martes, 8 de octubre de 2013

Un buen libro


Quisiera dejar el libro en el segundo capítulo,
dejarlo en un cajón oscuro, húmedo y con cerrojo,
y condenarlo al olvido.
Colgarlo en un tendedero,
de la portada y la contraportada;
dejarlo a la intemperie,
para que se moje y el mismo peso lo rasgue,
ver cómo la tinta se pierde en la humedad,
y en la oscuridad de leer y no comprender.

Quisiera arrojarlo a la calle,
para que los salvajes lo destruyan,
que la soledad lo corroa,
que las miradas inquisidoras lo desprecien,
que la muerte lo tome de las hojas.

Deseo guillotinar la impropiedad de los personajes,
desmentir los mitos de su arte,
sacudirlos de los hombros,
vituperarlos y arrojarlos al vacío,
estrellarlos contra el cristal.
Escupirlos en la cara,
y decirle que no saben amar, que no se saben amar.
Quisiera gritarle a ella, y que me injurie,
decirle que se personifique adecuadamente,
que no finja, que llore,
que expulse cada lágrima retroactiva
desde que pensó que su vida era un buen libro.

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