viernes, 18 de octubre de 2013

Purgatorio


A mi lado seguía la chica con los ojos cerrados. Su cara no expresaba emociones. A pesar de que llevábamos más de 22 horas en el interior del bus atravesando la cordillera de los Andes, permanecía impertérrita, inerte. El viaje no le afectaba en lo más mínimo, y aunque en ocasiones el bus se sacudía con violencia, nada turbaba la paz de aquella inmóvil criatura. Sin embargo, yo estaba cansado. Maldije el día en el que emprendí ese estúpido viaje terrestre hacia Chile. Tenía la ilusión de darme unas vacaciones para huir del trabajo, huir de los objetivos que me imponen mes a mes y que mi jefe utiliza como amenazas de despido si no se llegaran a cumplir, pero hasta el momento todo iba mal. Después de tantas horas sentía que estaba sentado en una piedra, el cuerpo me ardía. En el instante que lograba dormir un poco, el vehículo pasaba un sobresalto y el sueño se quedaba fuera de mí. La alegría del viaje había desparecido a causa de mi desventura, y ya no sabía si prefería ese viaje o volver al infierno de mi trabajo. En esas horas, mi mente se nubló de odio: odiaba los tiquetes aéreos, los ricos, los que viajan en primera clase, los jefes, los comprometidos, los que estaban en Chile, los que se aman, los que se aman otra vez… pero a quien más odiaba era a la chica que estaba sentada a mi lado. Mi odio era envidia. ¿Cómo podía estar tan sosegada?

No supe cuándo ni a qué horas llegué a Chile, de golpe me desperté en el hotel. Las paredes tenían un aspecto sucio. Las puntas del papel tapiz estaban despegadas y el techo estaba agrietado. Estaba mareado y sentía una piedra sobre mi espalda, físicamente aún seguía agotado. Por más que intentaba pensar cómo había llegado hasta el hotel, era imposible recordarlo. La última escena que tengo grabada de mi vida era la cara de aquella chica, verdugo de mi pesadumbre. Mi reloj marcaba las doce del día y no se escuchaba ningún sonido al otro lado de la ventana.  La calle estaba vacía, no habían carros ni personas. Las ventanas de todos los edificios tenían las cortinas cerradas. Las hojas de los árboles no se movían; intenté abrir la ventana pero estaba atascada. No entendía muy bien lo que estaba sucediendo: de repente despierto en la habitación de un hotel sucio, no recuerdo el rostro del recepcionista y es difuso el momento en el que me bajé del bus, y lo que más me perturba, es el denso silencio que colma mi mente.
Por fortuna la puerta no estaba asegurada y pude salir a un corredor angosto y largo. El aspecto de las paredes era aún más deplorables: algunas porciones del papel tapiz rasgado dejaban entrever moho. Al final del pasillo había otra puerta, la cual daba paso a una segunda habitación con otra entrada. En medio de ambas había un extraño busto clavado sobre un pedestal, pero no era precisamente una escultura, era cabeza la de un hombre. Estiré las manos para desvirtuar lo que veía pero el horror fue mayor: podía sentir los pliegues de la piel del rostro, su barba suave y perfectamente cortada. No era una cabeza inerte, los pómulos estaban sonrosados y emanaban una leve sensación de tibieza, aunque sus párpados estaban cerrados. Tuve un impulso inconsciente y le pregunté que dónde estábamos sin recibir respuesta. Mis entrañas estaban ardiendo y se sacudían con violencia, tuve que acuclillarme para intentar apaciguar el dolor. Por más que intentaba ordenar mis ideas y darle una vaga explicación a mi cabeza de lo que estaba pasando, no lo conseguía y a medida que surgían más preguntas todo se nublaba más. ¿Qué significaba esa cabeza? ¿Cómo podía estar allí?
La quijada del busto empezó a moverse de un lado para otro, como si algo en su interior le molestara. Abrí lentamente su boca y saqué un pedazo diminuto de papel que ponía con letras irregulares: Purgatorio.
Atravesé la segunda puerta y me topé con una habitación idéntica en la cual había dormido. ¿Cómo se accedía entonces hasta ese lugar si no había ningún tipo de escalera o de entrada?
Junto a la ventana había una chica sentada en un sillón, era la misma chica del bus. Era el verdugo, su rostro no se borraba de mis recuerdos. Es lo único que recordaba y la única seguridad que tenía. Finalmente pude ver sus ojos abiertos, pero ella seguía ausente, dirigiendo su atención a las ventanas cubiertas por las cortinas. Con la perdición en la mirada, con la mirada perdida. ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde estamos? Le pregunté con un grito ahogado y agitado. No respondió. Seguía tranquila. Estaba perdida pero sosegada. Empecé a llorar quedamente y por primera vez la chica se movió. Sin despegar los ojos de la ventana dijo que era la hora. ¿¡Hora de qué!? Grité desesperado. Se levantó y se acostó en la cama, dejando un espacio libre; siempre con los ojos clavados en las ventanas exteriores. Me rendí; quería la calma de aquella chica, la tranquilidad de su indiferencia. Me tumbé al lado de ella, pasé mi brazo alrededor de su cuerpo y comencé a llorar con mi rostro pegado a su pecho.
Las paredes se desvanecía, se derretían. Lágrima a lágrima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario