miércoles, 5 de marzo de 2014

Bourges

Bourges creció en un país ubicado en el trópico, un lugar muy cercano a la línea ecuatorial. Sus primeros 12 años de vida los vivió en un pueblo que quedaba a 2 horas de la capital. Allí había realizado sus estudios básicos y su vida no había tomado un matiz definido, aún no descubría qué le gustaba, ni para qué era bueno, simplemente su familia sabía que era un chico solitario y reservado, que muy pocas veces mostraba gestos y actitudes extravagantes de felicidad. Los años siguientes hasta que viajó a Anchor los vivió en la capital. Sus padres lo enviaron a uno de los mejores internados del país para que terminara sus estudios y aspirara a grandes cosas en su vida. Al principio no le gustó mucho la idea, incluso pensó en irse de casa cuando sus padres le comunicaron la decisión, pero su actitud sumisa no le permitió que esa idea trascendiera y se tornara crítica; pensó en su futuro y simplemente se imaginaba que esa vida era un sueño y que realmente viviría la realidad cuando estuviera de vacaciones en su pueblo natal.
 El primer año de Bourges en el internado fue un poco difícil, no se relacionó muy bien con  sus compañeros y casi siempre estaba solo en su cuarto, haciendo algún deber o durmiendo. Pero un día, su tío le envió un regalo. El presente venía dentro de una bolsa acartonada. Cuando Bourges metió la mano dentro de la bolsa y se percató de que era un libro, se desanimó un poco. En sus pocos años de vida únicamente había leído los libros que en la escuela le decían que leyera; nunca leía por gusto. Pensó que su tío le enviaba otra cosa, un juego o algún tipo de distracción para matar el tiempo en la capital. El libro era El Túnel de Ernesto Sábato.
 Bourges hojeó un poco el libro, pero a los pocos segundos lo dejó a un lado y se tiró sobre la cama mirando el techo. El joven cayó en un profundo sueño hasta el otro día. Los días pasaron y el tedio y el aburrimiento de Bourges no paraban de incrementar. El libro seguía en el mismo lugar. Bourges finalmente decidió que iba a leer. 
El libro lo apasionó tanto desde el principio que no pudo soltarlo hasta que terminó. Bourges engulló el libro de Sábato en menos de 4 horas. Era la primera vez desde que el chico había llegado a la capital, que un día se pasaba volando. Las horas de ensimismamiento pasaron inadvertidas.
Después de cerrar el libro sintió una leve obsesión por Sábato. Al otro día fue a la biblioteca del internado a buscar más libros de él, Bourges tenía que leer más sobre ese escritor, el chico estaba anonado con la prosa del argentino.
 Bourges nunca había entrado a la biblioteca, y desde el principio sintió un aroma y un ambiente particular en ese recinto. Del techo colgaban varios avisos que decían “Silencio” y esto lo hizo sentir un poco abrumado, aunque el silencio no era algo que le representara mucha dificultad. La biblioteca tenía un pequeño mostrador donde estaba sentada una mujer de unos 28 años. Bourges la relacionó inmediatamente con María Iribarne, no sabe muy bien por qué, pero la apariencia de aquella mujer se lo sugirió. La mujer vestía formalmente con la típica ropa que visten las mujeres de oficina. Ella se paró un instante de su asiento para acomodar unos libros y Bourges pudo determinar que era de estatura media y tenía un cuerpo esbelto: sus pantalones oscuros le quedaban muy ceñidos a sus caderas y permitían ver un perfecto redondel y la parte delantera dejaba entrever la hermosa profundidad de su pubis. María, como la llamará de ahora en adelante, le sonrió y le pregunto que si necesitaba ayuda. Bourges titubeó un poco y dijo que buscaba libros de Ernesto Sábato. Ella con una actitud tierna y fraternal le dijo que esperara un segundo y le traería los libros que tenía de él. Al instante llegó con varios libros, entre ellos Sobre héroes y tumbas, Abaddon el exterminador, Antes del fin y Uno y el Universo. Con la misma sonrisa que nunca se desdibujó de su cara, ella le recomendó que leyera Sobre héroes y tumbas, y en efecto el chico le hizo caso y con pocas palabras agradeció y volvió a su habitación para leerlo.
 El libro logró el mismo efecto; Bourges se sentía cada vez más maravillado leyendo. El chico supo que Sábato era ese asidero de la realidad que necesitaba hace mucho tiempo para afrontar el delirio en el que había caído. Sin embargo, entre página y página se detenía unos instantes para pensar en la bibliotecaria; la profundidad de su perfecto pubis no se la podía sacar de la mente. Y de ahí en adelante Bourges siguió yendo a la biblioteca todos los días, pues tenía esos dos motivos: la lectura y la beldad. Con el poco tiempo, y gracias a la actitud afable de María, ambos ya entablaban conversaciones más profundas y duraderas. Ellos solían conversar en las tardes acerca de libros, de Literatura y sobretodo de Sábato. María le confesó a Bourges que le sorprendía que a un chico de su edad le gustara tanto leer y sobre todo a un autor tan complejo como lo es Ernesto, la mujer también le confesó que le gustaba que él fuera todos los días, pues eran muy pocas personas que utilizaban el servicio de la biblioteca, y para ella eso era casi un sacrilegio, una blasfemia, no concebía que los estudiantes desecharan el tesoro de los libros y la lectura. Bourges sintió que tenía una amiga, una apreciación un poco errónea, pero se sentía feliz de ser amigo de la bibliotecaria, además que le recordaba a María Iribinarne y no hay necesidad de aclarar que ese era su personaje favorito.
Sin embargo, a Bourges no le duró para siempre la felicidad. Un día, la bibliotecaria habló más de la cuenta y le confesó entre una sonrisa a Bourges que estaba embarazada, que tenía 2 meses de gestación y que hoy se había enterado y aún no le había contado a su prometido. María le dijo que él era la primera persona en saber y que necesitaba contarle a alguien, pero que además le contaba por que se iba a dedicar a su embarazo y se iba a retirar del trabajo. Después de que María le contó eso, Bourges la miró con unos profundos ojos de violencia. El chico sintió rabia y desazón por la noticia. Él no sabía muy bien el por qué de su reacción, pero sin duda alguna le afectó mucho. Bourges se paró y salió corriendo del lugar, dejando atrás a María y dejando atrás esas palabras que tanto le habían herido. Ella se quedó desconcertada.
Bourges nunca más volvió a la biblioteca de su internado, aunque, por supuesto, no dejó de leer. Y como la mujer se lo había anunciado, se había retirado del internado y nunca más volvió.

Lo que Bourges nunca supo fue que María perdió a su bebé un día después del lamentable anuncio que ella le había hecho, por violentos golpes que su prometido le propinó.

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