martes, 4 de marzo de 2014

Día II

Recuerdo el semblante que el Viejo siempre ponía al verme: unos ojos lacrimosos casi a punto de llorar, los cuales se alzaban por encima del periódico, y en su rostro se esbozaba una suave sonrisa intentando ocultar algunos dientes que le faltaban. Se quedaba varios minutos con esa expresión, y luego le decía a quien más cerca estuviera que percibía algo especial en mi. Pero eso yo lo sentía como un presagio fatal y desastroso; yo me alejaba pausada, pero regularmente de su lluvia de anhelos y elogios. Al Viejo lo recuerdo con aprecio; siempre detrás de los pliegues de su rostro decrépito y melancólico, había una sonrisa nostálgica de añoranza, como si ya pudiera predecir su pronto final.
Cuentan las historias que en su pueblo, el cual tenía un tren fantasma que unos hombres con levita les dieron a cambio de unas cuantas papeletas de colores depositadas en un buzón, los chicos caminaban descalzos durante horas por caminos escabrosos hasta la escuela.  El Viejo disfrutaba con dolor ese andar porque le gustaba leer los libros que le daban, y además contemplar las heroicas tetas de su profesora que se dibujaban por encima de un largo y ajustado camisón. Aunque mucho tiempo después confesó que sólo en la escuela podía escapar del primo bobalicón de bozo que lo acariciaba en las noches, bajo las cálidas cobijas, en la estrecha cama que compartía con otros tres más.

Del Viejo Pedro sólo conservo una caricatura del 58, firmada por un tal Qallardo, en donde está fumando frente a su máquina de escribir, redactando documentos jurídicos para quienes quisieran hacer alguna diligencia del Estado. Ese mágica máquina de escribir es la responsable, que 60 años después, hubiese podido contemplar al Viejo desparramado en su desvencijada silla en la que se sentaba a mirar el invento del siglo.

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