martes, 4 de marzo de 2014

Día I

-       Para sepultarte. En definitiva.

Hoy no tengo un libro en la mano, tengo dos. Uno es tuyo. El otro no. A decir verdad el primero me lo devolviste con una pequeña dedicatoria, entre la portada y la primera hoja en blanco, como queriéndome decir algo. En realidad creo que la nota estaba en la portada y yo la despegué y la puse donde está ahora, y tal vez quien quiere decir algo con ese gesto soy yo. ¿O tal vez la nota estaba entre la última hoja y la contraportada? No lo recuerdo. Nunca logro recordar esas cosas fantásticas que maravillan, por eso las tengo que inventar, y aborrecer la realidad por mi falta de hallar detalles en lo cotidiano. Tu nota es repetitiva y forzada, pero lo entiendo perfectamente, tanto que duele como un venablo sutil y perspicaz. Sí, entiendo que dependía de mí que todos mis libros estuviera repletos de tus notas en las portadas, las páginas 14 y 100, las contraportadas e incluso notas al margen de la hoja de tu puño y letra, ¿ a quién no le gusta eso? Lo comprendo, y sé que fue una advertencia tardía. Ha sido ese detalle el cual no me ha dejado sepultarte.
¿El otro libro? Bueno, tampoco es mío. Me costó encontrarlo. Es pequeño y estaba refundido entre los otros, y se supone que era el siguiente que te iba a dar para que lo leyeras. Tiene unas 50 páginas y cuando lo empecé no pude parar hasta que le di el último mordisco, era una obsesión. ¿Entiendes lo que quiero decir?

Cuando subí las escaleras, me habló una voz femenina que provenía de una habitación oscura. Sólo podía percibir una silueta sentada sobre una cama a la cual el pelo le cubría la parte lateral del rostro y el resto le caía sobre unos hombres firmes.

Esa es una pequeña imagen que recuerdo del libro, como recuerdo aquella vez que cayó la noche mientras musitábamos en una habitación pequeña, y mientras eso ocurría, cada minuto que pasaba tenía que esforzarme para reconocerte. Pensé en encender la luz pero no podía, pues recordé aquella mujer misteriosa del libro. Ambas eran la misma persona: una silueta perdida en la oscuridad, de expresiones parcas y sobrias. Esa imagen se me hace cada vez más borrosa, y sólo se me viene a la cabeza aquel joven devorado por la habitación oscura y misteriosa de una mujer que no lograba reconocer.

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