lunes, 16 de diciembre de 2013

Estelas de fuego

Aquel día caminaba bajo una calurosa y sofocante tarde de julio. La defectuosa ventilación de mi residencia me obligó a buscar la brisa suave y refrescante que se colaba en la plaza principal. Un cielo rojizo e infernal, vigilaba mis pasos zigzagueantes que buscaban las sombras irregulares proyectadas por las edificaciones, que cambiaban al doblar en cada esquina. Los colores del cielo contrastaban con las estelas de nubes fragmentadas, que con sus formas evanescentes, aunadas al insoportable bochorno, sugerían llamaradas desprendidas por el firmamento. En esos días las personas buscan algún cafetín con ventiladores, cerca a la plaza, para apaciguar la agitación que les producía el caminar bajo el desolador e implacable sol.   
Me senté al lado de un bebedero de agua en una banca de la plaza que estaba bajo la sombra de un gran árbol, mientras concurrían en mi mente un sinfín de pensamientos que me recordaban el odio que siento por esta ciudad. Pero era paradójico: en uno de los días que más desespero había sentido en mi vida, el corazón de la ciudad me recibía con corrientes de aire refrescante que me abrazaban con suavidad y en uno de los lugares más frecuentados de la plaza. Pero en ese momento, por fortuna, la ciudad parecía hecha para mí, la plaza estaba casi desierta y me podía extender a mis anchas en la banca. Por lo general en la plaza siempre suelen haber grupos de viejos jubilados hablando, jugando ajedrez o a las cartas, algún que otro vendedor e infinidad de incautos, trabajadores, oficinistas y estudiantes que deben cruzar este lugar para llegar al Destino.
Pero el regocijo se convirtió en una tenue duda y preocupación. ¿Dónde estaría la gente si no es caminando o hablando desprevenidamente en la plaza de la ciudad? No quiero decir que era el único en la plaza, sólo que éramos pocos y quienes estaban, vagaban. Fui a los sucios cafetines alrededor de la plaza esperando ver sitios abarrotado de personas sudorosas y jadeantes refrescándose con los ventiladores, pero también estaban casi vacíos, únicamente unas cuantas personas ausentes sentadas cerca a la barra, con rostros imperturbables.
Fue cuando pasé cerca a una biblioteca que me percaté que estaba abarrotada de personas, incluso había unos cuantos peleando intentando ingresar. Nunca había visto a nadie, con tanta exasperación, buscando entrar a uno de estos sitios. Se insultaban y a veces empujaban, pero al parecer la biblioteca no podía albergar más personas.
Caminé un poco atemorizado y me topé con un museo, donde la situación se repetía. Un tumulto de personas gritaban en las afueras del lugar implorando que los dejaran pasar, pero un guardia les dijo que todo las salas estaban a reventar y no había donde más acomodarlos.
A una cuadra de allí, un hombre robusto y con una barba que le llegaba hasta el pecho, cerraba las puertas de un teatro, mientras le gritaba a un grupo de personas que se quedaban por fuera que el aforo estaba vendido y exhortaba con una leve sonrisa que fueran hasta una galería de arte dos cuadras hacia al norte.

La cabeza me daba vueltas. Nunca había visto en mi vida estos lugares a reventar, echando a personas que querían entrar y menos insultándose y empujándose con la finalidad de ingresar. ¿En qué momento la gente quería tanto estos lugares? Parecía que el arte estaba vendiendo. Lo que no supe hasta el día siguiente es que estos lugares de “arte” siempre tienen un confortable sistema de refrigeración, donde la gente se protege del fuego que arroja el cielo. 

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