lunes, 2 de septiembre de 2013

Ángeles y Demonios.

Se levantaba del sofá después de su siesta de las 5 a eso de las 9, tomaba un trago de whisky que le chorreaba por la abundante barba rubia y visualizaba con atolondramiento la sucia habitación, con la siempre presente cucaracha que le visitaba cada que se preparaba para salir y las manchadas paredes que generaban asco a toda sobria persona que pasaba el umbral de su tan llamado hogar.

Como ya se había visto, gustaba del licor al igual que del juego y las mujeres y de este último sí que era gran partidario, porque no había noche alguna en que una ebria descerebrada con ausencia de razón acababa por aceptar el pacto diabólico que la lengua de este soltaba.

Así que dicho esto, recorrió las calles repletas de droga y prostitución en búsqueda de satisfacer su apetito voraz, algo que le impactara lo suficiente por unas 5 o 6 horas, pero era difícil encontrara una mujer regalada que en realidad interesara un poco…De hecho, eran ya escasas las que tuvieran estas características. Ahora la mayoría eran superficiales, reconstruidas a tope y fáciles de engañar, con impulsos idiotas de tatuajes sin fondo alguno, dinero, sociedad o eventos modistas que movieran la masa de todo aquel falto de criterio. O por otro lado, una minoría que era dura como la roca y despreciaba a los tipos atrevidos como este, pero ya casi ninguna que buscara un fugaz corrientazo de adrenalina y tener aún algo particular que posara los ojos de los hombres que caminaran a su alrededor. Debido a que la pesquisa no fue nada productiva, acabó en el bar que frecuentaba.

La música era fuerte y estruendosa, cosa que, aunque fuera de noche, le hacía ponerse sus gafas de sol para ocultar, no solo la resaca permanente en la que vivía, sino el fastidio de aquellos ruidosos parlantes que machacaban la estructura del local, que le interrumpía la concentración y encima, odiaba ser visto a los ojos por aquella mujer que quería. Saludó a Esperanza, la puta del bar que entretenía sexualmente a sus clientes con su cuerpo en forma de guitarra, buenas curvas, un par de buenos senos, sus nalgas paradas. También atendía en la barra y cada noche le tenía ya preparado a Daniel su shot favorito que lo impulsaba aún más a buscar aquello que deseaba cada noche.

Como llevaba gafas de sol, eran pocas las mujeres que se daban cuenta que aquel hombre de pelo largo y barba abundante las observaba, pero siempre a la que Daniel sonreía, era a la que era recibida con un trago de bienvenida al infierno amatorio al que iba a ser sometida.

Y así fue cuando la vio: Pelo negro, lacio y largo, tez extremadamente pálida con rubor en las mejillas y unos ojos verdes que fácilmente enardecían la virilidad de todo hombre. Su aspecto angelical era lo que Daniel quería romper, quería graparle las alas y enviarla al infierno con el solo propósito de saciar la sed de sangre que tenía.

Esperanza lo miraba desde la barra con picardía y examinaba cada paso y gesto de Daniel, aunque ya había sido testigo en carne propia y se los sabía de memoria, disfrutaba con aquel circo incitador en el que Daniel ya tenía tanta experiencia.

Después de 20 minutos, aquella pobre mujer ya estaba tambaléandose en su silla y Daniel no soportó estar observando los ojos que lo enloquecían, así que la tomó de la mano, fue a la barra por su otra ronda de whisky y subió al segundo piso, al lado del billar donde estaban los baños y comenzó su tarea mientras daba cortos pero continuos sorbos de whisky.


Excitado, Daniel fue descontrolando la bestia que llevaba desatando cada noche mientras le rompía las bragas a aquella mujer que sonreía inocentemente. Cada movimiento le quitaba fuerza a Daniel, como si envejeciera 5 años por cada extremidad que moviera, pero ignoró esto. Escuchó la puerta que se abrió pero esto no lo detuvo, no le importaba más que penetrarla y acabar de una vez por todas a lo que había venido. Su corazón latía y latía con fuerza, al punto de sentir una enorme presión en la cabeza que pronto se convirtió en un goteo de sangre por su nariz, y una espesa baba por la boca acompañada de una convulsión aberrante. La jovencita gritó de pavor y salió corriendo mientras Daniel se desplomaba en el suelo dando vueltas como un gusano que se achicharraba. La joven abrió la puerta y Esperanza entró en la escena sonriendo, tomó el vaso de whisky y sacó lo que quedaba por disolver de sus pastillas milagrosas.

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