Mientras cubría el pozo con la tapa de
madera, sonaba el timbre de la casa parroquial. El padre Domínico secaba sus
manos en su hábito y dejaba perfectamente cubierto el orificio que quedaba en
el patio trasero de la casa sacerdotal del pueblo.
Domínico salió apresurado al encuentro de los
feligreses que lo buscaban para las acostumbradas bendiciones de los domingos,
y mientras abría el portón de la capilla y las personas se iban acomodando en
las sillas, el sacerdote saludaba a todos y los miraba con profundidad e
interés.
Un sonido violento de cerrojo sobresaltó a
María, bajó las escaleras e intentó diferenciar entre la oscuridad el rostro de
su esposo, pero el primer piso de su casa estaba completamente entre penumbras.
¿Hay alguien ahí?, preguntó María sin recibir respuesta. El chirrido de las
escaleras la asustaban más que la misma idea de un extraño en su casa por lo
que bajó despacio para no hacer tan insoportable el sonido de la madera. Antes
de que pudiera preguntar algo nuevamente, sintió otro sonido de las puertas
moviéndose con impaciencia. Ella de un sobresalto en su corazón, bajó ágilmente
las escaleras que le hacían falta, e intentó ver a través del ojo mágico de la
puerta, pero antes de reconocer la imagen de la persona al otro lado, recibió
un golpe seco que la dejó tirada en el suelo.
Al detective González lo despertó esa mañana
un aviso en su móvil:
Asesinato en la calle 12
Con un café en la mano, González llegó a la
casa de María Jaramillo, pero no fue el primero en llegar, los médicos forenses
y la policía ya habían acordonado la calle, incluso el padre del pueblo ya
había ido a bendecir el cuerpo por petición de su esposo.
González se topó en la entrada de la casa con
el cuerpo atlético del padre que se encontraba hablando con un policía. Con un
leve movimiento vertical de sus cejas, González saludó al sacerdote.
Un denso hedor a orines invadieron los
pulmones de González, él tosió con violencia y asco, mientras se llevaba un
pañuelo a la boca. Cuando entró a la cocina vio un charco amarillo que se
confundía con la sangre del cuerpo de una mujer sin brazos recostado contra una
de las paredes de la cocina. La mujer tenía hecho trizas su cabello, los pocos
hilos ensangrentado que le quedaban en la cabeza impresionaron al detective,
pero los ojos brotados de la mujer y su boca abierta, le causó un profundo
estado de asco y repugnancia.
-¿Por qué tiene la boca abierta? – le
preguntó al médico forense que estaba en la cocina.
- El asesino la empaló con una de las patas
de la mesa de madera, le introdujo el palo hasta la parte baja de su garganta,
y por eso no puede cerrarla. – respondió impertérrito el médico.
A Domínico esa noche lo despertó un fuerte
dolor de estómago, corrió hasta el baño y se miró en el espejo, estaba sudando,
tenía su corazón alterado y su respiración irregular; su estómago no paraba de
rugir. Las imágenes de María volvían a asaltar su mente, no sabía si eran los
recuerdos de esa mañana o los de la noche anterior. Sintió náuseas e intentó
vomitar en el lavamanos pero no consiguió resultado. Domínico salió hasta el
patio trasero y sin sentir mejoría, empezó a contemplar el pozo. El frío de la
noche empezó a colarse entre su delgada bata de dormir. Los sonidos lúgubres de
la noche empezaron a remover sus entrañas y lo que fuera que había en su
estómago, quería salir inmediatamente. Domínico levantó la tapa del pozo y dejó
descender por su garganta restos de uñas, huesos mal digeridos, fibras de
músculos y algunos falanges tiernos.
Ella se reunió en el fondo del pozo con unas
cuantas más, todas hecha pedazos.
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