Yo no sé a veces qué sucede en mi sistema nervioso.
Se enciende, se apaga, se funde. Tengo momentos como ahora en donde las letras
no salen, donde estoy ensimismado en cosas de poca importancia.
Hay épocas en las que el tiempo me hace recordar el
pasado que fue brillante, momentos en los que el tiempo me hace soñar con cosas que mis manos no alcanzarán y sigo
sentado en el sofá de mi casa, perdiendo el tiempo sin saber por dónde tener
aquella extraña emoción que me satisfaga.
Tengo aún aquellos moretones que esa caída fuerte
me provocó, de la que me levanté, pero aún me hace falta esa chispa que me
encienda, que me haga volver a tomar los guantes y seguir ese camino que inicié
y que anhelé tanto, que disfruté 1 año, donde el dolor no importaba y la sangre
brotaba naturalmente, sin miedo alguno, donde el sudor no era cuestión de
desagrado, donde recibías una felicitación por lo que un hombre que anda por la
calle te diría animal, déspota e inculto, donde al entrar por tu puerta
conciliabas el sueño con cada músculo derruido, pero siempre con la sonrisa de
saber que pronto volverías a aquél recinto de compañerismo y de apoyo, de bajar
aquellas energías destructivas que devastan tu ego, tu voluntad, tu convicción,
donde logré calmar ese dolor que tuve cada noche de cuchillos largos en la que
recordaba lo que pude lograr en algún momento específico de mi vida, en el
lugar donde me convertía en una bestia que saciaba sus penas en golpes y a la vez, irónica y eventualmente, en mejor
persona.
Ah, qué falta me hace sentir los guantes en mis
manos.
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