A mi lado seguía la chica con los
ojos cerrados. Su cara no expresaba emociones. A pesar de que llevábamos más de 22
horas en el interior del bus atravesando la cordillera de los Andes, permanecía
impertérrita, inerte. El viaje no le afectaba en lo más mínimo, y aunque en
ocasiones el bus se sacudía con violencia, nada turbaba la paz de aquella
inmóvil criatura. Sin embargo, yo estaba cansado. Maldije el día en el que
emprendí ese estúpido viaje terrestre hacia Chile. Tenía la ilusión de darme
unas vacaciones para huir del trabajo, huir de los objetivos que me imponen mes
a mes y que mi jefe utiliza como amenazas de despido si no se llegaran a
cumplir, pero hasta el momento todo iba mal. Después de tantas horas sentía que
estaba sentado en una piedra, el cuerpo me ardía. En el instante que lograba
dormir un poco, el vehículo pasaba un sobresalto y el sueño se quedaba fuera de
mí. La alegría del viaje había desparecido a causa de mi desventura, y ya no
sabía si prefería ese viaje o volver al infierno de mi trabajo. En esas horas,
mi mente se nubló de odio: odiaba los tiquetes aéreos, los ricos, los que
viajan en primera clase, los jefes, los comprometidos, los que estaban en
Chile, los que se aman, los que se aman otra vez… pero a quien más odiaba era a
la chica que estaba sentada a mi lado. Mi odio era envidia. ¿Cómo podía estar
tan sosegada?
No supe cuándo ni a qué horas llegué
a Chile, de golpe me desperté en el hotel. Las paredes tenían un aspecto sucio.
Las puntas del papel tapiz estaban despegadas y el techo estaba agrietado.
Estaba mareado y sentía una piedra sobre mi espalda, físicamente aún seguía
agotado. Por más que intentaba pensar cómo había llegado hasta el hotel, era
imposible recordarlo. La última escena que tengo grabada de mi vida era la cara
de aquella chica, verdugo de mi pesadumbre. Mi reloj marcaba las doce del día y
no se escuchaba ningún sonido al otro lado de la ventana. La calle estaba vacía, no habían carros ni
personas. Las ventanas de todos los edificios tenían las cortinas cerradas. Las
hojas de los árboles no se movían; intenté abrir la ventana pero estaba
atascada. No entendía muy bien lo que estaba sucediendo: de repente despierto
en la habitación de un hotel sucio, no recuerdo el rostro del recepcionista y
es difuso el momento en el que me bajé del bus, y lo que más me perturba, es el denso
silencio que colma mi mente.
Por fortuna la puerta no estaba
asegurada y pude salir a un corredor angosto y largo. El aspecto de las paredes
era aún más deplorables: algunas
porciones del papel tapiz rasgado dejaban entrever moho. Al final del pasillo había
otra puerta, la cual daba paso a una segunda habitación con otra entrada. En
medio de ambas había un extraño busto clavado sobre un pedestal, pero no era
precisamente una escultura, era cabeza la de un hombre. Estiré las manos para
desvirtuar lo que veía pero el horror fue mayor: podía sentir los pliegues de
la piel del rostro, su barba suave y perfectamente cortada. No era una cabeza
inerte, los pómulos estaban sonrosados y emanaban una leve sensación de
tibieza, aunque sus párpados estaban cerrados. Tuve un impulso inconsciente y
le pregunté que dónde estábamos sin recibir respuesta. Mis entrañas
estaban ardiendo y se sacudían con violencia, tuve que acuclillarme para
intentar apaciguar el dolor. Por más que intentaba ordenar mis ideas y darle una
vaga explicación a mi cabeza de lo que estaba pasando, no lo conseguía y a
medida que surgían más preguntas todo se nublaba más. ¿Qué significaba esa
cabeza? ¿Cómo podía estar allí?
La quijada del busto empezó a
moverse de un lado para otro, como si algo en su interior le molestara. Abrí
lentamente su boca y saqué un pedazo diminuto de papel que ponía con letras
irregulares: Purgatorio.
Atravesé la segunda puerta y me topé
con una habitación idéntica en la cual había dormido. ¿Cómo se accedía entonces
hasta ese lugar si no había ningún tipo de escalera o de entrada?
Junto a la ventana había una chica
sentada en un sillón, era la misma chica del bus. Era el verdugo, su rostro no
se borraba de mis recuerdos. Es lo único que recordaba y la única seguridad que
tenía. Finalmente pude ver sus ojos abiertos, pero ella seguía ausente,
dirigiendo su atención a las ventanas cubiertas por las cortinas. Con la
perdición en la mirada, con la mirada perdida. ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde
estamos? Le pregunté con un grito ahogado y agitado. No respondió. Seguía
tranquila. Estaba perdida pero sosegada. Empecé a llorar quedamente y por
primera vez la chica se movió. Sin despegar los ojos de la ventana dijo que era
la hora. ¿¡Hora de qué!? Grité desesperado. Se levantó y se acostó en la cama,
dejando un espacio libre; siempre con los ojos clavados en las ventanas
exteriores. Me rendí; quería la calma de aquella chica, la tranquilidad de su
indiferencia. Me tumbé al lado de ella, pasé mi brazo alrededor de su cuerpo y
comencé a llorar con mi rostro pegado a su pecho.
Las paredes se desvanecía, se
derretían. Lágrima a lágrima.
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