miércoles, 11 de septiembre de 2013

El sacerdote

Mientras cubría el pozo con la tapa de madera, sonaba el timbre de la casa parroquial. El padre Domínico secaba sus manos en su hábito y dejaba perfectamente cubierto el orificio que quedaba en el patio trasero de la casa sacerdotal del pueblo.
Domínico salió apresurado al encuentro de los feligreses que lo buscaban para las acostumbradas bendiciones de los domingos, y mientras abría el portón de la capilla y las personas se iban acomodando en las sillas, el sacerdote saludaba a todos y los miraba con profundidad e interés.

Un sonido violento de cerrojo sobresaltó a María, bajó las escaleras e intentó diferenciar entre la oscuridad el rostro de su esposo, pero el primer piso de su casa estaba completamente entre penumbras. ¿Hay alguien ahí?, preguntó María sin recibir respuesta. El chirrido de las escaleras la asustaban más que la misma idea de un extraño en su casa por lo que bajó despacio para no hacer tan insoportable el sonido de la madera. Antes de que pudiera preguntar algo nuevamente, sintió otro sonido de las puertas moviéndose con impaciencia. Ella de un sobresalto en su corazón, bajó ágilmente las escaleras que le hacían falta, e intentó ver a través del ojo mágico de la puerta, pero antes de reconocer la imagen de la persona al otro lado, recibió un golpe seco que la dejó tirada en el suelo.

Al detective González lo despertó esa mañana un aviso en su móvil:
Asesinato en la calle 12
Con un café en la mano, González llegó a la casa de María Jaramillo, pero no fue el primero en llegar, los médicos forenses y la policía ya habían acordonado la calle, incluso el padre del pueblo ya había ido a bendecir el cuerpo por petición de su esposo.
González se topó en la entrada de la casa con el cuerpo atlético del padre que se encontraba hablando con un policía. Con un leve movimiento vertical de sus cejas, González saludó al sacerdote.
Un denso hedor a orines invadieron los pulmones de González, él tosió con violencia y asco, mientras se llevaba un pañuelo a la boca. Cuando entró a la cocina vio un charco amarillo que se confundía con la sangre del cuerpo de una mujer sin brazos recostado contra una de las paredes de la cocina. La mujer tenía hecho trizas su cabello, los pocos hilos ensangrentado que le quedaban en la cabeza impresionaron al detective, pero los ojos brotados de la mujer y su boca abierta, le causó un profundo estado de asco y repugnancia.
-¿Por qué tiene la boca abierta? – le preguntó al médico forense que estaba en la cocina.
- El asesino la empaló con una de las patas de la mesa de madera, le introdujo el palo hasta la parte baja de su garganta, y por eso no puede cerrarla. – respondió impertérrito el médico.

A Domínico esa noche lo despertó un fuerte dolor de estómago, corrió hasta el baño y se miró en el espejo, estaba sudando, tenía su corazón alterado y su respiración irregular; su estómago no paraba de rugir. Las imágenes de María volvían a asaltar su mente, no sabía si eran los recuerdos de esa mañana o los de la noche anterior. Sintió náuseas e intentó vomitar en el lavamanos pero no consiguió resultado. Domínico salió hasta el patio trasero y sin sentir mejoría, empezó a contemplar el pozo. El frío de la noche empezó a colarse entre su delgada bata de dormir. Los sonidos lúgubres de la noche empezaron a remover sus entrañas y lo que fuera que había en su estómago, quería salir inmediatamente. Domínico levantó la tapa del pozo y dejó descender por su garganta restos de uñas, huesos mal digeridos, fibras de músculos y algunos falanges tiernos.

Ella se reunió en el fondo del pozo con unas cuantas más, todas hecha pedazos. 

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