martes, 10 de diciembre de 2013

Sueños diabólicos.


Dormitaba en medio de la noche en una esquina de mi habitación, rodeado de libros, maletines y demás cosas que me habían regalado mis padres y mis abuelos. Junto a la cama, el reloj marcaba las 2:22 de la madrugada. Siempre era de mi fortuna ver la hora con cifras idénticas y no entendía por qué. Algunos lo llamaban fortuna, otros me indicaban que debía pedir un deseo, pero yo solo encontraba confusión al ser inoportuno para ver la hora y encontrar allí cada número repetido. Tenía un mal presentimiento.

Llevaba meses sin lograr plasmar algo en el papel que estaba dentro de la máquina de escribir, en blanco, muerto y abandonado por la desértica falta de creatividad. Estaba a punto de enloquecerme, de ver todos los días empleados en acabar con esa sombra que no me dejaba fluir en el papel…Estaba desesperado.

Sentí que los párpados cedieron y permití que mis ojos se dieran un descanso corto, quizás de unos cinco minutos o diez, pero el pequeño paréntesis se convirtió en una extensa hora y desperté a las 3:33 de la madrugada. El reloj casi me sonreía macabramente.
Espabilé y noté que la hoja aún seguía en blanco. No sé por qué tenía la esperanza de que dormido balbuceara algunas ridiculeces que pudieran ser motivo de alegría, pero era demasiado bueno para ser cierto.

 Percibí una respiración detrás de mí. Volteé mi cabeza hacia donde estaba mi cama y noté que allí, sentado sobre ella, se encontraba aquel putón que tanto detestaba, aquel escritor de ideas sobrecargadas banal e innecesariamente, de detalles minuciosos, irritantes. Le llamaban Lioju Zarcortar

Sonreía con su cigarrillo en la boca y una mano entre su barba, acariciándola suavemente mientras me miraba con sus ojos saltones, como de camaleón. Miraba, luego, la máquina de escribir y sonreía burlonamente.

En medio de mi rabia, lo desafié a que escribiera algo que me desvelara por completo, que me destruyera las esperanzas. Pero me miró y negó con la cabeza, y en vez de eso, sacó de su bolsillo un ejemplar de su obra “Golosa”. Yo la odiaba. Odiaba aquellos párrafos largos en los que hablaba de una sola cosa durante la página entera. Enloquecí y él reía vilmente.

Me arrodillé y le pedí que me dotara de conocimientos para manchar el papel, aunque fuera de incoherencias rebuscadas. Su sonrisa se borró y mis ojos se abrieron y por primera vez escuché su voz. Una voz gangosa se pronunció desde lo más profundo de sus muertas entrañas, mientras que con su mano derecha, sacaba de su bolsillo una pluma que entregaba a mi mano. La tomé y todo se puso negro. Había sido solo un mal sueño, pensé. 
Me sacudí un poco la cabeza y vi que al lado de la máquina se hallaba aquella pluma curiosa que me había sido otorgada por aquel bastardo.

Tomé la máquina, quité el papel y comencé a redactar con aquella pluma cada sensación de ese horrible y humillante sueño, cada gesto, cada mirada, cada órgano que se desangraba al verle aquellos ojos saltones que no paraban de burlarse. No paraba de fluir, era como si todo aquello se estuviera escribiendo solo y las letras aparecieran mágicamente en el papel.


Escribí una de mis mejores obras, debo admitir… Compuesta de un diálogo excéntrico entre dos personajes que se conocen por casualidad en un lugar, de una ciudad, de un país. Fui aclamado, respetado por los lectores y los escritores a los que atrapé con mis palabras. Pero algo no estaba bien, algo no encajaba en aquella historia. Cada noche al acostarme releo aquél tomo que tardó dos horas en ser escrito y me doy cuenta que no es ni parecido a la compleja idiotez que este hombre redactó años atrás y me carcome el hecho de no lograr algo tan complejo como aquello que antaño fue, al punto de querer quemar mi máquina de escribir y dejar la escritura para siempre.

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