Recuerdo
el semblante que el Viejo siempre ponía al verme: unos ojos lacrimosos casi a
punto de llorar, los cuales se alzaban por encima del periódico, y en su rostro
se esbozaba una suave sonrisa intentando ocultar algunos dientes que le
faltaban. Se quedaba varios minutos con esa expresión, y luego le decía a quien
más cerca estuviera que percibía algo especial en mi. Pero eso yo lo sentía
como un presagio fatal y desastroso; yo me alejaba pausada, pero regularmente
de su lluvia de anhelos y elogios. Al Viejo lo recuerdo con aprecio; siempre
detrás de los pliegues de su rostro decrépito y melancólico, había una sonrisa
nostálgica de añoranza, como si ya pudiera predecir su pronto final.
Cuentan
las historias que en su pueblo, el cual tenía un tren fantasma que unos hombres
con levita les dieron a cambio de unas cuantas papeletas de colores depositadas
en un buzón, los chicos caminaban descalzos durante horas por caminos
escabrosos hasta la escuela. El Viejo
disfrutaba con dolor ese andar porque le gustaba leer los libros que le daban,
y además contemplar las heroicas tetas de su profesora que se dibujaban por
encima de un largo y ajustado camisón. Aunque mucho tiempo después confesó que
sólo en la escuela podía escapar del primo bobalicón de bozo que lo acariciaba
en las noches, bajo las cálidas cobijas, en la estrecha cama que compartía con
otros tres más.
Del
Viejo Pedro sólo conservo una caricatura del 58, firmada por un tal Qallardo,
en donde está fumando frente a su máquina de escribir, redactando documentos
jurídicos para quienes quisieran hacer alguna diligencia del Estado. Ese mágica
máquina de escribir es la responsable, que 60 años después, hubiese podido
contemplar al Viejo desparramado en su desvencijada silla en la que se sentaba
a mirar el invento del siglo.
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