Aquel día caminaba bajo una calurosa y sofocante
tarde de julio. La defectuosa ventilación de mi residencia me obligó a buscar
la brisa suave y refrescante que se colaba en la plaza principal. Un cielo
rojizo e infernal, vigilaba mis pasos zigzagueantes que buscaban las sombras
irregulares proyectadas por las edificaciones, que cambiaban al doblar en cada
esquina. Los colores del cielo contrastaban con las estelas de nubes
fragmentadas, que con sus formas evanescentes, aunadas al insoportable bochorno,
sugerían llamaradas desprendidas por el firmamento. En esos días las personas buscan
algún cafetín con ventiladores, cerca a la plaza, para apaciguar la agitación
que les producía el caminar bajo el desolador e implacable sol.
Me senté al lado de un bebedero de agua en una banca
de la plaza que estaba bajo la sombra de un gran árbol, mientras concurrían en
mi mente un sinfín de pensamientos que me recordaban el odio que siento por esta
ciudad. Pero era paradójico: en uno de los días que más desespero había sentido
en mi vida, el corazón de la ciudad me recibía con corrientes de aire
refrescante que me abrazaban con suavidad y en uno de los lugares más frecuentados
de la plaza. Pero en ese momento, por fortuna, la ciudad parecía hecha para mí,
la plaza estaba casi desierta y me podía extender a mis anchas en la banca. Por
lo general en la plaza siempre suelen haber grupos de viejos jubilados hablando,
jugando ajedrez o a las cartas, algún que otro vendedor e infinidad de incautos,
trabajadores, oficinistas y estudiantes que deben cruzar este lugar para llegar
al Destino.
Pero el regocijo se convirtió en una tenue duda y
preocupación. ¿Dónde estaría la gente si no es caminando o hablando
desprevenidamente en la plaza de la ciudad? No quiero decir que era el único en
la plaza, sólo que éramos pocos y quienes estaban, vagaban. Fui a los sucios
cafetines alrededor de la plaza esperando ver sitios abarrotado de personas
sudorosas y jadeantes refrescándose con los ventiladores, pero también estaban
casi vacíos, únicamente unas cuantas personas ausentes sentadas cerca a la
barra, con rostros imperturbables.
Fue cuando pasé cerca a una biblioteca que me
percaté que estaba abarrotada de personas, incluso había unos cuantos peleando intentando
ingresar. Nunca había visto a nadie, con tanta exasperación, buscando entrar a
uno de estos sitios. Se insultaban y a veces empujaban, pero al parecer la biblioteca
no podía albergar más personas.
Caminé un poco atemorizado y me topé con un museo, donde
la situación se repetía. Un tumulto de personas gritaban en las afueras del
lugar implorando que los dejaran pasar, pero un guardia les dijo que todo las
salas estaban a reventar y no había donde más acomodarlos.
A una cuadra de allí, un hombre robusto y con una
barba que le llegaba hasta el pecho, cerraba las puertas de un teatro, mientras
le gritaba a un grupo de personas que se quedaban por fuera que el aforo estaba
vendido y exhortaba con una leve sonrisa que fueran hasta una galería de arte
dos cuadras hacia al norte.
La cabeza me daba vueltas. Nunca había visto en mi
vida estos lugares a reventar, echando a personas que querían entrar y menos
insultándose y empujándose con la finalidad de ingresar. ¿En qué momento la
gente quería tanto estos lugares? Parecía que el arte estaba vendiendo. Lo que
no supe hasta el día siguiente es que estos lugares de “arte” siempre tienen un
confortable sistema de refrigeración, donde la gente se protege del fuego que arroja el cielo.
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