Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de marzo de 2014

Bourges

Bourges creció en un país ubicado en el trópico, un lugar muy cercano a la línea ecuatorial. Sus primeros 12 años de vida los vivió en un pueblo que quedaba a 2 horas de la capital. Allí había realizado sus estudios básicos y su vida no había tomado un matiz definido, aún no descubría qué le gustaba, ni para qué era bueno, simplemente su familia sabía que era un chico solitario y reservado, que muy pocas veces mostraba gestos y actitudes extravagantes de felicidad. Los años siguientes hasta que viajó a Anchor los vivió en la capital. Sus padres lo enviaron a uno de los mejores internados del país para que terminara sus estudios y aspirara a grandes cosas en su vida. Al principio no le gustó mucho la idea, incluso pensó en irse de casa cuando sus padres le comunicaron la decisión, pero su actitud sumisa no le permitió que esa idea trascendiera y se tornara crítica; pensó en su futuro y simplemente se imaginaba que esa vida era un sueño y que realmente viviría la realidad cuando estuviera de vacaciones en su pueblo natal.
 El primer año de Bourges en el internado fue un poco difícil, no se relacionó muy bien con  sus compañeros y casi siempre estaba solo en su cuarto, haciendo algún deber o durmiendo. Pero un día, su tío le envió un regalo. El presente venía dentro de una bolsa acartonada. Cuando Bourges metió la mano dentro de la bolsa y se percató de que era un libro, se desanimó un poco. En sus pocos años de vida únicamente había leído los libros que en la escuela le decían que leyera; nunca leía por gusto. Pensó que su tío le enviaba otra cosa, un juego o algún tipo de distracción para matar el tiempo en la capital. El libro era El Túnel de Ernesto Sábato.
 Bourges hojeó un poco el libro, pero a los pocos segundos lo dejó a un lado y se tiró sobre la cama mirando el techo. El joven cayó en un profundo sueño hasta el otro día. Los días pasaron y el tedio y el aburrimiento de Bourges no paraban de incrementar. El libro seguía en el mismo lugar. Bourges finalmente decidió que iba a leer. 
El libro lo apasionó tanto desde el principio que no pudo soltarlo hasta que terminó. Bourges engulló el libro de Sábato en menos de 4 horas. Era la primera vez desde que el chico había llegado a la capital, que un día se pasaba volando. Las horas de ensimismamiento pasaron inadvertidas.
Después de cerrar el libro sintió una leve obsesión por Sábato. Al otro día fue a la biblioteca del internado a buscar más libros de él, Bourges tenía que leer más sobre ese escritor, el chico estaba anonado con la prosa del argentino.
 Bourges nunca había entrado a la biblioteca, y desde el principio sintió un aroma y un ambiente particular en ese recinto. Del techo colgaban varios avisos que decían “Silencio” y esto lo hizo sentir un poco abrumado, aunque el silencio no era algo que le representara mucha dificultad. La biblioteca tenía un pequeño mostrador donde estaba sentada una mujer de unos 28 años. Bourges la relacionó inmediatamente con María Iribarne, no sabe muy bien por qué, pero la apariencia de aquella mujer se lo sugirió. La mujer vestía formalmente con la típica ropa que visten las mujeres de oficina. Ella se paró un instante de su asiento para acomodar unos libros y Bourges pudo determinar que era de estatura media y tenía un cuerpo esbelto: sus pantalones oscuros le quedaban muy ceñidos a sus caderas y permitían ver un perfecto redondel y la parte delantera dejaba entrever la hermosa profundidad de su pubis. María, como la llamará de ahora en adelante, le sonrió y le pregunto que si necesitaba ayuda. Bourges titubeó un poco y dijo que buscaba libros de Ernesto Sábato. Ella con una actitud tierna y fraternal le dijo que esperara un segundo y le traería los libros que tenía de él. Al instante llegó con varios libros, entre ellos Sobre héroes y tumbas, Abaddon el exterminador, Antes del fin y Uno y el Universo. Con la misma sonrisa que nunca se desdibujó de su cara, ella le recomendó que leyera Sobre héroes y tumbas, y en efecto el chico le hizo caso y con pocas palabras agradeció y volvió a su habitación para leerlo.
 El libro logró el mismo efecto; Bourges se sentía cada vez más maravillado leyendo. El chico supo que Sábato era ese asidero de la realidad que necesitaba hace mucho tiempo para afrontar el delirio en el que había caído. Sin embargo, entre página y página se detenía unos instantes para pensar en la bibliotecaria; la profundidad de su perfecto pubis no se la podía sacar de la mente. Y de ahí en adelante Bourges siguió yendo a la biblioteca todos los días, pues tenía esos dos motivos: la lectura y la beldad. Con el poco tiempo, y gracias a la actitud afable de María, ambos ya entablaban conversaciones más profundas y duraderas. Ellos solían conversar en las tardes acerca de libros, de Literatura y sobretodo de Sábato. María le confesó a Bourges que le sorprendía que a un chico de su edad le gustara tanto leer y sobre todo a un autor tan complejo como lo es Ernesto, la mujer también le confesó que le gustaba que él fuera todos los días, pues eran muy pocas personas que utilizaban el servicio de la biblioteca, y para ella eso era casi un sacrilegio, una blasfemia, no concebía que los estudiantes desecharan el tesoro de los libros y la lectura. Bourges sintió que tenía una amiga, una apreciación un poco errónea, pero se sentía feliz de ser amigo de la bibliotecaria, además que le recordaba a María Iribinarne y no hay necesidad de aclarar que ese era su personaje favorito.
Sin embargo, a Bourges no le duró para siempre la felicidad. Un día, la bibliotecaria habló más de la cuenta y le confesó entre una sonrisa a Bourges que estaba embarazada, que tenía 2 meses de gestación y que hoy se había enterado y aún no le había contado a su prometido. María le dijo que él era la primera persona en saber y que necesitaba contarle a alguien, pero que además le contaba por que se iba a dedicar a su embarazo y se iba a retirar del trabajo. Después de que María le contó eso, Bourges la miró con unos profundos ojos de violencia. El chico sintió rabia y desazón por la noticia. Él no sabía muy bien el por qué de su reacción, pero sin duda alguna le afectó mucho. Bourges se paró y salió corriendo del lugar, dejando atrás a María y dejando atrás esas palabras que tanto le habían herido. Ella se quedó desconcertada.
Bourges nunca más volvió a la biblioteca de su internado, aunque, por supuesto, no dejó de leer. Y como la mujer se lo había anunciado, se había retirado del internado y nunca más volvió.

Lo que Bourges nunca supo fue que María perdió a su bebé un día después del lamentable anuncio que ella le había hecho, por violentos golpes que su prometido le propinó.

viernes, 18 de octubre de 2013

Purgatorio


A mi lado seguía la chica con los ojos cerrados. Su cara no expresaba emociones. A pesar de que llevábamos más de 22 horas en el interior del bus atravesando la cordillera de los Andes, permanecía impertérrita, inerte. El viaje no le afectaba en lo más mínimo, y aunque en ocasiones el bus se sacudía con violencia, nada turbaba la paz de aquella inmóvil criatura. Sin embargo, yo estaba cansado. Maldije el día en el que emprendí ese estúpido viaje terrestre hacia Chile. Tenía la ilusión de darme unas vacaciones para huir del trabajo, huir de los objetivos que me imponen mes a mes y que mi jefe utiliza como amenazas de despido si no se llegaran a cumplir, pero hasta el momento todo iba mal. Después de tantas horas sentía que estaba sentado en una piedra, el cuerpo me ardía. En el instante que lograba dormir un poco, el vehículo pasaba un sobresalto y el sueño se quedaba fuera de mí. La alegría del viaje había desparecido a causa de mi desventura, y ya no sabía si prefería ese viaje o volver al infierno de mi trabajo. En esas horas, mi mente se nubló de odio: odiaba los tiquetes aéreos, los ricos, los que viajan en primera clase, los jefes, los comprometidos, los que estaban en Chile, los que se aman, los que se aman otra vez… pero a quien más odiaba era a la chica que estaba sentada a mi lado. Mi odio era envidia. ¿Cómo podía estar tan sosegada?

No supe cuándo ni a qué horas llegué a Chile, de golpe me desperté en el hotel. Las paredes tenían un aspecto sucio. Las puntas del papel tapiz estaban despegadas y el techo estaba agrietado. Estaba mareado y sentía una piedra sobre mi espalda, físicamente aún seguía agotado. Por más que intentaba pensar cómo había llegado hasta el hotel, era imposible recordarlo. La última escena que tengo grabada de mi vida era la cara de aquella chica, verdugo de mi pesadumbre. Mi reloj marcaba las doce del día y no se escuchaba ningún sonido al otro lado de la ventana.  La calle estaba vacía, no habían carros ni personas. Las ventanas de todos los edificios tenían las cortinas cerradas. Las hojas de los árboles no se movían; intenté abrir la ventana pero estaba atascada. No entendía muy bien lo que estaba sucediendo: de repente despierto en la habitación de un hotel sucio, no recuerdo el rostro del recepcionista y es difuso el momento en el que me bajé del bus, y lo que más me perturba, es el denso silencio que colma mi mente.
Por fortuna la puerta no estaba asegurada y pude salir a un corredor angosto y largo. El aspecto de las paredes era aún más deplorables: algunas porciones del papel tapiz rasgado dejaban entrever moho. Al final del pasillo había otra puerta, la cual daba paso a una segunda habitación con otra entrada. En medio de ambas había un extraño busto clavado sobre un pedestal, pero no era precisamente una escultura, era cabeza la de un hombre. Estiré las manos para desvirtuar lo que veía pero el horror fue mayor: podía sentir los pliegues de la piel del rostro, su barba suave y perfectamente cortada. No era una cabeza inerte, los pómulos estaban sonrosados y emanaban una leve sensación de tibieza, aunque sus párpados estaban cerrados. Tuve un impulso inconsciente y le pregunté que dónde estábamos sin recibir respuesta. Mis entrañas estaban ardiendo y se sacudían con violencia, tuve que acuclillarme para intentar apaciguar el dolor. Por más que intentaba ordenar mis ideas y darle una vaga explicación a mi cabeza de lo que estaba pasando, no lo conseguía y a medida que surgían más preguntas todo se nublaba más. ¿Qué significaba esa cabeza? ¿Cómo podía estar allí?
La quijada del busto empezó a moverse de un lado para otro, como si algo en su interior le molestara. Abrí lentamente su boca y saqué un pedazo diminuto de papel que ponía con letras irregulares: Purgatorio.
Atravesé la segunda puerta y me topé con una habitación idéntica en la cual había dormido. ¿Cómo se accedía entonces hasta ese lugar si no había ningún tipo de escalera o de entrada?
Junto a la ventana había una chica sentada en un sillón, era la misma chica del bus. Era el verdugo, su rostro no se borraba de mis recuerdos. Es lo único que recordaba y la única seguridad que tenía. Finalmente pude ver sus ojos abiertos, pero ella seguía ausente, dirigiendo su atención a las ventanas cubiertas por las cortinas. Con la perdición en la mirada, con la mirada perdida. ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde estamos? Le pregunté con un grito ahogado y agitado. No respondió. Seguía tranquila. Estaba perdida pero sosegada. Empecé a llorar quedamente y por primera vez la chica se movió. Sin despegar los ojos de la ventana dijo que era la hora. ¿¡Hora de qué!? Grité desesperado. Se levantó y se acostó en la cama, dejando un espacio libre; siempre con los ojos clavados en las ventanas exteriores. Me rendí; quería la calma de aquella chica, la tranquilidad de su indiferencia. Me tumbé al lado de ella, pasé mi brazo alrededor de su cuerpo y comencé a llorar con mi rostro pegado a su pecho.
Las paredes se desvanecía, se derretían. Lágrima a lágrima.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La sagrada Alemania.

La situación se ha vuelto insostenible. Las pesadas botas resonantes hacían eco en la calle y sus negros abrigos los cubrían de la lluvia mientras alzaban sus gruesas manos en permanente saludo al tercer Reich.

Hacía mis maletas e intentaba mirar a la ventana lo menos posible para evitarme una casual mirada de un soldado curioso que pudiera retenerme y, a lo mejor, fusilarme frente al pórtico de mi casa.

Una vez la marcha se esfumó, tomé mi abrigo, una bufanda lo suficientemente larga para cubrirme parte del rostro, una gorra y mi maleta.

Había sido despedido la noche anterior del Zeitungszeugen, un periódico nacionalsocialista en el que redactaba. Por haber escrito un artículo que tuvo una gran relevancia al ser visto la semana anterior sobre una larga investigación que surgió de rumores que escuchaba en las calles sobre un doctor que atentaba de manera atroz contra los prisioneros en Auschwitz. Más tarde, esa misma edición fue descontinuada por orden directa del Fürher, poniendo precio a mi cabeza y llevándome a lo que inicié, con mi jefe al frente y su cara regordeta llena de miedo y lástima avisándome que lo mejor era que huyera de la ciudad y dejara tranquilo a los que trabajaban en el establecimiento para evitar daños colaterales.

El servicio aéreo en Europa era inestable por la inversión que las aerolíneas hicieron para asistir al ejército, por lo que tuve que conseguir, por medio de contactos, un avión privado para salir cuanto antes a tierras latinoamericanas, a Argentina, para ser más específicos. Tenía expectativas de realizar una nueva novela con mis experiencias en aquella nueva tierra para mis sentidos.


Debo decir que el fantasma de mi patria me persiguió varias noches. Los tiroteos, la noche de los cuchillos largos, la sangre derramada de gente inocente, los cuerpos sin vida y los ojos que con los minutos perdían su luz y se convertían en un nubarrón inerte de tinieblas, las bombas que caían a lo lejos y fragmentaban con un estallido los tejados, los discursos políticos de la mente criminal que nos regía y sobre todo, aquella macabra sonrisa del Ángel de la muerte que experimentaba en Auschwitz con gente inocente sometida a quién sabe a qué. Eran motivos para despertar empapado en sudor y con la respiración agitada e intranquila.

Pero a pesar de esto, traté de concentrarme en mi nueva vida, dando largas caminatas por las plazas y tomando café mientras mi día era amenizado por el dulce ritmo del tango y el calor de los nativos.

No podía evitar llegar en las noches y tratar de encontrar noticias sobre la guerra. Mientras encendía el radio e intentaba entender las noticias con el poco español que aprendí en mi niñez, tomaba la pluma y escribía cartas a mi familia con un seudónimo que me ocultara de la jurisdicción nazi.

Escribía a mis padres y de vez en cuando a mi ex mujer, que a pesar de ello, teníamos una buena relación y juntos compartíamos la custodia de nuestra hija, Claudia, a quien le escribía un cuento en cada carta para sus noches de angustia en medio del campo de batalla.

Ah, Claudia…¡Cómo extrañaba a mi pequeña Claudia!, sus ojitos grises y sus dientes blancos que brillaban con el reflejo del sol en las tardes mientras se columpiaba en el parque. Ese cabello ondulado con el que el viento jugueteaba, esas manitas que me apretaban mis enormes dedos mientras caminábamos por las bibliotecas donde siempre pedía que le comprara uno que otro cuento. Pensar que no tuve el suficiente tiempo para sacarla de aquel calvario por el que pasaba Alemania, de toda la destrucción en la que estaba creciendo. Su seguridad me preocupaba, no solo por la violencia que se llevaba a cabo en las calles, los aviones rodeando las ciudades, sino en especial porque la familia de su madre era judía.

Pero no podía evitar pensar que en el campo de concentración de Auschwitz, aquel personaje que tenía un apodo contrastante a su demoníaca personalidad, El ángel de la muerte, se hallaba en algún laboratorio abriéndole el estómago a alguna de sus marionetas judías para ver cuánto soportaba el dolor un ser humano sin anestesia, amputando las extremidades de algún infante, poniendo sustancias químicas en sus ojos para intentar cambiar su color, o quizás los hacía pasar horas en temperaturas extremas y determinar el punto de quiebre de aquel infortunado ser humano que se topó con la miseria en carne viva.

La estupidez humana no había llegado a un grado tan alto. Nazis contra judíos, razas contra razas, el hombre contra el hombre. No podía haber mayor grado de intolerancia y muestra de idiotez en una sola cabeza, pero aquel hombrecillo de bigote extraño, bajo y decrépito había sido la consolidación de la bestialidad conglomerada en un solo hombre, en un solo discurso que movió a una nación entera. ¿Será posible que, si salimos de esta, el mundo esté consciente de los cambios que debe de hacer para reestructurar la moralidad sobre el hombre? Tengo la esperanza.

Dos meses después, una carta de mis padres había llegado a mi apartamento alquilado. Me tambaleé y caí sobre la nevera de la cocina mientras las lágrimas corrían la tinta del papel. Claudia y su madre habían sido atrapadas en una redada camino de vuelta a casa y enviadas en el primer tren con dirección a Polonia y asignadas a Auschwitz-Birkenau, donde El ángel era el médico jefe.

Inmediatamente, traté de contactar al piloto que me trajo, que por fortuna, se encontraba en Argentina, después de traer unos cuantos que se fugaban de la guerra, y en la madrugada siguiente, partía de nuevo hacia Alemania.

No pude dormir en el vuelo, estaba angustiado, asustado…Quizá mi pequeña Claudia yacía en el suelo fusilada o exhausta por los trabajos forzados. Claudia, la luz de mis ojos, la pequeña que vi nacer y crecer durante 7 años. No podía soportarlo.

Arribé y tan pronto toqué suelo alemán, corrí con mi maleta mientras, nuevamente, me tapaba con mi bufanda y mi gorra para evitar las miradas curiosas. Tomé un taxi y corrí a casa de mis padres.

El viaje estaba estimado para una media hora, pero con lo que logré acosar con mi implacable insistencia al conductor, logré llegar en 15 minutos. Entré bruscamente por la puerta de atrás.

Se alarmaron al ver a un tipo cubierto hasta el rostro, pero prontamente me descubrí y los abracé, mientras desataba la tristeza que me albergó durante las horas de vuelo. No soy un tipo que gusta de dejarse derrumbar en público. No me gustaba que las personas vieran las lágrimas verter de mis ojos; me sentía débil, impotente.

En efecto, mis padres confirmaron que su carta era cierta y el tren había partido el día anterior y que lo mejor era esperar, pero no podía permitir que esta salvajada se efectuara, era inhumano, no solo ignorar la fortuita captura de mi pequeña Claudia y su madre, sino también por las familias que, a escondidas, esperaban noticias de sus familiares que se hallaban en los círculos de infierno alemán.


Sabía que mis padres no me permitirían cometer la locura que tenía pensada, pero pasada la noche, durante el toque de queda, salté por la ventana intentando hacer el menor ruido y me encaminé con la cara al descubierto por las calles, intentando ser parte de una repentina redada.

Caminé y caminé sin nada de suerte y temía que, de encontrarme absolutamente solo, pudieran fusilarme en plena acera, pero en la cuadra siguiente, pude visualizar un retén donde estaban acorralando una familia judía. Caminé un poco más rápido e hice un gesto de sorpresa un tanto fingido, mientras un soldado nazi me miró directamente y gritaba a sus compañeros que me atraparan. Me tiré al suelo y puse mis manos en la cabeza sin dar resistencia, me alzaron por los codos y me pusieron en una hilera junto a la familia judía que me miraba desconcertada. Intenté hacer un gesto con la cabeza de negación para que no dijeran nada y les sonreí. Agacharon la cabeza y nos metieron en un camión que nos llevó a la estación de trenes.

Allí llegaron otros 3 camiones llenos de judíos que aún se resistían a ser ingresados a los campos de concentración. Un soldado estaba repartiendo por grupos los destinos a los que serían enviados y yo rogaba porque Auschwitz-Birkenau fuese el mío.

Pasaban frente a los reclusos, pidiendo documentación para verificar si eran o no judíos. Sabía que al mostrarlo no iban a destinarme, así que con cautela, ofrecí al hombre a mi izquierda mi libertad por su libreta. El hombre me miró desconcertado pero con una felicidad contenida que se dibujaba por lapsos en la comisura de sus labios.

Lágrimas brotaron de sus ojos y con las manos temblorosas me entregó su identificación, mientras que recibía la mía y con voz quebrada me habló algo que apenas logré escuchar como un “gracias”.

El soldado se iba acercando cada vez más y cuando llegó al hombre a mi lado, revisó sus papeles con mirada suspicaz, pero que finalmente le dejó en libertad. Al llegar a mi lado, revisó los papeles falsos que tenía y mirándome fijamente dijo: Auschwitz- Birkenau.

Subí al estrecho vagón en el cual me iba a dirigir hacia mi pequeña Claudia. Era estrecho, maloliente y estaba atiborrado de judíos que temían por la suerte que les deparaba.

Intenté dormir recostado a la pared del vagón. Entre cerraba los ojos pero no me hallaba y el calor comenzó a sujetarme por la espalda baja y a cada kilómetro que pasaba iba subiendo. Me sentía exasperado.

Sin embargo, en la esquina del vagón había una niña que temblaba en los brazos de su madre. Parecía con una fiebre inmensa y me dispuse a quitarme mi abrigo y abrirme paso entre las personas. Al llegar junto a ella, miré a su madre y le dije que mi abrigo podía no servir mucho, pero al menos ayudaría a mantenerla un poco alejada del frío al que estaba sometida. Me miró con los ojos envueltos en lágrimas y me preguntó “¿Tiene usted hijos?” a lo que respondí con una mirada y un gesto con la cabeza, asintiendo. Luego dije: “Sí, voy a visitarla”. Me miró incrédula mientras me levantaba y le sonreía. Me recosté nuevamente e intenté dormir un poco.

Un traqueteó repentino me sacó de mi sueño y me hizo resbalar. La mayor parte de las personas cayeron junto a mí y nos levantamos un poco azorados, otros temerosos y algunos estallaron en un llanto incontrolable.

La puerta se abrió y nos apuntaron con los rifles, nos hicieron bajar rápidamente y formarnos en una hilera para entrar. Las mujeres eran llevadas por un lado con los niños y a los hombres nos ponían al lado contrario para ingresar. 141010 era el número que me entregaron y con el que debía ser reconocido de ahora en adelante, pues mi nombre había sido esfumado por la imponencia subnormal de aquellos animales despiadados.

En cuanto me entregaron aquel gris, mugroso y deprimente uniforme de rayas gris, intenté averiguar una manera de contactar con Claudia. Nos pusieron a levantar ladrillos como trabajo forzado. Eran aproximadamente las 5 de la tarde y yo comenzaba a perder la cabeza.

Comencé a indagar por las mujeres y niños que habían ingresado hace dos días, di sus características físicas, pero nadie supo responderme. Pasaron tres días y mi cabeza estaba a punto de estallar.

Un hombre de baja estatura y con un ojo de vidrio se acercó a mí mientras martillaba unas tablas para las nuevas barracas destinadas a futuros miembros de este club de mala muerte.

Su nombre era Blaz y supo quién era yo, pues en las barracas ya se rumoreaba de un loco más que buscaba a su familia. Lo curioso, es que Blaz había ingresado al campo el mismo día que Claudia y su madre.

-Las mujeres ingresaron directamente al campo, pero no todas de la mano de sus hijos.- Decía Blaz con todo sombrío y auguro. Mis pies temblaron y rogué que las palabras que estaba a punto de decir no salieran jamás de su boca. –Varios niños fueron separados y fueron llevados a las barracas especiales del Dr. Josef Mengele, aunque aquí se le llama…-

-El ángel de la muerte.- Interrumpí a Blaz y traté de contener las lágrimas. El miedo me tomó por los hombros y me acuchillaba mientras imágenes terroríficas de mi pequeña hija, tendida en una camilla de cirugías, era lentamente torturada por esta escoria humana.

Me derrumbé. Estaba destrozado y mis esperanzas se habían esfumado, como si la lluvia que caía sobre nosotros las hubiese arrastrado por el fango por el que caminábamos.

No concilié el sueño aquella noche. Mi cabeza estaba perdida, finalmente. Me bajé de la litera suavemente para no despertar a nadie y me escabullí por entre las barracas, tratando de ocultarme de los soldados que vigilaban en la noche y los perros que olfateaban a largas distancias. Me arrastré por debajo de las barracas y me cubrí totalmente de barro para evitar tener un olor fuerte que atrajera a los canes. En el límite del lado de los hombres y las mujeres, comencé a cavar en medio de la lluvia el fango para lograr pasar por debajo del enrejado. Cavé con velocidad y sintiendo la paranoia de escuchar el rifle apuntando a mi sien.

Cuando logré hacer una cavidad lo suficientemente decente para que mi cuerpo pasara por allí, me arrastré y continué.

Abría las puertas con suavidad de las barracas donde las mujeres se hallaban e intentaba distinguir si Kerstin, mi ex mujer, se hallaba allí, pero no tuve éxito. Busqué en 3 barracas de las cuales no se veía rastro de ella y me preguntaba si acaso sabía el peligro en  el que podía estar Claudia.

Pero a lo lejos divisé un montículo extraño, deforme, lleno de baches extraños. Me acerqué lentamente y un hedor se levantó de la tierra y me llenó el olfato al punto de generarme arcadas. Eran mujeres asesinadas. Algunas vapuleadas, otras acuchilladas o con agujeros de bala en sus rostros y cuerpos. Pero una cara se me hizo conocida. Kirsten yacía en el tope del montículo con una herida de bala en el cuello.

Caí de rodillas sin darme cuenta de lo que en realidad estaba viendo. Un soldado se acercaba con mirada distraída  y tuve que reaccionar para ocultarme de su vista. Tenía que sacar a Claudia de allí, aunque tuviera que dar mi vida por su libertad.

Al soldado distraído se le unió un compañero que comenzó a hablar de los gritos despavoridos que salían de la sala de experimentación de Mengele, pues debía dar ronda allí cada 10 minutos y le era imposible sentirse tranquilo mientras escuchaba aquel calvario.

Al terminar su habladuría, continuó su ronda y le seguí de lejos. Dio vuelta en algunas barracas y se dirigió a un establecimiento construido en cemento con iluminación, cosa que me extrañaba a estas horas de la noche. Cuando nos acercamos y logré comprobar que no había nadie más aparte del soldado que estaba en frente mío, lo tomé por el cuello y comencé a ahorcar para cortarle el flujo de sangre a la cabeza y dejarlo sin conocimiento.

Lo dejé en el suelo y me dirigí hacia las ventanas para ver si lograba visualizar algo y escenas sádicas acudieron a mi vista. Niños semi desnudos con el pecho abierto y sus órganos al descubierto, sangre en las baldosas y sus ojos inertes miraban al vacío.

Miré al guardia que aún no despertaba y vi que en su cinturón tenía una llave. La tomé y la encajé en la cerradura del sombrío establecimiento. Entré con cautela y no percibí nada más que un desagradable hedor a muerte prematura.

Caminé por las habitaciones lentamente con asombro. Niños con los ojos brotados y agujereados por las jeringas con las que habían sido inyectados, con los brazos colgando o casi todos sus órganos fuera o gemelos con las venas entrelazadas entre sí, supongo que intentos fallidos de generar siameses. Era grotesco, despiadado, desalmado, era impunidad.

Entré en la última habitación y el cementerio infantil no se detenía. Pasaba por las camillas y ninguno de los infantes se parecía a mi Claudia. Me sentía un tanto tranquilo y pensé que quizás Claudia había regresado a las barracas, junto con las mujeres.
Me dispuse a salir, pero vi una puerta metálica frente a mí. A medida que me acercaba sentía más y más frío. Mi corazón latía con fuerza.

Abrí la fría puerta y ante mí, la pesadilla continuó. Unos 10 niños se hallaban congelados. Las pestañas despilfarraban hielo que se juntaba sobre ellas y sus labios eran tiesos. Algunos con sus pequeños ojos cerrados y otros, con muecas de dolor y desamparo.

En el centro de aquél congelador, una niña de cabello tieso por el frío y manitas pequeñas, se hallaba acurrucada en posición fetal. Era Claudia.Mi cerebro ardía de ira. Tomé el cuerpo de Claudia en mis brazos y lo abracé mientras gritaba con un dolor que salía de lo más profundo de mis entrañas. Perdí la noción de todo y no me importó que fuera descubierto allí mismo, Claudia murió y fue usada como si fuera una muñeca de porcelana.

Jugaron con ella y torturaron a un ser angelical que daba vida a mis letras, que daba vida a mi existencia. Prometí sacarla con vida, prometí dejarle ver nuevos horizontes. La humanidad estaba loca. No merecía ser llamada humanidad, aquello era falta de humanidad. Eran animales con el cabello engrasado y trajes impecables, mientras se pavoneaban pisoteando a cuanto judío se les pusiera en frente. Era falta de inteligencia, eran trogloditas, déspotas, desgraciados, eran unos hijos de puta.

Dos soldados irrumpieron en el lugar y me golpearon en la cabeza con sus rifles. Me tomaron por los brazos, dejando caer a Claudia sobre el suelo. Me resistí y los empujé contra la pared, pero un tercer soldado, el mismo que minutos atrás dejé inconsciente, entró en la habitación, disparándome en la pierna y haciéndome perder el equilibrio, con lo que los 2 primeros soldados aprovecharon y me inmovilizaron.

Me sacaron del establecimiento a rastras y me pusieron contra la pared. Varios soldados acudieron, mientras un hombre con gabardina y lentes se acercaba. Su cabello estaba bien presentado y tenía un aspecto impecable. El ángel de la muerte se paraba en frente, se burlaba con la mirada y una sonrisa cabrona en sus labios.

Debo decir que en un lapso tan corto de tiempo logré acumular varias palabras coherentes. No tenía claro el rumbo tan inesperado que mi vida había tomado y la miseria que había descendido de, el diablo sabrá dónde, sobre mi cabeza.


Siempre fui una persona rencorosa que albergaba un sinfín de palabras dentro de sí. Supongo que fue lo que me llevó a querer ser escritor y redactar en revistas, periódicos y demás. Siempre intenté regalar una sonrisa a quien la necesitara, a pesar de que mi carácter lo hiciera complicado para mí. Siempre tuve la convicción de ser un buen padre y estar presente allí para mi pequeña Claudia. Intenté hacer lo que era correcto, pero no fue suficiente para escaparme de aquellas negras manos que azotaron la nación y el mundo entero. Sentía culpa por ser el posible causante de esta tragedia, sentía culpa por haber dejado que Claudia y su madre murieran a manos de perversos animales sin razón, sin criterio. Animales armados que disfrutaban la sangre vertiente que se despilfarraba en los campos de batalla, de los cuerpos incinerados, de los cadáveres que se desmoronaban en la cámara de gas, o que eran atravesados por balas en el paredón. No somos hombres, somos lobos en búsqueda de un poder inexistente, de un poder efímero mientras acabamos con todo aquello que estorbe en nuestro camino.

He caído ante las garras de una Alemania monstruosa, de una Alemania que espero se arrepienta de las muertes que ha provocado a lo largo de estos últimos años, de la estupidez con la que atentaron contra miles de vidas inocentes, la brutalidad de una nación unida por un negro motivo.

-¡Apunten!- Gritó Mengele, mientras obedientes, los soldados apuntaban hacia mí. Miré con desespero, como un perro callejero que estaba a punto de ser capturado para la perrera.

El cielo tronó en una secuencia de 10 cañonazos rápidos y certeros que impactaron contra la pared y algunos contra mi pecho. Antes de que la vida se me fuera de las manos y que mis pies me fallaran, saludé a los soldados gritando a todo pulmón:

“¡Lebe unser heiliges Deutschland!”.

sábado, 24 de agosto de 2013

El señor Daba


Para muchos, el señor Daba nunca existió. Simplemente fue una historia de pueblo, una leyenda o un mal recuerdo. A Daba lo quisieron eliminar de la Historia de mi país, pero no lo lograron. Mientras yo exista y su recuerdo esté vivo en mí, el señor Daba no morirá, aunque nadie más haga el esfuerzo por intentar recordarlo, o al menos leerlo.
Creo que eso es lo que más me ha dolido, que el país no reconozca su labor, su amor por nuestra tierra, su amor a los campesinos y a las miles de montañas a las cuales le escribió poemas. Por eso tuve que correr, tuve que huir de aquel país que no quiero recordar su nombre, no soporté esa indiferencia. Utilicé todos los medios y todas las herramientas para avivar la llama de la vida del señor Daba, pero simplemente no lo logré, nadie quiso y no me lo permitieron.

Yo vivía en ese tiempo en el pueblo de Villa Hermosa, un pueblo muy tranquilo, donde se respiraba un ambiente familiar y pacífico. El pueblo quedaba en una región fría en el suroccidente de mi país natal, el cual, como ya lo dije, no quiero recordar su nombre. En ese remoto pueblo, vivían alrededor de 50 familias campesinas y entre ellas estaba la familia del señor Daba. La casa del señor quedaba en la plaza central, a dos cuadras de la mía. Daba poseía una de las casas más hermosas del pueblo, la casa tenía uno de los balcones más llamativos y hermosos. Los turistas que iban a Villa Hermosa quedaban encantados con las orquídeas lilas y blancas que sobresalían de su balcón. El señor Daba se sentaba ahí todos las tardes junto a su esposa a tomar el café y antes de que se acabara el día y con un librito en la mano, declamaba uno o dos poemas.
Él era un afamado escritor que había publicado libros sobre los campesinos en el país, y sus historias reivindicaban, a través de la Literatura, la posición social de estos seres tan menospreciados en ese tiempo. El señor Daba le daba a sus personajes mágicas características que únicamente conseguían a través de acariciar la tierra y besarla todos los días. Para Daba, existían miles de quijotes y siempre lo decía, reconocía y escribía. Por eso lo querían tanto en Villa Hermosa.

Sin embargo, Villa Hermosa no fue siempre territorio pacífico. Un día, sin previo aviso, llegaron al menos 100 hombres vestidos de camuflado y con fusiles en sus manos, y según ellos eran enviados del gobierno que anunciaban restablecer el orden en nuestro pueblo, y que para eso debían “liquidar” a todos los traidores de la patria, a todos aquellos que de manera directa o indirecta han incitado a la revolución comunista.
Durante una larga semana, aquellos hombres empezaron a juntar a todos los líderes campesinos y sindicales del pueblo en la Alcaldía y los tuvieron encerrados allí hasta un domingo en la tarde.
A las 4 de la tarde, un domingo 18 de abril, los recluidos salieron de la Alcaldía con una funda negra que les cubría la cabeza y con una soga que les abrazaba el cuello. Los camuflados los hicieron caminar hasta el centro de la plaza pública, donde al mejor estilo de la Revolución Francesa, empezaron a ejecutar uno por uno en una guillotina muy rudimentaria. Todos los habitantes de Villa Hermosa presenciaron el hecho, todos estaban petrificados, el miedo los embargaba, y mientras la sangre y las cabezas empezaban a escurrirse por la calle, el capitán de los hombres arengaba levantando orgulloso su fusil.

Después de varias víctimas, el señor Daba se asomó en su balcón y empezó a insultar a los hombres, los calificaba peyorativamente de “paracos” y les ordenaba entre gritos que dejaran tranquilos a los campesinos. El jefe que estaba arengando se puso rojo de rabia y le dijo a Daba que él era el último comunista que iba a habitar Villa Hermosa, mientras le hacía señas a sus hombres para que irrumpieran en la casa. Al señor Daba lo sacaron a empujones de su hogar. Él nunca dejó de gritar y de pedir por los campesinos.

Mientras recuerdo al queridísimo señor Daba, desde un remoto lugar del universo, se me escurren las lágrimas, cuando todavía siento que fue ayer, cuando su cabeza rodaba hasta mis pies.