lunes, 2 de septiembre de 2013

Oasis de placer


El calor de las tardes a veces era insoportable, y en medio de la hiperactividad, sentía que en algún momento podía sucumbir, no iba a aguantar e iba a caer deshidratado en medio del lugar.
A pesar de eso, alguien encendía el oasis con el cual se apaciguaba la sensación sofocante.
Ese oasis era un cúmulo de sonidos impecables, que retumbaban las paredes y el ambiente cuando la situación se hacía insoportable. Yo me sentaba en el pequeño oasis de placer, en una silla de plástico y me ensimismaba con los sonidos.
Música vieja, para mis jóvenes oídos. ¿O no, viejo Benny?
Yo me sentaba junto al viejo y miraba su rostro sudoroso, mientras con su mano acariciaba una botella de aguardiente y con la otra movía los dedos al son de la música. Sus ojos cerrados y sus labios dibujaban una leve sonrisa. Mientras estaba a su lado, intentaba descifrar su estado y sus pensamientos; recurría a mi imaginación para intentar hacerme una vaga idea de los secretos que guardaban sus profundos ojos negros, que ya no podía ver por la posición de sus párpados.
Después de unas cuantas canciones, él volvía a abrir los ojos y me sonreía al verme a su lado, se acomodaba las gafas y entre pasos torpes traía un mazo de cartas, y jugábamos y apostábamos hasta que la tarde caía y la luna se posicionaba.
Pero un día, llegó el mejor remedio para soportar las tediosas y calurosas tardes:
Sin soltar la botella con el líquido transparente, abrió un armario que tenía en la parte trasera del bar, allí tenía diversas herramientas: llaves inglesas, taladros, tornillos y martillos. Cuidadosamente, fue retirando estos utensilios y fue acomodándolos a un lado para dejar al descubierto una gran cantidad de libros con nombres que me resultaba impronunciables.
Con rigurosidad, el viejo fue hablándome de cada autor, sus más importantes obras, historias, e incluso las anécdotas de cómo llegaron todos esos libros a sus manos.
Constantemente, él repetía que era un aficionado a la literatura y que durante toda su vida trabajó para comprarse esos libros y leerlos cuando ya estuviera retirado y lejos de los timbales. “Siempre me he considerado ignorante.” – decía el viejo.- “pero sé que el remedio de la ignorancia está en la lectura.
Por eso puso a mi disposición esa cantidad de libros, para que navegara en todas esas maravillosas hojas, y fuera, según él, un poco más feliz.

Ha sido curioso ir descubriendo, mediante un proceso paulatino, como la lectura de esos libros me han llenado de un placer indescriptible, que no es propiamente una sensación de felicidad, pero sin duda alguna, ha cambiado y matizado el filtro con el cual percibo y vivo mi “realidad”.

Tal vez no pueda decir que haya recibido felicidad de la literatura, pero si puedo decir que cada letra que leo de uno de esos libros me ha dado un regocijo particular, un regocijo que está muy relacionado al tormento, a la bruma y que no cambiaría por ningún motivo, por que allí encuentro mi oasis en el desierto. 


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