El calor de las tardes a veces era
insoportable, y en medio de la hiperactividad, sentía que en algún momento
podía sucumbir, no iba a aguantar e iba a caer deshidratado en medio del lugar.
A pesar de eso, alguien encendía el
oasis con el cual se apaciguaba la sensación sofocante.
Ese oasis era un cúmulo de sonidos impecables,
que retumbaban las paredes y el ambiente cuando la situación se hacía
insoportable. Yo me sentaba en el pequeño oasis de placer, en una silla de
plástico y me ensimismaba con los sonidos.
Música vieja, para mis jóvenes oídos.
¿O no, viejo Benny?
Yo me sentaba junto al viejo y miraba
su rostro sudoroso, mientras con su mano acariciaba una botella de aguardiente
y con la otra movía los dedos al son de la música. Sus ojos cerrados y sus
labios dibujaban una leve sonrisa. Mientras estaba a su lado, intentaba
descifrar su estado y sus pensamientos; recurría a mi imaginación para intentar
hacerme una vaga idea de los secretos que guardaban sus profundos ojos negros,
que ya no podía ver por la posición de sus párpados.
Después de unas cuantas canciones, él
volvía a abrir los ojos y me sonreía al verme a su lado, se acomodaba las gafas
y entre pasos torpes traía un mazo de cartas, y jugábamos y apostábamos hasta
que la tarde caía y la luna se posicionaba.
Pero un día, llegó el mejor remedio
para soportar las tediosas y calurosas tardes:
Sin soltar la botella con el líquido
transparente, abrió un armario que tenía en la parte trasera del bar, allí
tenía diversas herramientas: llaves inglesas, taladros, tornillos y martillos.
Cuidadosamente, fue retirando estos utensilios y fue acomodándolos a un lado
para dejar al descubierto una gran cantidad de libros con nombres que me
resultaba impronunciables.
Con rigurosidad, el viejo fue
hablándome de cada autor, sus más importantes obras, historias, e incluso las
anécdotas de cómo llegaron todos esos libros a sus manos.
Constantemente, él repetía que era un
aficionado a la literatura y que durante toda su vida trabajó para comprarse esos
libros y leerlos cuando ya estuviera retirado y lejos de los timbales. “Siempre
me he considerado ignorante.” – decía el viejo.- “pero sé que el remedio de la
ignorancia está en la lectura.
Por eso puso a mi disposición esa
cantidad de libros, para que navegara en todas esas maravillosas hojas, y
fuera, según él, un poco más feliz.
Ha sido curioso ir descubriendo,
mediante un proceso paulatino, como la lectura de esos libros me han llenado de
un placer indescriptible, que no es propiamente una sensación de felicidad,
pero sin duda alguna, ha cambiado y matizado el filtro con el cual percibo y
vivo mi “realidad”.
Tal vez no pueda decir que haya
recibido felicidad de la literatura, pero si puedo decir que cada letra que leo
de uno de esos libros me ha dado un regocijo particular, un regocijo que está
muy relacionado al tormento, a la bruma y que no cambiaría por ningún motivo,
por que allí encuentro mi oasis en el desierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario