martes, 1 de octubre de 2013

Inverso


Sentada junto a la ventana
miraba las gotas destruirse contra el asfalto.
Tenía los ojos perdidos, y la vida también.
Yo miraba su espalda desnuda,
y sabía que estaba más perdido que ella.
Yo en ella, ella en el tiempo; suspendida.

Encendía el cigarrillo y después de las primeras volutas
lo arrojaba sin expulsar la bocanada,
como queriendo morirse.
Unos minutos después volvía a hacer lo mismo.

Qué desperdicio –pensaba- pero jamás lo decía.
Parecía que leía mis pensamientos,
y mientras reflexionaba sobre ese ritual,
decía que lo único bueno del cigarro era el primer suspiro.

Después de eso me entristecía, me leía, me conocía.
Seguía dándome la espalda,
mientras yo le daba la vida.
Su espalda se transfiguraba,
los huesos de su lomo se marcaban en la piel,
se movían, hablaban, la vomitaban, la odiaban.
Yo la odiaba, la amaba,
su espalda soberbia, altiva, arrogante.

Yo miraba la vida, la miraba a ella.
Ella miraba la calle, su realidad.
Ella mi realidad.
Su inextinguible capacidad de causar dolor.
Un revés, una ínfima espalda huesuda,
contenía toda la miseria del mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario