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¿Qué hacías por la Avenida 30 un miércoles a las
9 de la noche? – me preguntó desafiante.
No
sabía qué responder. Me quedé con los ojos muy abiertos mirándola, sin poder
hilar ninguna idea coherente en mi cabeza. Creo que mi rostro no le expresó nada.
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Dime por qué, tranquilo. No voy a hablar con tus
padres. Sólo que ese no es un sitio para chicos de tu edad. – insistía con una
leve sonrisa en su rostro
Era esa misma sonrisa que usaba cuando nos daba a todos una
mala noticia, era una forma sarcástica de decirnos “están jodidos”. No confío
en ese tipo de personas, que te dan un espaldarazo pero por dentro se retuercen
de la felicidad de que no tengas ningún tipo de esperanza existencial. Son como
sanguijuelas que te chupan el miedo y se alimenta de él.
Bajé un poco la mirada y posé mis ojos unos pocos segundo en
su blusa negra escotada, que dejaba entrever un redondel sonrosado. Luego miré
sus zapatillas, esperando a que entendiera mi mensaje.
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Ah, ya entiendo, ¿¡estabas buscando una
prostituta!? – exclamó en un tono burlón.
Al escuchar esa palabra, levanté bruscamente la mirada. Sentí
un ardor en mis pómulos, pero luego sentí una sensación terrible de estallar en
risas. No sabía a qué se refería con “¿estabas buscando una prostituta?”
Después de que ella terminó la pregunta, su rostro tenía una amplia sonrisa que
le abotagaron los cachetes, aunque sus labios se veían más carnosos y carmesí.
En ese instante deseé tirarme sobre ella y besarla. ¿Por qué no vi a la arpía
cuando caminaba por la Avenida? ¿En dónde había posado mi mirada?
Seguía
impertérrito al cuestionario que me estaba formulando. No tenía porqué
responderle nada, lo que hice fue lejos de su injerencia.
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No estaba haciendo nada. Sólo caminaba.
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¿¡Caminabas!? – exclamó con una voz chillona. –
Tu casa queda al otro lado de la ciudad, ¿qué hacías allí? – insistió.
¿Cómo
sabía que vivía al otro lado de la ciudad? No me explicaba cómo sabía tanto de
mí. Sus ojos punzantes ya me estaban cansando y no podía sostenerle la mirada.
Sólo quería que se callara, diera media vuelta y se esfumara, o en su defecto,
me lanzara un beso.
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No estaba buscando ninguna prostituta.
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Vi que entrabas en un burdel.
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¿Desde qué perspectiva me miraba usted?
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A qué te refieres con, “¿desde qué perspectiva
me miraba usted? – dijo ladeando la cabeza.
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Sí, precisamente a eso me refiero, ¿desde dónde
venía su mirada?
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Pues en el mismo sentido en que caminabas, ¿cómo
más iba a ser? – dijo de una forma vacilante. Su sonrisa empezó a desdibujarse.
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No es cierto, porque yo no la vi a usted.
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Te digo que te vi entrar en el burdel, ¿qué
hacías allí? – dijo indignada.
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Ah, ¿se refiere al burdel de la 30 con 69? La
estaba buscando.
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