Abrazando en sentido inverso la roca que cargo en la espalda, recuerdo que no he sido el único infortunado en la Historia. Los recuerdos de aquel joven, hermoso y esbelto, asaltan mi mente:
Aquel chico miraba puerilmente a su padre, mientras este construía las alas con las plumas que le llegaban a causa del viento, y con un poco de cera el padre unía con cuidado cada una de las partes del artefacto que iban a ayudar a volar al joven lejos de la prisión que estaba ubicada en medio del mar. Su padre le recordaba que no podía volar muy cerca al mar, pues la espuma del mar mojaría sus alas y se ahogaría en el. Y mucho menos podía volar alto, pues el implacable sol derretiría la cera que fijaba las plumas y se caería sin más.
Esas imágenes lo satisfacían. Imaginar al ingenuo de Ícaro cayendo en picada hacia el mar, atravesando el paisaje verticalmente a toda velocidad, por esa tonta idea de llegar al paraíso e intentar besar el sol mientras el viento revolcaba sus dorados cabellos en su rostro, lo llenaban de un mediocre júbilo.
Pero a eso estaba acostumbrado el estúpido, a llenarse de regocijo de saber que no era el único desventurado en el planeta. El hombre, jadeaba cansado con la roca en su espalda y dejaba entrever su lengua de llamas que chorreaban gotas de fuego, mientras reía cuesta arriba recordando a Dédalo e Ícaro.
Los fugaces pensamientos que a veces surcaban la caótica mente de aquel hombre, era el reflejo de una Historia que se repite día tras día en su vida. La pesada carga que ya iba calando en sus omoplatos, era la muestra del pesimismo que lo embargaba y que con toda seguridad, nunca lo abandonaba. Incluso el aroma de azufre, no lograba apaciguar su desasosiego; las gotas de fuego que descendían de su boca, dañaban los efectos psicoativos del azufre en su cerebro.
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