tardes a veces era insoportable, y en medio de la hiperactividad, sentía que en algún momento podía sucumbir, no iba a aguantar e iba a caer deshidratado en medio del lugar.
A pesar de eso, alguien encendía el oasis con el cual se apaciguaba la sensación sofocante.
Ese oasis era un cúmulo de sonidos impecables, que retumbaban las paredes y el ambiente cuando la situación se hacía insoportable. Yo me sentaba en el pequeño oasis de placer, en una silla de plástico y me ensimismaba con los sonidos.
Música vieja, para mis jóvenes oídos. ¿O no, viejo Benny?
Yo me sentaba junto al viejo y miraba su rostro sudoroso, mientras con su mano acariciaba una botella de aguardiente y con la otra movía los dedos al son de la música. Sus ojos cerrados y sus labios dibujaban una leve sonrisa. Mientras estaba a su lado, intentaba descifrar su estado y sus pensamientos; recurría a mi imaginación para intentar hacerme una vaga idea de los secretos que guardaban sus profundos ojos negros, que ya no podía ver por la posición de sus párpados.
Después de unas cuantas canciones, él volvía a abrir los ojos y me sonreía al verme a su lado, se acomodaba las gafas y entre pasos torpes traía un mazo de cartas, y jugábamos y apostábamos hasta que la tarde caía y la luna se posicionaba.
Pero un día, llegó el mejor remedio para soportar las tediosas y calurosas tardes:
Sin soltar la botella con el líquido transparente, abrió un armario que tenía en la parte trasera del bar, allí tenía diversas herramientas: llaves inglesas, taladros, tornillos y martillos. Cuidadosamente, fue retirando estos utensilios y fue acomodándolos a un lado para dejar al descubierto una gran cantidad de libros con nombres que me resultaba impronunciables.
Con rigurosidad, el viejo fue hablándome de cada autor, sus más importantes obras, historias, e incluso las anécdotas de cómo llegaron todos esos libros a sus manos.
Constantemente, él repetía que era un aficionado a la literatura y que durante toda su vida trabajó para comprarse esos libros y leerlos cuando ya estuviera retirado y lejos de los timbales. “Siempre me he considerado ignorante.” – decía el viejo.- “pero sé que el remedio de la ignorancia está en la lectura.
Por eso puso a mi disposición esa cantidad de libros, para que navegara en todas esas maravillosas hojas, y fuera, según él, un poco más feliz.

Ha sido curioso ir descubriendo, mediante un proceso paulatino, como la lectura de esos libros me han llenado de un placer indescriptible, que no es propiamente una sensación de felicidad, pero sin duda alguna, ha cambiado y matizado el filtro con el cual percibo y vivo mi “realidad”.

Tal vez no pueda decir que haya recibido felicidad de la literatura, pero si puedo decir que cada letra que leo de uno de esos libros me ha dado un regocijo particular, un regocijo que está muy relacionado al tormento, a la bruma y que no cambiaría por ningún motivo, por que allí encuentro mi oasis en el desierto. 


martes, 20 de agosto de 2013

Abismos


Todo comienza cuando se le quiere hacer una apología a la soledad. Cuando se reconoce que hay un abismo más profundo y oscuro que la propia reflexión. Ensimismarse, enajenarse y apartarse de todo lo físico y material se convierte en el último paso y no el en el primero. Ahí, debo reconocer, existe una condición que va mucho más allá de los límites conocidos, una frontera que supera lo humano. La soledad penetra en todos los rincones de la esencia, se convierte en el medio y no en el fin. Esa herramienta de autodestrucción se vuelve inofensiva a la inmensidad del imperio que se avecina. En ese punto, habría que agradecerle; inocua, indefensa y beneficiosa. Los efectos mustios y lánguidos toman una calidez viva y dorada.
Por extrañas razones, el abismo del prójimo siempre es peor, siempre es impenetrable, inaccesible, irreconocible y sobretodo, ininteligible. Aventurarse al abismo de otro resulta peor que el mismo y propio aislamiento.
Indescriptible y abrumado es ser el batiscafo del abismo de alguien. 


lunes, 5 de agosto de 2013

¿Qué es la verdad?


El ser humano, por naturaleza, ha tenido una curiosidad insaciable por aquello que desconoce o es nuevo para él. Se dice que ésta singularidad fue potenciada en la Antigua Grecia con el nacimiento de la Filosofía. La particularidad es que la Filosofía ha expuesto y tratado temas trascendentales y vitales para la vida del ser humano; los límites de la curiosidad fueron llevados a lugares menos triviales y superfluos, y empezaron a surgir preguntas con un trasfondo tan amplio, que hasta el día de hoy se siguen debatiendo cuestiones que surgieron en la Antigua Grecia.
Platón, uno de los hombres más influyentes de la Historia y Filosofía Universal, se abalanzó sobre un río de violento caudal preguntándose acerca de qué es la verdad y cómo se llega a ésta, con lo cual resultó uno de los textos más ilustrativos sobre la verdad: “El mito de la caverna”.

Para Platón, en buena medida, no poseer la verdad o estar muy lejos de ella, es estar cerca de un estado de ignorancia o una condición de encadenamiento en lo profundo de una oscura caverna. Acercarse a la verdad, según él, es ir hasta la superficie, de donde emerge la poca luz que entra a la caverna. Metafóricamente, Platón sugiere que en el ascenso pueden haber tropiezos e inconvenientes, y además, para estos seres encadenados y habituados a la oscuridad, el paulatino acercamiento a la claridad de la luz podría resultar molesto e insoportable.
Así pues, Platón hace una elegante analogía entre la verdad y quienes intentan acceder a ella.
Por lo general, cuando sabemos una verdad de cualquier índole, sea buena o mala, ésta genera un impacto significativo en nuestras vidas, y aún más, cuando son cuestiones filosóficas que tienen un carácter neurálgico en la existencia, como por ejemplo: ¿Qué es la felicidad? ¿Cómo ser felices? ¿Existe la felicidad? Al intentar responder estas preguntas, al intentar llegar a su verdad, podemos vernos enceguecidos y opacados, en algunos casos por que no eran las expectativas esperadas.
Aquí surge una duda más: esa desilusión puede resultar del hecho de no haber accedido correctamente a la verdad, por haber ascendido de forma incorrecta desde la profundidad hasta la superficie. ¿Cuál es el mejor camino para acceder a la verdad? ¿Existen verdades absolutas? Donde comienza un debate en el que, personalmente, nunca se llegará a un feliz término. Sin embargo, y de eso sí no cabe duda, imponer una verdad por medios violentos, intentando opacar las verdades del otro, es el acto más grande que puede existir de ignorancia y encadenamiento. 

lunes, 15 de julio de 2013

Ciclos

Ir tras anhelados palacios, repletos de codiciadas fortunas, y encontrar ilusorios vestigios, salas profanadas y saqueadas, escombros de la edificación y rastros de un cruento despojo, es una decepción irrefutable.
La sangre empieza a hervir, la ira se apodera de la prudencia y la razón, encegueciendo al aventurero y envolviéndolo en un profundo desasosiego.
Esa zozobra y desazón evocan posibles imágenes de los bandidos que antes estuvieron allí. Y maldiciéndolos entre dientes, un profundo deseo, con consecuencias mortíferas en los canallas, se adueña con vehemencia hasta de las almas más caritativas
Las cavilaciones sobre qué camino tomar, la encrucijada que se produce en este punto, se convierte en una elucubración infundada. Esas disquisiciones sugieren que al palacio entraron con el consentimiento de alguien, bajo la buena mirada del posible dueño de las riquezas, o por lo menos insinúa que se conocía de cerca con los delincuentes.
Eso me hace, de cierta manera, un nuevo rufián. ¿Qué hacía yo en ese palacio? ¿Por qué me percaté de la falta de las riquezas?
Reconstruiré el palacio, lo adornaré con alhajas y dejaré repletas las salas con los tesoros que antes fueron robados. Complaceré al dueño del palacio y traeré regocijo a su vida.
¿No es el amor éste ciclo? Un mítico uróboros, una perfecta esfericidad, unas “Ruinas circulares”, una “Continuidad de los parques”, un eterno devenir, un círculo vicioso. Llegamos, amamos, nos vamos, despojamos y arribamos a nuevos palacios. Afortunadamente, con la vaga intención de perdurar infinitamente, aunque no siempre se cumpla. 






viernes, 17 de mayo de 2013

¿Quién soy y a quién sueño?


Me miro en el espejo, veo mi reflejo y recuerdo que tengo una vida infeliz. Las mujeres dicen que soy hermoso. Mis “amigos” dicen que soy exitoso y que tengo todo el dinero del mundo. Esto me hace recordar que soy un empresario y tengo reuniones a las cuales asistir. No me siento cómodo con esta estúpida vida, lo tengo todo y al mismo tiempo no tengo nada. Todos los días me acuesto con la misma mujer indiferente, vacía y que desde las seis de la mañana está sumergida en maquillaje. Lo primero que habla al despertar es relacionado con moda o posesiones materiales que desea con efervescencia.
Jamás me he despertado con su amor.
Mi apartamento está repleto de muebles y electrodomésticos. Sin embargo, se siente vacío, el ambiente es frío y minimalista. Siempre me he sentido solo en este lugar.
Casi todos los días son prácticamente iguales. Me subo en mi carro convertible, voy hasta la oficina, atiendo un par de llamadas y reuniones y vuelvo a mi casa en la tarde. Al llegar, siempre encuentro a ésta mujer haciéndose mascarillas faciales o tostando su piel en la cámara bronceadora.
Simplemente quiero volver a dormir para soñar la verdadera vida que quiero, y no esta pobreza absoluta en la cual siempre me despierto. Me miro en el espejo, veo mi reflejo y espero que mañana sea otra persona.

Me miro en el espejo, en ese espejo roto que recogí en la basura. Mi aspecto es cada vez más deplorable, mi cara está totalmente ennegrecida, la suciedad se está empezando a colar por mis ojos y siento un ardor molesto. Me percato que estoy nuevamente en el basurero municipal. El hedor de la basura nuevamente vuelve a invadir mis pulmones. Anoche soñé que era un empresario exitoso y tenía todo el dinero del mundo. Tenía una hermosa esposa, no era muy inteligente, pero al menos era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. El improvisado refugio de cartón que construí, se deshizo con la lluvia. Levanto la mirada y veo que dos vagabundos se están disputando las sobras de una comida que encontraron en una bolsa negra, la comida parece estar en descomposición. Uno amenaza al otro con una botella de vidrio, el otro lo amenaza con un cuchillo mal afilado. En el forcejeo se acercan mucho a mí y el hombre de la botella alcanza a golpear fuerte y contundentemente a su adversario, una de las esquirlas me causa una herida en el brazo.

Me levanto agitando y sudando. Me acerco al espejo y soy el hermoso empresario otra vez. Qué horrible sueño el que tuve. A veces no valoro bien mi vida. Agradezco que fue un sueño y vuelvo a la cama, le doy un beso a mi mujer sin despertarla.
Sin embargo, no puedo dormir, siento un leve ardor en mi mano. Enciendo la luz para ver qué me sucede y veo que las cobijas están manchadas de sangre y mi brazo tiene una extraña herida.