jueves, 12 de septiembre de 2013

La sagrada Alemania.

La situación se ha vuelto insostenible. Las pesadas botas resonantes hacían eco en la calle y sus negros abrigos los cubrían de la lluvia mientras alzaban sus gruesas manos en permanente saludo al tercer Reich.

Hacía mis maletas e intentaba mirar a la ventana lo menos posible para evitarme una casual mirada de un soldado curioso que pudiera retenerme y, a lo mejor, fusilarme frente al pórtico de mi casa.

Una vez la marcha se esfumó, tomé mi abrigo, una bufanda lo suficientemente larga para cubrirme parte del rostro, una gorra y mi maleta.

Había sido despedido la noche anterior del Zeitungszeugen, un periódico nacionalsocialista en el que redactaba. Por haber escrito un artículo que tuvo una gran relevancia al ser visto la semana anterior sobre una larga investigación que surgió de rumores que escuchaba en las calles sobre un doctor que atentaba de manera atroz contra los prisioneros en Auschwitz. Más tarde, esa misma edición fue descontinuada por orden directa del Fürher, poniendo precio a mi cabeza y llevándome a lo que inicié, con mi jefe al frente y su cara regordeta llena de miedo y lástima avisándome que lo mejor era que huyera de la ciudad y dejara tranquilo a los que trabajaban en el establecimiento para evitar daños colaterales.

El servicio aéreo en Europa era inestable por la inversión que las aerolíneas hicieron para asistir al ejército, por lo que tuve que conseguir, por medio de contactos, un avión privado para salir cuanto antes a tierras latinoamericanas, a Argentina, para ser más específicos. Tenía expectativas de realizar una nueva novela con mis experiencias en aquella nueva tierra para mis sentidos.


Debo decir que el fantasma de mi patria me persiguió varias noches. Los tiroteos, la noche de los cuchillos largos, la sangre derramada de gente inocente, los cuerpos sin vida y los ojos que con los minutos perdían su luz y se convertían en un nubarrón inerte de tinieblas, las bombas que caían a lo lejos y fragmentaban con un estallido los tejados, los discursos políticos de la mente criminal que nos regía y sobre todo, aquella macabra sonrisa del Ángel de la muerte que experimentaba en Auschwitz con gente inocente sometida a quién sabe a qué. Eran motivos para despertar empapado en sudor y con la respiración agitada e intranquila.

Pero a pesar de esto, traté de concentrarme en mi nueva vida, dando largas caminatas por las plazas y tomando café mientras mi día era amenizado por el dulce ritmo del tango y el calor de los nativos.

No podía evitar llegar en las noches y tratar de encontrar noticias sobre la guerra. Mientras encendía el radio e intentaba entender las noticias con el poco español que aprendí en mi niñez, tomaba la pluma y escribía cartas a mi familia con un seudónimo que me ocultara de la jurisdicción nazi.

Escribía a mis padres y de vez en cuando a mi ex mujer, que a pesar de ello, teníamos una buena relación y juntos compartíamos la custodia de nuestra hija, Claudia, a quien le escribía un cuento en cada carta para sus noches de angustia en medio del campo de batalla.

Ah, Claudia…¡Cómo extrañaba a mi pequeña Claudia!, sus ojitos grises y sus dientes blancos que brillaban con el reflejo del sol en las tardes mientras se columpiaba en el parque. Ese cabello ondulado con el que el viento jugueteaba, esas manitas que me apretaban mis enormes dedos mientras caminábamos por las bibliotecas donde siempre pedía que le comprara uno que otro cuento. Pensar que no tuve el suficiente tiempo para sacarla de aquel calvario por el que pasaba Alemania, de toda la destrucción en la que estaba creciendo. Su seguridad me preocupaba, no solo por la violencia que se llevaba a cabo en las calles, los aviones rodeando las ciudades, sino en especial porque la familia de su madre era judía.

Pero no podía evitar pensar que en el campo de concentración de Auschwitz, aquel personaje que tenía un apodo contrastante a su demoníaca personalidad, El ángel de la muerte, se hallaba en algún laboratorio abriéndole el estómago a alguna de sus marionetas judías para ver cuánto soportaba el dolor un ser humano sin anestesia, amputando las extremidades de algún infante, poniendo sustancias químicas en sus ojos para intentar cambiar su color, o quizás los hacía pasar horas en temperaturas extremas y determinar el punto de quiebre de aquel infortunado ser humano que se topó con la miseria en carne viva.

La estupidez humana no había llegado a un grado tan alto. Nazis contra judíos, razas contra razas, el hombre contra el hombre. No podía haber mayor grado de intolerancia y muestra de idiotez en una sola cabeza, pero aquel hombrecillo de bigote extraño, bajo y decrépito había sido la consolidación de la bestialidad conglomerada en un solo hombre, en un solo discurso que movió a una nación entera. ¿Será posible que, si salimos de esta, el mundo esté consciente de los cambios que debe de hacer para reestructurar la moralidad sobre el hombre? Tengo la esperanza.

Dos meses después, una carta de mis padres había llegado a mi apartamento alquilado. Me tambaleé y caí sobre la nevera de la cocina mientras las lágrimas corrían la tinta del papel. Claudia y su madre habían sido atrapadas en una redada camino de vuelta a casa y enviadas en el primer tren con dirección a Polonia y asignadas a Auschwitz-Birkenau, donde El ángel era el médico jefe.

Inmediatamente, traté de contactar al piloto que me trajo, que por fortuna, se encontraba en Argentina, después de traer unos cuantos que se fugaban de la guerra, y en la madrugada siguiente, partía de nuevo hacia Alemania.

No pude dormir en el vuelo, estaba angustiado, asustado…Quizá mi pequeña Claudia yacía en el suelo fusilada o exhausta por los trabajos forzados. Claudia, la luz de mis ojos, la pequeña que vi nacer y crecer durante 7 años. No podía soportarlo.

Arribé y tan pronto toqué suelo alemán, corrí con mi maleta mientras, nuevamente, me tapaba con mi bufanda y mi gorra para evitar las miradas curiosas. Tomé un taxi y corrí a casa de mis padres.

El viaje estaba estimado para una media hora, pero con lo que logré acosar con mi implacable insistencia al conductor, logré llegar en 15 minutos. Entré bruscamente por la puerta de atrás.

Se alarmaron al ver a un tipo cubierto hasta el rostro, pero prontamente me descubrí y los abracé, mientras desataba la tristeza que me albergó durante las horas de vuelo. No soy un tipo que gusta de dejarse derrumbar en público. No me gustaba que las personas vieran las lágrimas verter de mis ojos; me sentía débil, impotente.

En efecto, mis padres confirmaron que su carta era cierta y el tren había partido el día anterior y que lo mejor era esperar, pero no podía permitir que esta salvajada se efectuara, era inhumano, no solo ignorar la fortuita captura de mi pequeña Claudia y su madre, sino también por las familias que, a escondidas, esperaban noticias de sus familiares que se hallaban en los círculos de infierno alemán.


Sabía que mis padres no me permitirían cometer la locura que tenía pensada, pero pasada la noche, durante el toque de queda, salté por la ventana intentando hacer el menor ruido y me encaminé con la cara al descubierto por las calles, intentando ser parte de una repentina redada.

Caminé y caminé sin nada de suerte y temía que, de encontrarme absolutamente solo, pudieran fusilarme en plena acera, pero en la cuadra siguiente, pude visualizar un retén donde estaban acorralando una familia judía. Caminé un poco más rápido e hice un gesto de sorpresa un tanto fingido, mientras un soldado nazi me miró directamente y gritaba a sus compañeros que me atraparan. Me tiré al suelo y puse mis manos en la cabeza sin dar resistencia, me alzaron por los codos y me pusieron en una hilera junto a la familia judía que me miraba desconcertada. Intenté hacer un gesto con la cabeza de negación para que no dijeran nada y les sonreí. Agacharon la cabeza y nos metieron en un camión que nos llevó a la estación de trenes.

Allí llegaron otros 3 camiones llenos de judíos que aún se resistían a ser ingresados a los campos de concentración. Un soldado estaba repartiendo por grupos los destinos a los que serían enviados y yo rogaba porque Auschwitz-Birkenau fuese el mío.

Pasaban frente a los reclusos, pidiendo documentación para verificar si eran o no judíos. Sabía que al mostrarlo no iban a destinarme, así que con cautela, ofrecí al hombre a mi izquierda mi libertad por su libreta. El hombre me miró desconcertado pero con una felicidad contenida que se dibujaba por lapsos en la comisura de sus labios.

Lágrimas brotaron de sus ojos y con las manos temblorosas me entregó su identificación, mientras que recibía la mía y con voz quebrada me habló algo que apenas logré escuchar como un “gracias”.

El soldado se iba acercando cada vez más y cuando llegó al hombre a mi lado, revisó sus papeles con mirada suspicaz, pero que finalmente le dejó en libertad. Al llegar a mi lado, revisó los papeles falsos que tenía y mirándome fijamente dijo: Auschwitz- Birkenau.

Subí al estrecho vagón en el cual me iba a dirigir hacia mi pequeña Claudia. Era estrecho, maloliente y estaba atiborrado de judíos que temían por la suerte que les deparaba.

Intenté dormir recostado a la pared del vagón. Entre cerraba los ojos pero no me hallaba y el calor comenzó a sujetarme por la espalda baja y a cada kilómetro que pasaba iba subiendo. Me sentía exasperado.

Sin embargo, en la esquina del vagón había una niña que temblaba en los brazos de su madre. Parecía con una fiebre inmensa y me dispuse a quitarme mi abrigo y abrirme paso entre las personas. Al llegar junto a ella, miré a su madre y le dije que mi abrigo podía no servir mucho, pero al menos ayudaría a mantenerla un poco alejada del frío al que estaba sometida. Me miró con los ojos envueltos en lágrimas y me preguntó “¿Tiene usted hijos?” a lo que respondí con una mirada y un gesto con la cabeza, asintiendo. Luego dije: “Sí, voy a visitarla”. Me miró incrédula mientras me levantaba y le sonreía. Me recosté nuevamente e intenté dormir un poco.

Un traqueteó repentino me sacó de mi sueño y me hizo resbalar. La mayor parte de las personas cayeron junto a mí y nos levantamos un poco azorados, otros temerosos y algunos estallaron en un llanto incontrolable.

La puerta se abrió y nos apuntaron con los rifles, nos hicieron bajar rápidamente y formarnos en una hilera para entrar. Las mujeres eran llevadas por un lado con los niños y a los hombres nos ponían al lado contrario para ingresar. 141010 era el número que me entregaron y con el que debía ser reconocido de ahora en adelante, pues mi nombre había sido esfumado por la imponencia subnormal de aquellos animales despiadados.

En cuanto me entregaron aquel gris, mugroso y deprimente uniforme de rayas gris, intenté averiguar una manera de contactar con Claudia. Nos pusieron a levantar ladrillos como trabajo forzado. Eran aproximadamente las 5 de la tarde y yo comenzaba a perder la cabeza.

Comencé a indagar por las mujeres y niños que habían ingresado hace dos días, di sus características físicas, pero nadie supo responderme. Pasaron tres días y mi cabeza estaba a punto de estallar.

Un hombre de baja estatura y con un ojo de vidrio se acercó a mí mientras martillaba unas tablas para las nuevas barracas destinadas a futuros miembros de este club de mala muerte.

Su nombre era Blaz y supo quién era yo, pues en las barracas ya se rumoreaba de un loco más que buscaba a su familia. Lo curioso, es que Blaz había ingresado al campo el mismo día que Claudia y su madre.

-Las mujeres ingresaron directamente al campo, pero no todas de la mano de sus hijos.- Decía Blaz con todo sombrío y auguro. Mis pies temblaron y rogué que las palabras que estaba a punto de decir no salieran jamás de su boca. –Varios niños fueron separados y fueron llevados a las barracas especiales del Dr. Josef Mengele, aunque aquí se le llama…-

-El ángel de la muerte.- Interrumpí a Blaz y traté de contener las lágrimas. El miedo me tomó por los hombros y me acuchillaba mientras imágenes terroríficas de mi pequeña hija, tendida en una camilla de cirugías, era lentamente torturada por esta escoria humana.

Me derrumbé. Estaba destrozado y mis esperanzas se habían esfumado, como si la lluvia que caía sobre nosotros las hubiese arrastrado por el fango por el que caminábamos.

No concilié el sueño aquella noche. Mi cabeza estaba perdida, finalmente. Me bajé de la litera suavemente para no despertar a nadie y me escabullí por entre las barracas, tratando de ocultarme de los soldados que vigilaban en la noche y los perros que olfateaban a largas distancias. Me arrastré por debajo de las barracas y me cubrí totalmente de barro para evitar tener un olor fuerte que atrajera a los canes. En el límite del lado de los hombres y las mujeres, comencé a cavar en medio de la lluvia el fango para lograr pasar por debajo del enrejado. Cavé con velocidad y sintiendo la paranoia de escuchar el rifle apuntando a mi sien.

Cuando logré hacer una cavidad lo suficientemente decente para que mi cuerpo pasara por allí, me arrastré y continué.

Abría las puertas con suavidad de las barracas donde las mujeres se hallaban e intentaba distinguir si Kerstin, mi ex mujer, se hallaba allí, pero no tuve éxito. Busqué en 3 barracas de las cuales no se veía rastro de ella y me preguntaba si acaso sabía el peligro en  el que podía estar Claudia.

Pero a lo lejos divisé un montículo extraño, deforme, lleno de baches extraños. Me acerqué lentamente y un hedor se levantó de la tierra y me llenó el olfato al punto de generarme arcadas. Eran mujeres asesinadas. Algunas vapuleadas, otras acuchilladas o con agujeros de bala en sus rostros y cuerpos. Pero una cara se me hizo conocida. Kirsten yacía en el tope del montículo con una herida de bala en el cuello.

Caí de rodillas sin darme cuenta de lo que en realidad estaba viendo. Un soldado se acercaba con mirada distraída  y tuve que reaccionar para ocultarme de su vista. Tenía que sacar a Claudia de allí, aunque tuviera que dar mi vida por su libertad.

Al soldado distraído se le unió un compañero que comenzó a hablar de los gritos despavoridos que salían de la sala de experimentación de Mengele, pues debía dar ronda allí cada 10 minutos y le era imposible sentirse tranquilo mientras escuchaba aquel calvario.

Al terminar su habladuría, continuó su ronda y le seguí de lejos. Dio vuelta en algunas barracas y se dirigió a un establecimiento construido en cemento con iluminación, cosa que me extrañaba a estas horas de la noche. Cuando nos acercamos y logré comprobar que no había nadie más aparte del soldado que estaba en frente mío, lo tomé por el cuello y comencé a ahorcar para cortarle el flujo de sangre a la cabeza y dejarlo sin conocimiento.

Lo dejé en el suelo y me dirigí hacia las ventanas para ver si lograba visualizar algo y escenas sádicas acudieron a mi vista. Niños semi desnudos con el pecho abierto y sus órganos al descubierto, sangre en las baldosas y sus ojos inertes miraban al vacío.

Miré al guardia que aún no despertaba y vi que en su cinturón tenía una llave. La tomé y la encajé en la cerradura del sombrío establecimiento. Entré con cautela y no percibí nada más que un desagradable hedor a muerte prematura.

Caminé por las habitaciones lentamente con asombro. Niños con los ojos brotados y agujereados por las jeringas con las que habían sido inyectados, con los brazos colgando o casi todos sus órganos fuera o gemelos con las venas entrelazadas entre sí, supongo que intentos fallidos de generar siameses. Era grotesco, despiadado, desalmado, era impunidad.

Entré en la última habitación y el cementerio infantil no se detenía. Pasaba por las camillas y ninguno de los infantes se parecía a mi Claudia. Me sentía un tanto tranquilo y pensé que quizás Claudia había regresado a las barracas, junto con las mujeres.
Me dispuse a salir, pero vi una puerta metálica frente a mí. A medida que me acercaba sentía más y más frío. Mi corazón latía con fuerza.

Abrí la fría puerta y ante mí, la pesadilla continuó. Unos 10 niños se hallaban congelados. Las pestañas despilfarraban hielo que se juntaba sobre ellas y sus labios eran tiesos. Algunos con sus pequeños ojos cerrados y otros, con muecas de dolor y desamparo.

En el centro de aquél congelador, una niña de cabello tieso por el frío y manitas pequeñas, se hallaba acurrucada en posición fetal. Era Claudia.Mi cerebro ardía de ira. Tomé el cuerpo de Claudia en mis brazos y lo abracé mientras gritaba con un dolor que salía de lo más profundo de mis entrañas. Perdí la noción de todo y no me importó que fuera descubierto allí mismo, Claudia murió y fue usada como si fuera una muñeca de porcelana.

Jugaron con ella y torturaron a un ser angelical que daba vida a mis letras, que daba vida a mi existencia. Prometí sacarla con vida, prometí dejarle ver nuevos horizontes. La humanidad estaba loca. No merecía ser llamada humanidad, aquello era falta de humanidad. Eran animales con el cabello engrasado y trajes impecables, mientras se pavoneaban pisoteando a cuanto judío se les pusiera en frente. Era falta de inteligencia, eran trogloditas, déspotas, desgraciados, eran unos hijos de puta.

Dos soldados irrumpieron en el lugar y me golpearon en la cabeza con sus rifles. Me tomaron por los brazos, dejando caer a Claudia sobre el suelo. Me resistí y los empujé contra la pared, pero un tercer soldado, el mismo que minutos atrás dejé inconsciente, entró en la habitación, disparándome en la pierna y haciéndome perder el equilibrio, con lo que los 2 primeros soldados aprovecharon y me inmovilizaron.

Me sacaron del establecimiento a rastras y me pusieron contra la pared. Varios soldados acudieron, mientras un hombre con gabardina y lentes se acercaba. Su cabello estaba bien presentado y tenía un aspecto impecable. El ángel de la muerte se paraba en frente, se burlaba con la mirada y una sonrisa cabrona en sus labios.

Debo decir que en un lapso tan corto de tiempo logré acumular varias palabras coherentes. No tenía claro el rumbo tan inesperado que mi vida había tomado y la miseria que había descendido de, el diablo sabrá dónde, sobre mi cabeza.


Siempre fui una persona rencorosa que albergaba un sinfín de palabras dentro de sí. Supongo que fue lo que me llevó a querer ser escritor y redactar en revistas, periódicos y demás. Siempre intenté regalar una sonrisa a quien la necesitara, a pesar de que mi carácter lo hiciera complicado para mí. Siempre tuve la convicción de ser un buen padre y estar presente allí para mi pequeña Claudia. Intenté hacer lo que era correcto, pero no fue suficiente para escaparme de aquellas negras manos que azotaron la nación y el mundo entero. Sentía culpa por ser el posible causante de esta tragedia, sentía culpa por haber dejado que Claudia y su madre murieran a manos de perversos animales sin razón, sin criterio. Animales armados que disfrutaban la sangre vertiente que se despilfarraba en los campos de batalla, de los cuerpos incinerados, de los cadáveres que se desmoronaban en la cámara de gas, o que eran atravesados por balas en el paredón. No somos hombres, somos lobos en búsqueda de un poder inexistente, de un poder efímero mientras acabamos con todo aquello que estorbe en nuestro camino.

He caído ante las garras de una Alemania monstruosa, de una Alemania que espero se arrepienta de las muertes que ha provocado a lo largo de estos últimos años, de la estupidez con la que atentaron contra miles de vidas inocentes, la brutalidad de una nación unida por un negro motivo.

-¡Apunten!- Gritó Mengele, mientras obedientes, los soldados apuntaban hacia mí. Miré con desespero, como un perro callejero que estaba a punto de ser capturado para la perrera.

El cielo tronó en una secuencia de 10 cañonazos rápidos y certeros que impactaron contra la pared y algunos contra mi pecho. Antes de que la vida se me fuera de las manos y que mis pies me fallaran, saludé a los soldados gritando a todo pulmón:

“¡Lebe unser heiliges Deutschland!”.

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