Me levanté temprano para iniciar
el día de manera enérgica. Salí de la cama y acaricié a Lázaro, mi perro que me
había acompañado desde la infancia e incluso me acompañaba en mi camino a la escuela
junto a mi madre.
Caminé
lentamente hacia la cocina, abrí 2 huevos, a la vez que picaba unos cuantos
tomates y le servía el desayuno al gran Lázaro que en menos de unos minutos
había ya desaparecido de su plato.
Estaba
ansioso por ver a Laura, mi novia, con la que llevaba ya 8 meses y 4 días.
Iríamos de camping a disfrutar de la brisa cerca del centro, en un prado que
era frecuentado por los espíritus libres de la ciudad.
Cómo
amaba yo las tardes con ella…Con tan solo escuchar el dulce sonido de su voz ya
me sentía yo bendecido por el cielo entero, me sentía ligero, tranquilo, ella
cambiaba el clima con su simple presencia, me hacía conciliar el sueño, soñar
como un pequeño con una sonrisa dibujada, y al momento de partir, sentía
tristeza, lejanía, angustia, como si se fuera el oxígeno que me permitía vivir y
ansiedad por estar de nuevo con ella la semana siguiente.
Así que al terminar mi desayuno, tomé
un baño caliente y salí lentamente hacia mi habitación. Organizaba mi ropa por
etiquetas en particular, así que busqué la del domingo y busqué la loción que
ella tanto disfrutaba olfatear.
Como
iba a tomar el metro, no podía traer conmigo a dar un paseo a Lázaro, así que
me despedí de él y caminé cuidadosamente hacia la estación. Me subí al primer
vagón y emprendí el rumbo mientras escuchaba un poco de Ella Fitzgerald en el
camino a ella.
Al
llegar, salí del vagón y subí las escaleras tomado de las barandillas laterales
para sostenerme mejor. Llegué a los torniquetes y esperé mientras ella arribaba.
Sentí
una mano áspera pero cálida junto a la mía y sonreí. Era ella y estaba ansioso
por comenzar nuestro plan juntos. Contaba los minutos y rogaba que fuera aún
temprano, pues la ceguera de ambos no nos permitía ver el reloj de la estación.
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