Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ficción. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de marzo de 2014

Día VI - Montañas de nieve

Todo esto mirando un cuadro.

Bourges es un hombre que siempre está huyendo. Nadie sabe con certeza de qué huye; su familia piensa que huye de sí mismo, sus amigos piensan que huye de los placeres que ofrece la juventud y otros simplemente creen que es una persona que nació en el lugar y en el tiempo equivocado.
Hace varios meses este hombre vive en Anchor, una ciudad septentrional que queda ubicada a riberas del río Min. Viajó desde el cálido trópico, para asentarse en esta fría región del globo terráqueo. Los nativos de Anchor dicen que allí viven dos tipos de personas: los mismos oriundos y los que huyen de sus tierras natales buscando algún tipo de regocijo en la soledad boreal, y que terminan convirtiéndose en auténticos anacoretas, o en su defecto, en algún tipo de escritor fracasado.
Bourges durante toda su niñez estuvo acostumbrado a los verdes vivos del paisaje y el aire cálido de las zonas tropicales. Sin embargo, siempre le pareció un paisaje melancólico y triste, un paisaje donde predominaban las mentiras, la hipocresía y el cinismo. Cuando Bourges pisó por primera vez el gélido suelo de Anchor, supo que después de tanto tiempo, después de 24 años de vida, había llegado por fin a casa; mientras alzaba su mirada y veía las colosales montañas cubiertas de nieve, una leve sonrisa se dibujaba en su rostro. Hace mucho tiempo Bourges no sentía una felicidad tan indescriptible, en su garganta se formaba un extraño nudo que no le permitía modular palabras inteligibles. Un sentimiento visceral de regocijo y paz le inundaban de lágrimas los ojos. Siempre estuvo huyendo, pero también buscando. Puede que su naturaleza estuviera trastornada y alterada, es probable que el ambiente jovial en el que siempre creció fueran una mentira particular, pero no general.

A veces la existencia nos pone en el lugar equivocado. El secreto está en buscar las montañas de nieve.


sábado, 8 de marzo de 2014

Día V

Abrazando en sentido inverso la roca que cargo en la espalda, recuerdo que no he sido el único infortunado en la Historia. Los recuerdos de aquel joven, hermoso y esbelto, asaltan mi mente:
Aquel chico miraba puerilmente a su padre, mientras este construía las alas con las plumas que le llegaban a causa del viento, y con un poco de cera el padre unía con cuidado cada una de las partes del artefacto que iban a ayudar a volar al joven lejos de la prisión que estaba ubicada en medio del mar. Su padre le recordaba que no podía volar muy cerca al mar, pues la espuma del mar mojaría sus alas y se ahogaría en el. Y mucho menos podía volar alto, pues el implacable sol derretiría la cera que fijaba las plumas y se caería sin más. 
Esas imágenes lo satisfacían. Imaginar al ingenuo de Ícaro cayendo en picada hacia el mar, atravesando el paisaje verticalmente a toda velocidad, por esa tonta idea de llegar al paraíso e intentar besar el sol mientras el viento revolcaba sus dorados cabellos en su rostro, lo llenaban de un mediocre júbilo. 
Pero a eso estaba acostumbrado el estúpido, a llenarse de regocijo de saber que no era el único desventurado en el planeta. El hombre, jadeaba cansado con la roca en su espalda y dejaba entrever su lengua de llamas que chorreaban gotas de fuego, mientras reía cuesta arriba recordando a Dédalo e Ícaro.

Los fugaces pensamientos que a veces surcaban la caótica mente de aquel hombre, era el reflejo de una Historia que se repite día tras día en su vida. La pesada carga que ya iba calando en sus omoplatos, era la muestra del pesimismo que lo embargaba y que con toda seguridad, nunca lo abandonaba. Incluso el aroma de azufre, no lograba apaciguar su desasosiego; las gotas de fuego que descendían de su boca, dañaban los efectos psicoativos del azufre en su cerebro.

jueves, 6 de marzo de 2014

Día IV

-       ¿Qué hacías por la Avenida 30 un miércoles a las 9 de la noche? – me preguntó desafiante.

No sabía qué responder. Me quedé con los ojos muy abiertos mirándola, sin poder hilar ninguna idea coherente en mi cabeza. Creo que mi rostro no le expresó nada.

-       Dime por qué, tranquilo. No voy a hablar con tus padres. Sólo que ese no es un sitio para chicos de tu edad. – insistía con una leve sonrisa en su rostro

Era esa misma sonrisa que usaba cuando nos daba a todos una mala noticia, era una forma sarcástica de decirnos “están jodidos”. No confío en ese tipo de personas, que te dan un espaldarazo pero por dentro se retuercen de la felicidad de que no tengas ningún tipo de esperanza existencial. Son como sanguijuelas que te chupan el miedo y se alimenta de él.
Bajé un poco la mirada y posé mis ojos unos pocos segundo en su blusa negra escotada, que dejaba entrever un redondel sonrosado. Luego miré sus zapatillas, esperando a que entendiera mi mensaje.

-       Ah, ya entiendo, ¿¡estabas buscando una prostituta!? – exclamó en un tono burlón.

Al escuchar esa palabra, levanté bruscamente la mirada. Sentí un ardor en mis pómulos, pero luego sentí una sensación terrible de estallar en risas. No sabía a qué se refería con “¿estabas buscando una prostituta?” Después de que ella terminó la pregunta, su rostro tenía una amplia sonrisa que le abotagaron los cachetes, aunque sus labios se veían más carnosos y carmesí. En ese instante deseé tirarme sobre ella y besarla. ¿Por qué no vi a la arpía cuando caminaba por la Avenida? ¿En dónde había posado mi mirada?
Seguía impertérrito al cuestionario que me estaba formulando. No tenía porqué responderle nada, lo que hice fue lejos de su injerencia.

-       No estaba haciendo nada. Sólo caminaba.
-       ¿¡Caminabas!? – exclamó con una voz chillona. – Tu casa queda al otro lado de la ciudad, ¿qué hacías allí? – insistió.

¿Cómo sabía que vivía al otro lado de la ciudad? No me explicaba cómo sabía tanto de mí. Sus ojos punzantes ya me estaban cansando y no podía sostenerle la mirada. Sólo quería que se callara, diera media vuelta y se esfumara, o en su defecto, me lanzara un beso.

-       No estaba buscando ninguna prostituta.
-       Vi que entrabas en un burdel.
-       ¿Desde qué perspectiva me miraba usted?
-       A qué te refieres con, “¿desde qué perspectiva me miraba usted? – dijo ladeando la cabeza.
-       Sí, precisamente a eso me refiero, ¿desde dónde venía su mirada?
-       Pues en el mismo sentido en que caminabas, ¿cómo más iba a ser? – dijo de una forma vacilante. Su sonrisa empezó a desdibujarse.
-       No es cierto, porque yo no la vi a usted.
-       Te digo que te vi entrar en el burdel, ¿qué hacías allí? – dijo indignada.

-       Ah, ¿se refiere al burdel de la 30 con 69? La estaba buscando.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Bourges

Bourges creció en un país ubicado en el trópico, un lugar muy cercano a la línea ecuatorial. Sus primeros 12 años de vida los vivió en un pueblo que quedaba a 2 horas de la capital. Allí había realizado sus estudios básicos y su vida no había tomado un matiz definido, aún no descubría qué le gustaba, ni para qué era bueno, simplemente su familia sabía que era un chico solitario y reservado, que muy pocas veces mostraba gestos y actitudes extravagantes de felicidad. Los años siguientes hasta que viajó a Anchor los vivió en la capital. Sus padres lo enviaron a uno de los mejores internados del país para que terminara sus estudios y aspirara a grandes cosas en su vida. Al principio no le gustó mucho la idea, incluso pensó en irse de casa cuando sus padres le comunicaron la decisión, pero su actitud sumisa no le permitió que esa idea trascendiera y se tornara crítica; pensó en su futuro y simplemente se imaginaba que esa vida era un sueño y que realmente viviría la realidad cuando estuviera de vacaciones en su pueblo natal.
 El primer año de Bourges en el internado fue un poco difícil, no se relacionó muy bien con  sus compañeros y casi siempre estaba solo en su cuarto, haciendo algún deber o durmiendo. Pero un día, su tío le envió un regalo. El presente venía dentro de una bolsa acartonada. Cuando Bourges metió la mano dentro de la bolsa y se percató de que era un libro, se desanimó un poco. En sus pocos años de vida únicamente había leído los libros que en la escuela le decían que leyera; nunca leía por gusto. Pensó que su tío le enviaba otra cosa, un juego o algún tipo de distracción para matar el tiempo en la capital. El libro era El Túnel de Ernesto Sábato.
 Bourges hojeó un poco el libro, pero a los pocos segundos lo dejó a un lado y se tiró sobre la cama mirando el techo. El joven cayó en un profundo sueño hasta el otro día. Los días pasaron y el tedio y el aburrimiento de Bourges no paraban de incrementar. El libro seguía en el mismo lugar. Bourges finalmente decidió que iba a leer. 
El libro lo apasionó tanto desde el principio que no pudo soltarlo hasta que terminó. Bourges engulló el libro de Sábato en menos de 4 horas. Era la primera vez desde que el chico había llegado a la capital, que un día se pasaba volando. Las horas de ensimismamiento pasaron inadvertidas.
Después de cerrar el libro sintió una leve obsesión por Sábato. Al otro día fue a la biblioteca del internado a buscar más libros de él, Bourges tenía que leer más sobre ese escritor, el chico estaba anonado con la prosa del argentino.
 Bourges nunca había entrado a la biblioteca, y desde el principio sintió un aroma y un ambiente particular en ese recinto. Del techo colgaban varios avisos que decían “Silencio” y esto lo hizo sentir un poco abrumado, aunque el silencio no era algo que le representara mucha dificultad. La biblioteca tenía un pequeño mostrador donde estaba sentada una mujer de unos 28 años. Bourges la relacionó inmediatamente con María Iribarne, no sabe muy bien por qué, pero la apariencia de aquella mujer se lo sugirió. La mujer vestía formalmente con la típica ropa que visten las mujeres de oficina. Ella se paró un instante de su asiento para acomodar unos libros y Bourges pudo determinar que era de estatura media y tenía un cuerpo esbelto: sus pantalones oscuros le quedaban muy ceñidos a sus caderas y permitían ver un perfecto redondel y la parte delantera dejaba entrever la hermosa profundidad de su pubis. María, como la llamará de ahora en adelante, le sonrió y le pregunto que si necesitaba ayuda. Bourges titubeó un poco y dijo que buscaba libros de Ernesto Sábato. Ella con una actitud tierna y fraternal le dijo que esperara un segundo y le traería los libros que tenía de él. Al instante llegó con varios libros, entre ellos Sobre héroes y tumbas, Abaddon el exterminador, Antes del fin y Uno y el Universo. Con la misma sonrisa que nunca se desdibujó de su cara, ella le recomendó que leyera Sobre héroes y tumbas, y en efecto el chico le hizo caso y con pocas palabras agradeció y volvió a su habitación para leerlo.
 El libro logró el mismo efecto; Bourges se sentía cada vez más maravillado leyendo. El chico supo que Sábato era ese asidero de la realidad que necesitaba hace mucho tiempo para afrontar el delirio en el que había caído. Sin embargo, entre página y página se detenía unos instantes para pensar en la bibliotecaria; la profundidad de su perfecto pubis no se la podía sacar de la mente. Y de ahí en adelante Bourges siguió yendo a la biblioteca todos los días, pues tenía esos dos motivos: la lectura y la beldad. Con el poco tiempo, y gracias a la actitud afable de María, ambos ya entablaban conversaciones más profundas y duraderas. Ellos solían conversar en las tardes acerca de libros, de Literatura y sobretodo de Sábato. María le confesó a Bourges que le sorprendía que a un chico de su edad le gustara tanto leer y sobre todo a un autor tan complejo como lo es Ernesto, la mujer también le confesó que le gustaba que él fuera todos los días, pues eran muy pocas personas que utilizaban el servicio de la biblioteca, y para ella eso era casi un sacrilegio, una blasfemia, no concebía que los estudiantes desecharan el tesoro de los libros y la lectura. Bourges sintió que tenía una amiga, una apreciación un poco errónea, pero se sentía feliz de ser amigo de la bibliotecaria, además que le recordaba a María Iribinarne y no hay necesidad de aclarar que ese era su personaje favorito.
Sin embargo, a Bourges no le duró para siempre la felicidad. Un día, la bibliotecaria habló más de la cuenta y le confesó entre una sonrisa a Bourges que estaba embarazada, que tenía 2 meses de gestación y que hoy se había enterado y aún no le había contado a su prometido. María le dijo que él era la primera persona en saber y que necesitaba contarle a alguien, pero que además le contaba por que se iba a dedicar a su embarazo y se iba a retirar del trabajo. Después de que María le contó eso, Bourges la miró con unos profundos ojos de violencia. El chico sintió rabia y desazón por la noticia. Él no sabía muy bien el por qué de su reacción, pero sin duda alguna le afectó mucho. Bourges se paró y salió corriendo del lugar, dejando atrás a María y dejando atrás esas palabras que tanto le habían herido. Ella se quedó desconcertada.
Bourges nunca más volvió a la biblioteca de su internado, aunque, por supuesto, no dejó de leer. Y como la mujer se lo había anunciado, se había retirado del internado y nunca más volvió.

Lo que Bourges nunca supo fue que María perdió a su bebé un día después del lamentable anuncio que ella le había hecho, por violentos golpes que su prometido le propinó.

lunes, 3 de marzo de 2014

Los espectros de Morelli

No entiendo cómo se escapó el libro de Morelli del desván donde tengo guardado todos los libros que en algún momento de mi existencia insultaron mi inteligencia. En ese último rincón de la casa guardo bajo llave aquellos ejemplares de páginas malditas, ideas ininteligibles y palabras imposibles. Pero ahí estaba, encima de la mesa de noche. Mi primer pensamiento sobreviene con una arcada, y en primer lugar no cavilo en esclarecer la forma en que llegó el libro ahí,  si no que rememoro las infinitas veces que he escuchado hablar a imberbes famélicos en cafetines a cerca de este libro, tomando Espresso con azúcar y luciendo sus nuevas gafas de pasta. Y sólo luego de sobreponerme de las ganas de vomitar que me produce ese espantoso recuerdo,  esfuerzo a que mi precaria razón me dé cuentas de la visita inesperada de aquel espectro que yo creía olvidado.
Sé muy bien que vuelve para burlarse de mí, para mostrarme el estilo único e incomprendido de aquel surrealista afrancesado, el cuál me produce una sensación de ponzoña cada vez que se ríe y deja entrever sus dientes pútridos y mohosos, y es que ese libro me restriega mis intentos vanos de encontrar el hilo dorado y la aguja azul que han de enlazar mis letras.

Sin duda alguna es un libro arcano escrito por un autor arcano e incomprendido, del cual todos intentan jactarse de una compresión absoluta. Pero lo que es más cierto aún, es que es un libro que navega sólo y es causa de sí mismo.  Es mágico en sí mismo, y por esto tan odiado por mí, por que logra el remordimiento de añorar a aquella Elfa que todos conocemos, deseamos tener y que siempre se nos escapa como líquido entre los dedos y se nos chorrea deliciosamente por la comisura de los labios de sólo pensar en ella.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Estelas de fuego

Aquel día caminaba bajo una calurosa y sofocante tarde de julio. La defectuosa ventilación de mi residencia me obligó a buscar la brisa suave y refrescante que se colaba en la plaza principal. Un cielo rojizo e infernal, vigilaba mis pasos zigzagueantes que buscaban las sombras irregulares proyectadas por las edificaciones, que cambiaban al doblar en cada esquina. Los colores del cielo contrastaban con las estelas de nubes fragmentadas, que con sus formas evanescentes, aunadas al insoportable bochorno, sugerían llamaradas desprendidas por el firmamento. En esos días las personas buscan algún cafetín con ventiladores, cerca a la plaza, para apaciguar la agitación que les producía el caminar bajo el desolador e implacable sol.   
Me senté al lado de un bebedero de agua en una banca de la plaza que estaba bajo la sombra de un gran árbol, mientras concurrían en mi mente un sinfín de pensamientos que me recordaban el odio que siento por esta ciudad. Pero era paradójico: en uno de los días que más desespero había sentido en mi vida, el corazón de la ciudad me recibía con corrientes de aire refrescante que me abrazaban con suavidad y en uno de los lugares más frecuentados de la plaza. Pero en ese momento, por fortuna, la ciudad parecía hecha para mí, la plaza estaba casi desierta y me podía extender a mis anchas en la banca. Por lo general en la plaza siempre suelen haber grupos de viejos jubilados hablando, jugando ajedrez o a las cartas, algún que otro vendedor e infinidad de incautos, trabajadores, oficinistas y estudiantes que deben cruzar este lugar para llegar al Destino.
Pero el regocijo se convirtió en una tenue duda y preocupación. ¿Dónde estaría la gente si no es caminando o hablando desprevenidamente en la plaza de la ciudad? No quiero decir que era el único en la plaza, sólo que éramos pocos y quienes estaban, vagaban. Fui a los sucios cafetines alrededor de la plaza esperando ver sitios abarrotado de personas sudorosas y jadeantes refrescándose con los ventiladores, pero también estaban casi vacíos, únicamente unas cuantas personas ausentes sentadas cerca a la barra, con rostros imperturbables.
Fue cuando pasé cerca a una biblioteca que me percaté que estaba abarrotada de personas, incluso había unos cuantos peleando intentando ingresar. Nunca había visto a nadie, con tanta exasperación, buscando entrar a uno de estos sitios. Se insultaban y a veces empujaban, pero al parecer la biblioteca no podía albergar más personas.
Caminé un poco atemorizado y me topé con un museo, donde la situación se repetía. Un tumulto de personas gritaban en las afueras del lugar implorando que los dejaran pasar, pero un guardia les dijo que todo las salas estaban a reventar y no había donde más acomodarlos.
A una cuadra de allí, un hombre robusto y con una barba que le llegaba hasta el pecho, cerraba las puertas de un teatro, mientras le gritaba a un grupo de personas que se quedaban por fuera que el aforo estaba vendido y exhortaba con una leve sonrisa que fueran hasta una galería de arte dos cuadras hacia al norte.

La cabeza me daba vueltas. Nunca había visto en mi vida estos lugares a reventar, echando a personas que querían entrar y menos insultándose y empujándose con la finalidad de ingresar. ¿En qué momento la gente quería tanto estos lugares? Parecía que el arte estaba vendiendo. Lo que no supe hasta el día siguiente es que estos lugares de “arte” siempre tienen un confortable sistema de refrigeración, donde la gente se protege del fuego que arroja el cielo. 

viernes, 18 de octubre de 2013

Purgatorio


A mi lado seguía la chica con los ojos cerrados. Su cara no expresaba emociones. A pesar de que llevábamos más de 22 horas en el interior del bus atravesando la cordillera de los Andes, permanecía impertérrita, inerte. El viaje no le afectaba en lo más mínimo, y aunque en ocasiones el bus se sacudía con violencia, nada turbaba la paz de aquella inmóvil criatura. Sin embargo, yo estaba cansado. Maldije el día en el que emprendí ese estúpido viaje terrestre hacia Chile. Tenía la ilusión de darme unas vacaciones para huir del trabajo, huir de los objetivos que me imponen mes a mes y que mi jefe utiliza como amenazas de despido si no se llegaran a cumplir, pero hasta el momento todo iba mal. Después de tantas horas sentía que estaba sentado en una piedra, el cuerpo me ardía. En el instante que lograba dormir un poco, el vehículo pasaba un sobresalto y el sueño se quedaba fuera de mí. La alegría del viaje había desparecido a causa de mi desventura, y ya no sabía si prefería ese viaje o volver al infierno de mi trabajo. En esas horas, mi mente se nubló de odio: odiaba los tiquetes aéreos, los ricos, los que viajan en primera clase, los jefes, los comprometidos, los que estaban en Chile, los que se aman, los que se aman otra vez… pero a quien más odiaba era a la chica que estaba sentada a mi lado. Mi odio era envidia. ¿Cómo podía estar tan sosegada?

No supe cuándo ni a qué horas llegué a Chile, de golpe me desperté en el hotel. Las paredes tenían un aspecto sucio. Las puntas del papel tapiz estaban despegadas y el techo estaba agrietado. Estaba mareado y sentía una piedra sobre mi espalda, físicamente aún seguía agotado. Por más que intentaba pensar cómo había llegado hasta el hotel, era imposible recordarlo. La última escena que tengo grabada de mi vida era la cara de aquella chica, verdugo de mi pesadumbre. Mi reloj marcaba las doce del día y no se escuchaba ningún sonido al otro lado de la ventana.  La calle estaba vacía, no habían carros ni personas. Las ventanas de todos los edificios tenían las cortinas cerradas. Las hojas de los árboles no se movían; intenté abrir la ventana pero estaba atascada. No entendía muy bien lo que estaba sucediendo: de repente despierto en la habitación de un hotel sucio, no recuerdo el rostro del recepcionista y es difuso el momento en el que me bajé del bus, y lo que más me perturba, es el denso silencio que colma mi mente.
Por fortuna la puerta no estaba asegurada y pude salir a un corredor angosto y largo. El aspecto de las paredes era aún más deplorables: algunas porciones del papel tapiz rasgado dejaban entrever moho. Al final del pasillo había otra puerta, la cual daba paso a una segunda habitación con otra entrada. En medio de ambas había un extraño busto clavado sobre un pedestal, pero no era precisamente una escultura, era cabeza la de un hombre. Estiré las manos para desvirtuar lo que veía pero el horror fue mayor: podía sentir los pliegues de la piel del rostro, su barba suave y perfectamente cortada. No era una cabeza inerte, los pómulos estaban sonrosados y emanaban una leve sensación de tibieza, aunque sus párpados estaban cerrados. Tuve un impulso inconsciente y le pregunté que dónde estábamos sin recibir respuesta. Mis entrañas estaban ardiendo y se sacudían con violencia, tuve que acuclillarme para intentar apaciguar el dolor. Por más que intentaba ordenar mis ideas y darle una vaga explicación a mi cabeza de lo que estaba pasando, no lo conseguía y a medida que surgían más preguntas todo se nublaba más. ¿Qué significaba esa cabeza? ¿Cómo podía estar allí?
La quijada del busto empezó a moverse de un lado para otro, como si algo en su interior le molestara. Abrí lentamente su boca y saqué un pedazo diminuto de papel que ponía con letras irregulares: Purgatorio.
Atravesé la segunda puerta y me topé con una habitación idéntica en la cual había dormido. ¿Cómo se accedía entonces hasta ese lugar si no había ningún tipo de escalera o de entrada?
Junto a la ventana había una chica sentada en un sillón, era la misma chica del bus. Era el verdugo, su rostro no se borraba de mis recuerdos. Es lo único que recordaba y la única seguridad que tenía. Finalmente pude ver sus ojos abiertos, pero ella seguía ausente, dirigiendo su atención a las ventanas cubiertas por las cortinas. Con la perdición en la mirada, con la mirada perdida. ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde estamos? Le pregunté con un grito ahogado y agitado. No respondió. Seguía tranquila. Estaba perdida pero sosegada. Empecé a llorar quedamente y por primera vez la chica se movió. Sin despegar los ojos de la ventana dijo que era la hora. ¿¡Hora de qué!? Grité desesperado. Se levantó y se acostó en la cama, dejando un espacio libre; siempre con los ojos clavados en las ventanas exteriores. Me rendí; quería la calma de aquella chica, la tranquilidad de su indiferencia. Me tumbé al lado de ella, pasé mi brazo alrededor de su cuerpo y comencé a llorar con mi rostro pegado a su pecho.
Las paredes se desvanecía, se derretían. Lágrima a lágrima.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La sagrada Alemania.

La situación se ha vuelto insostenible. Las pesadas botas resonantes hacían eco en la calle y sus negros abrigos los cubrían de la lluvia mientras alzaban sus gruesas manos en permanente saludo al tercer Reich.

Hacía mis maletas e intentaba mirar a la ventana lo menos posible para evitarme una casual mirada de un soldado curioso que pudiera retenerme y, a lo mejor, fusilarme frente al pórtico de mi casa.

Una vez la marcha se esfumó, tomé mi abrigo, una bufanda lo suficientemente larga para cubrirme parte del rostro, una gorra y mi maleta.

Había sido despedido la noche anterior del Zeitungszeugen, un periódico nacionalsocialista en el que redactaba. Por haber escrito un artículo que tuvo una gran relevancia al ser visto la semana anterior sobre una larga investigación que surgió de rumores que escuchaba en las calles sobre un doctor que atentaba de manera atroz contra los prisioneros en Auschwitz. Más tarde, esa misma edición fue descontinuada por orden directa del Fürher, poniendo precio a mi cabeza y llevándome a lo que inicié, con mi jefe al frente y su cara regordeta llena de miedo y lástima avisándome que lo mejor era que huyera de la ciudad y dejara tranquilo a los que trabajaban en el establecimiento para evitar daños colaterales.

El servicio aéreo en Europa era inestable por la inversión que las aerolíneas hicieron para asistir al ejército, por lo que tuve que conseguir, por medio de contactos, un avión privado para salir cuanto antes a tierras latinoamericanas, a Argentina, para ser más específicos. Tenía expectativas de realizar una nueva novela con mis experiencias en aquella nueva tierra para mis sentidos.


Debo decir que el fantasma de mi patria me persiguió varias noches. Los tiroteos, la noche de los cuchillos largos, la sangre derramada de gente inocente, los cuerpos sin vida y los ojos que con los minutos perdían su luz y se convertían en un nubarrón inerte de tinieblas, las bombas que caían a lo lejos y fragmentaban con un estallido los tejados, los discursos políticos de la mente criminal que nos regía y sobre todo, aquella macabra sonrisa del Ángel de la muerte que experimentaba en Auschwitz con gente inocente sometida a quién sabe a qué. Eran motivos para despertar empapado en sudor y con la respiración agitada e intranquila.

Pero a pesar de esto, traté de concentrarme en mi nueva vida, dando largas caminatas por las plazas y tomando café mientras mi día era amenizado por el dulce ritmo del tango y el calor de los nativos.

No podía evitar llegar en las noches y tratar de encontrar noticias sobre la guerra. Mientras encendía el radio e intentaba entender las noticias con el poco español que aprendí en mi niñez, tomaba la pluma y escribía cartas a mi familia con un seudónimo que me ocultara de la jurisdicción nazi.

Escribía a mis padres y de vez en cuando a mi ex mujer, que a pesar de ello, teníamos una buena relación y juntos compartíamos la custodia de nuestra hija, Claudia, a quien le escribía un cuento en cada carta para sus noches de angustia en medio del campo de batalla.

Ah, Claudia…¡Cómo extrañaba a mi pequeña Claudia!, sus ojitos grises y sus dientes blancos que brillaban con el reflejo del sol en las tardes mientras se columpiaba en el parque. Ese cabello ondulado con el que el viento jugueteaba, esas manitas que me apretaban mis enormes dedos mientras caminábamos por las bibliotecas donde siempre pedía que le comprara uno que otro cuento. Pensar que no tuve el suficiente tiempo para sacarla de aquel calvario por el que pasaba Alemania, de toda la destrucción en la que estaba creciendo. Su seguridad me preocupaba, no solo por la violencia que se llevaba a cabo en las calles, los aviones rodeando las ciudades, sino en especial porque la familia de su madre era judía.

Pero no podía evitar pensar que en el campo de concentración de Auschwitz, aquel personaje que tenía un apodo contrastante a su demoníaca personalidad, El ángel de la muerte, se hallaba en algún laboratorio abriéndole el estómago a alguna de sus marionetas judías para ver cuánto soportaba el dolor un ser humano sin anestesia, amputando las extremidades de algún infante, poniendo sustancias químicas en sus ojos para intentar cambiar su color, o quizás los hacía pasar horas en temperaturas extremas y determinar el punto de quiebre de aquel infortunado ser humano que se topó con la miseria en carne viva.

La estupidez humana no había llegado a un grado tan alto. Nazis contra judíos, razas contra razas, el hombre contra el hombre. No podía haber mayor grado de intolerancia y muestra de idiotez en una sola cabeza, pero aquel hombrecillo de bigote extraño, bajo y decrépito había sido la consolidación de la bestialidad conglomerada en un solo hombre, en un solo discurso que movió a una nación entera. ¿Será posible que, si salimos de esta, el mundo esté consciente de los cambios que debe de hacer para reestructurar la moralidad sobre el hombre? Tengo la esperanza.

Dos meses después, una carta de mis padres había llegado a mi apartamento alquilado. Me tambaleé y caí sobre la nevera de la cocina mientras las lágrimas corrían la tinta del papel. Claudia y su madre habían sido atrapadas en una redada camino de vuelta a casa y enviadas en el primer tren con dirección a Polonia y asignadas a Auschwitz-Birkenau, donde El ángel era el médico jefe.

Inmediatamente, traté de contactar al piloto que me trajo, que por fortuna, se encontraba en Argentina, después de traer unos cuantos que se fugaban de la guerra, y en la madrugada siguiente, partía de nuevo hacia Alemania.

No pude dormir en el vuelo, estaba angustiado, asustado…Quizá mi pequeña Claudia yacía en el suelo fusilada o exhausta por los trabajos forzados. Claudia, la luz de mis ojos, la pequeña que vi nacer y crecer durante 7 años. No podía soportarlo.

Arribé y tan pronto toqué suelo alemán, corrí con mi maleta mientras, nuevamente, me tapaba con mi bufanda y mi gorra para evitar las miradas curiosas. Tomé un taxi y corrí a casa de mis padres.

El viaje estaba estimado para una media hora, pero con lo que logré acosar con mi implacable insistencia al conductor, logré llegar en 15 minutos. Entré bruscamente por la puerta de atrás.

Se alarmaron al ver a un tipo cubierto hasta el rostro, pero prontamente me descubrí y los abracé, mientras desataba la tristeza que me albergó durante las horas de vuelo. No soy un tipo que gusta de dejarse derrumbar en público. No me gustaba que las personas vieran las lágrimas verter de mis ojos; me sentía débil, impotente.

En efecto, mis padres confirmaron que su carta era cierta y el tren había partido el día anterior y que lo mejor era esperar, pero no podía permitir que esta salvajada se efectuara, era inhumano, no solo ignorar la fortuita captura de mi pequeña Claudia y su madre, sino también por las familias que, a escondidas, esperaban noticias de sus familiares que se hallaban en los círculos de infierno alemán.


Sabía que mis padres no me permitirían cometer la locura que tenía pensada, pero pasada la noche, durante el toque de queda, salté por la ventana intentando hacer el menor ruido y me encaminé con la cara al descubierto por las calles, intentando ser parte de una repentina redada.

Caminé y caminé sin nada de suerte y temía que, de encontrarme absolutamente solo, pudieran fusilarme en plena acera, pero en la cuadra siguiente, pude visualizar un retén donde estaban acorralando una familia judía. Caminé un poco más rápido e hice un gesto de sorpresa un tanto fingido, mientras un soldado nazi me miró directamente y gritaba a sus compañeros que me atraparan. Me tiré al suelo y puse mis manos en la cabeza sin dar resistencia, me alzaron por los codos y me pusieron en una hilera junto a la familia judía que me miraba desconcertada. Intenté hacer un gesto con la cabeza de negación para que no dijeran nada y les sonreí. Agacharon la cabeza y nos metieron en un camión que nos llevó a la estación de trenes.

Allí llegaron otros 3 camiones llenos de judíos que aún se resistían a ser ingresados a los campos de concentración. Un soldado estaba repartiendo por grupos los destinos a los que serían enviados y yo rogaba porque Auschwitz-Birkenau fuese el mío.

Pasaban frente a los reclusos, pidiendo documentación para verificar si eran o no judíos. Sabía que al mostrarlo no iban a destinarme, así que con cautela, ofrecí al hombre a mi izquierda mi libertad por su libreta. El hombre me miró desconcertado pero con una felicidad contenida que se dibujaba por lapsos en la comisura de sus labios.

Lágrimas brotaron de sus ojos y con las manos temblorosas me entregó su identificación, mientras que recibía la mía y con voz quebrada me habló algo que apenas logré escuchar como un “gracias”.

El soldado se iba acercando cada vez más y cuando llegó al hombre a mi lado, revisó sus papeles con mirada suspicaz, pero que finalmente le dejó en libertad. Al llegar a mi lado, revisó los papeles falsos que tenía y mirándome fijamente dijo: Auschwitz- Birkenau.

Subí al estrecho vagón en el cual me iba a dirigir hacia mi pequeña Claudia. Era estrecho, maloliente y estaba atiborrado de judíos que temían por la suerte que les deparaba.

Intenté dormir recostado a la pared del vagón. Entre cerraba los ojos pero no me hallaba y el calor comenzó a sujetarme por la espalda baja y a cada kilómetro que pasaba iba subiendo. Me sentía exasperado.

Sin embargo, en la esquina del vagón había una niña que temblaba en los brazos de su madre. Parecía con una fiebre inmensa y me dispuse a quitarme mi abrigo y abrirme paso entre las personas. Al llegar junto a ella, miré a su madre y le dije que mi abrigo podía no servir mucho, pero al menos ayudaría a mantenerla un poco alejada del frío al que estaba sometida. Me miró con los ojos envueltos en lágrimas y me preguntó “¿Tiene usted hijos?” a lo que respondí con una mirada y un gesto con la cabeza, asintiendo. Luego dije: “Sí, voy a visitarla”. Me miró incrédula mientras me levantaba y le sonreía. Me recosté nuevamente e intenté dormir un poco.

Un traqueteó repentino me sacó de mi sueño y me hizo resbalar. La mayor parte de las personas cayeron junto a mí y nos levantamos un poco azorados, otros temerosos y algunos estallaron en un llanto incontrolable.

La puerta se abrió y nos apuntaron con los rifles, nos hicieron bajar rápidamente y formarnos en una hilera para entrar. Las mujeres eran llevadas por un lado con los niños y a los hombres nos ponían al lado contrario para ingresar. 141010 era el número que me entregaron y con el que debía ser reconocido de ahora en adelante, pues mi nombre había sido esfumado por la imponencia subnormal de aquellos animales despiadados.

En cuanto me entregaron aquel gris, mugroso y deprimente uniforme de rayas gris, intenté averiguar una manera de contactar con Claudia. Nos pusieron a levantar ladrillos como trabajo forzado. Eran aproximadamente las 5 de la tarde y yo comenzaba a perder la cabeza.

Comencé a indagar por las mujeres y niños que habían ingresado hace dos días, di sus características físicas, pero nadie supo responderme. Pasaron tres días y mi cabeza estaba a punto de estallar.

Un hombre de baja estatura y con un ojo de vidrio se acercó a mí mientras martillaba unas tablas para las nuevas barracas destinadas a futuros miembros de este club de mala muerte.

Su nombre era Blaz y supo quién era yo, pues en las barracas ya se rumoreaba de un loco más que buscaba a su familia. Lo curioso, es que Blaz había ingresado al campo el mismo día que Claudia y su madre.

-Las mujeres ingresaron directamente al campo, pero no todas de la mano de sus hijos.- Decía Blaz con todo sombrío y auguro. Mis pies temblaron y rogué que las palabras que estaba a punto de decir no salieran jamás de su boca. –Varios niños fueron separados y fueron llevados a las barracas especiales del Dr. Josef Mengele, aunque aquí se le llama…-

-El ángel de la muerte.- Interrumpí a Blaz y traté de contener las lágrimas. El miedo me tomó por los hombros y me acuchillaba mientras imágenes terroríficas de mi pequeña hija, tendida en una camilla de cirugías, era lentamente torturada por esta escoria humana.

Me derrumbé. Estaba destrozado y mis esperanzas se habían esfumado, como si la lluvia que caía sobre nosotros las hubiese arrastrado por el fango por el que caminábamos.

No concilié el sueño aquella noche. Mi cabeza estaba perdida, finalmente. Me bajé de la litera suavemente para no despertar a nadie y me escabullí por entre las barracas, tratando de ocultarme de los soldados que vigilaban en la noche y los perros que olfateaban a largas distancias. Me arrastré por debajo de las barracas y me cubrí totalmente de barro para evitar tener un olor fuerte que atrajera a los canes. En el límite del lado de los hombres y las mujeres, comencé a cavar en medio de la lluvia el fango para lograr pasar por debajo del enrejado. Cavé con velocidad y sintiendo la paranoia de escuchar el rifle apuntando a mi sien.

Cuando logré hacer una cavidad lo suficientemente decente para que mi cuerpo pasara por allí, me arrastré y continué.

Abría las puertas con suavidad de las barracas donde las mujeres se hallaban e intentaba distinguir si Kerstin, mi ex mujer, se hallaba allí, pero no tuve éxito. Busqué en 3 barracas de las cuales no se veía rastro de ella y me preguntaba si acaso sabía el peligro en  el que podía estar Claudia.

Pero a lo lejos divisé un montículo extraño, deforme, lleno de baches extraños. Me acerqué lentamente y un hedor se levantó de la tierra y me llenó el olfato al punto de generarme arcadas. Eran mujeres asesinadas. Algunas vapuleadas, otras acuchilladas o con agujeros de bala en sus rostros y cuerpos. Pero una cara se me hizo conocida. Kirsten yacía en el tope del montículo con una herida de bala en el cuello.

Caí de rodillas sin darme cuenta de lo que en realidad estaba viendo. Un soldado se acercaba con mirada distraída  y tuve que reaccionar para ocultarme de su vista. Tenía que sacar a Claudia de allí, aunque tuviera que dar mi vida por su libertad.

Al soldado distraído se le unió un compañero que comenzó a hablar de los gritos despavoridos que salían de la sala de experimentación de Mengele, pues debía dar ronda allí cada 10 minutos y le era imposible sentirse tranquilo mientras escuchaba aquel calvario.

Al terminar su habladuría, continuó su ronda y le seguí de lejos. Dio vuelta en algunas barracas y se dirigió a un establecimiento construido en cemento con iluminación, cosa que me extrañaba a estas horas de la noche. Cuando nos acercamos y logré comprobar que no había nadie más aparte del soldado que estaba en frente mío, lo tomé por el cuello y comencé a ahorcar para cortarle el flujo de sangre a la cabeza y dejarlo sin conocimiento.

Lo dejé en el suelo y me dirigí hacia las ventanas para ver si lograba visualizar algo y escenas sádicas acudieron a mi vista. Niños semi desnudos con el pecho abierto y sus órganos al descubierto, sangre en las baldosas y sus ojos inertes miraban al vacío.

Miré al guardia que aún no despertaba y vi que en su cinturón tenía una llave. La tomé y la encajé en la cerradura del sombrío establecimiento. Entré con cautela y no percibí nada más que un desagradable hedor a muerte prematura.

Caminé por las habitaciones lentamente con asombro. Niños con los ojos brotados y agujereados por las jeringas con las que habían sido inyectados, con los brazos colgando o casi todos sus órganos fuera o gemelos con las venas entrelazadas entre sí, supongo que intentos fallidos de generar siameses. Era grotesco, despiadado, desalmado, era impunidad.

Entré en la última habitación y el cementerio infantil no se detenía. Pasaba por las camillas y ninguno de los infantes se parecía a mi Claudia. Me sentía un tanto tranquilo y pensé que quizás Claudia había regresado a las barracas, junto con las mujeres.
Me dispuse a salir, pero vi una puerta metálica frente a mí. A medida que me acercaba sentía más y más frío. Mi corazón latía con fuerza.

Abrí la fría puerta y ante mí, la pesadilla continuó. Unos 10 niños se hallaban congelados. Las pestañas despilfarraban hielo que se juntaba sobre ellas y sus labios eran tiesos. Algunos con sus pequeños ojos cerrados y otros, con muecas de dolor y desamparo.

En el centro de aquél congelador, una niña de cabello tieso por el frío y manitas pequeñas, se hallaba acurrucada en posición fetal. Era Claudia.Mi cerebro ardía de ira. Tomé el cuerpo de Claudia en mis brazos y lo abracé mientras gritaba con un dolor que salía de lo más profundo de mis entrañas. Perdí la noción de todo y no me importó que fuera descubierto allí mismo, Claudia murió y fue usada como si fuera una muñeca de porcelana.

Jugaron con ella y torturaron a un ser angelical que daba vida a mis letras, que daba vida a mi existencia. Prometí sacarla con vida, prometí dejarle ver nuevos horizontes. La humanidad estaba loca. No merecía ser llamada humanidad, aquello era falta de humanidad. Eran animales con el cabello engrasado y trajes impecables, mientras se pavoneaban pisoteando a cuanto judío se les pusiera en frente. Era falta de inteligencia, eran trogloditas, déspotas, desgraciados, eran unos hijos de puta.

Dos soldados irrumpieron en el lugar y me golpearon en la cabeza con sus rifles. Me tomaron por los brazos, dejando caer a Claudia sobre el suelo. Me resistí y los empujé contra la pared, pero un tercer soldado, el mismo que minutos atrás dejé inconsciente, entró en la habitación, disparándome en la pierna y haciéndome perder el equilibrio, con lo que los 2 primeros soldados aprovecharon y me inmovilizaron.

Me sacaron del establecimiento a rastras y me pusieron contra la pared. Varios soldados acudieron, mientras un hombre con gabardina y lentes se acercaba. Su cabello estaba bien presentado y tenía un aspecto impecable. El ángel de la muerte se paraba en frente, se burlaba con la mirada y una sonrisa cabrona en sus labios.

Debo decir que en un lapso tan corto de tiempo logré acumular varias palabras coherentes. No tenía claro el rumbo tan inesperado que mi vida había tomado y la miseria que había descendido de, el diablo sabrá dónde, sobre mi cabeza.


Siempre fui una persona rencorosa que albergaba un sinfín de palabras dentro de sí. Supongo que fue lo que me llevó a querer ser escritor y redactar en revistas, periódicos y demás. Siempre intenté regalar una sonrisa a quien la necesitara, a pesar de que mi carácter lo hiciera complicado para mí. Siempre tuve la convicción de ser un buen padre y estar presente allí para mi pequeña Claudia. Intenté hacer lo que era correcto, pero no fue suficiente para escaparme de aquellas negras manos que azotaron la nación y el mundo entero. Sentía culpa por ser el posible causante de esta tragedia, sentía culpa por haber dejado que Claudia y su madre murieran a manos de perversos animales sin razón, sin criterio. Animales armados que disfrutaban la sangre vertiente que se despilfarraba en los campos de batalla, de los cuerpos incinerados, de los cadáveres que se desmoronaban en la cámara de gas, o que eran atravesados por balas en el paredón. No somos hombres, somos lobos en búsqueda de un poder inexistente, de un poder efímero mientras acabamos con todo aquello que estorbe en nuestro camino.

He caído ante las garras de una Alemania monstruosa, de una Alemania que espero se arrepienta de las muertes que ha provocado a lo largo de estos últimos años, de la estupidez con la que atentaron contra miles de vidas inocentes, la brutalidad de una nación unida por un negro motivo.

-¡Apunten!- Gritó Mengele, mientras obedientes, los soldados apuntaban hacia mí. Miré con desespero, como un perro callejero que estaba a punto de ser capturado para la perrera.

El cielo tronó en una secuencia de 10 cañonazos rápidos y certeros que impactaron contra la pared y algunos contra mi pecho. Antes de que la vida se me fuera de las manos y que mis pies me fallaran, saludé a los soldados gritando a todo pulmón:

“¡Lebe unser heiliges Deutschland!”.