Quisiera dejar el libro en el
segundo capítulo,
dejarlo en un cajón oscuro, húmedo y
con cerrojo,
y condenarlo al olvido.
Colgarlo en un tendedero,
de la portada y la contraportada;
dejarlo a la intemperie,
para que se moje y el mismo peso lo
rasgue,
ver cómo la tinta se pierde en la
humedad,
y en la oscuridad de leer y no
comprender.
Quisiera arrojarlo a la calle,
para que los salvajes lo destruyan,
que la soledad lo corroa,
que las miradas inquisidoras lo
desprecien,
que la muerte lo tome de las hojas.
Deseo guillotinar la impropiedad de
los personajes,
desmentir los mitos de su arte,
sacudirlos de los hombros,
vituperarlos y arrojarlos al vacío,
estrellarlos contra el cristal.
Escupirlos en la cara,
y decirle que no saben amar, que no
se saben amar.
Quisiera gritarle a ella, y que me
injurie,
decirle que se personifique
adecuadamente,
que no finja, que llore,
que expulse cada lágrima retroactiva
desde que pensó que su vida era un
buen libro.
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