Se
levantaba del sofá después de su siesta de las 5 a eso de las 9, tomaba un
trago de whisky que le chorreaba por la abundante barba rubia y visualizaba con
atolondramiento la sucia habitación, con la siempre presente
cucaracha que le visitaba cada que se preparaba para salir y las manchadas
paredes que generaban asco a toda sobria persona que pasaba el umbral de su tan
llamado hogar.
Como
ya se había visto, gustaba del licor al igual que del juego y las mujeres y de
este último sí que era gran partidario, porque no había noche alguna en que una
ebria descerebrada con ausencia de razón acababa por aceptar el pacto diabólico
que la lengua de este soltaba.
Así
que dicho esto, recorrió las calles repletas de droga y prostitución en búsqueda
de satisfacer su apetito voraz, algo que le impactara lo suficiente por unas 5
o 6 horas, pero era difícil encontrara una mujer regalada que en realidad
interesara un poco…De hecho, eran ya escasas las que tuvieran estas
características. Ahora la mayoría eran superficiales, reconstruidas a tope y
fáciles de engañar, con impulsos idiotas de tatuajes sin fondo alguno, dinero,
sociedad o eventos modistas que movieran la masa de todo aquel falto de
criterio. O por otro lado, una minoría que era dura como la roca y despreciaba
a los tipos atrevidos como este, pero ya casi ninguna que buscara un fugaz
corrientazo de adrenalina y tener aún algo particular que posara los ojos de
los hombres que caminaran a su alrededor. Debido a que la pesquisa no fue nada
productiva, acabó en el bar que frecuentaba.
La
música era fuerte y estruendosa, cosa que, aunque fuera de noche, le hacía
ponerse sus gafas de sol para ocultar, no solo la resaca permanente en la que
vivía, sino el fastidio de aquellos ruidosos parlantes que machacaban la
estructura del local, que le interrumpía la concentración y encima, odiaba ser visto a los ojos por aquella mujer que quería. Saludó a Esperanza, la puta del bar que entretenía
sexualmente a sus clientes con su cuerpo en forma de guitarra, buenas curvas,
un par de buenos senos, sus nalgas paradas. También atendía en la barra y cada
noche le tenía ya preparado a Daniel su shot favorito que lo impulsaba aún más
a buscar aquello que deseaba cada noche.
Como
llevaba gafas de sol, eran pocas las mujeres que se daban cuenta que aquel
hombre de pelo largo y barba abundante las observaba, pero siempre a la que
Daniel sonreía, era a la que era recibida con un trago de bienvenida al
infierno amatorio al que iba a ser sometida.
Y
así fue cuando la vio: Pelo negro, lacio y largo, tez extremadamente pálida con
rubor en las mejillas y unos ojos verdes que fácilmente enardecían la virilidad
de todo hombre. Su aspecto angelical era lo que Daniel quería romper, quería
graparle las alas y enviarla al infierno con el solo propósito de saciar la sed
de sangre que tenía.
Esperanza
lo miraba desde la barra con picardía y examinaba cada paso y gesto de Daniel,
aunque ya había sido testigo en carne propia y se los sabía de memoria,
disfrutaba con aquel circo incitador en el que Daniel ya tenía tanta
experiencia.
Después
de 20 minutos, aquella pobre mujer ya estaba tambaléandose en su silla y Daniel
no soportó estar observando los ojos que lo enloquecían, así que la tomó de la
mano, fue a la barra por su otra ronda de whisky y subió al segundo piso, al
lado del billar donde estaban los baños y comenzó su tarea mientras daba cortos
pero continuos sorbos de whisky.
Excitado,
Daniel fue descontrolando la bestia que llevaba desatando cada noche mientras
le rompía las bragas a aquella mujer que sonreía inocentemente. Cada movimiento
le quitaba fuerza a Daniel, como si envejeciera 5 años por cada extremidad que
moviera, pero ignoró esto. Escuchó la puerta que se abrió pero esto no lo
detuvo, no le importaba más que penetrarla y acabar de una vez por todas a lo
que había venido. Su corazón latía y latía con fuerza, al punto de sentir una
enorme presión en la cabeza que pronto se convirtió en un goteo de sangre por
su nariz, y una espesa baba por la boca acompañada de una convulsión aberrante.
La jovencita gritó de pavor y salió corriendo mientras Daniel se desplomaba en
el suelo dando vueltas como un gusano que se achicharraba. La joven abrió la
puerta y Esperanza entró en la escena sonriendo, tomó el vaso de whisky y sacó
lo que quedaba por disolver de sus pastillas milagrosas.
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