Ir tras anhelados palacios, repletos de codiciadas fortunas, y encontrar ilusorios vestigios, salas profanadas y saqueadas, escombros de la edificación y rastros de un cruento despojo, es una decepción irrefutable.
La sangre empieza a hervir, la ira se apodera de la prudencia y la razón, encegueciendo al aventurero y envolviéndolo en un profundo desasosiego.
Esa zozobra y desazón evocan posibles imágenes de los bandidos que antes estuvieron allí. Y maldiciéndolos entre dientes, un profundo deseo, con consecuencias mortíferas en los canallas, se adueña con vehemencia hasta de las almas más caritativas
Las cavilaciones sobre qué camino tomar, la encrucijada que se produce en este punto, se convierte en una elucubración infundada. Esas disquisiciones sugieren que al palacio entraron con el consentimiento de alguien, bajo la buena mirada del posible dueño de las riquezas, o por lo menos insinúa que se conocía de cerca con los delincuentes.
Eso me hace, de cierta manera, un nuevo rufián. ¿Qué hacía yo en ese palacio? ¿Por qué me percaté de la falta de las riquezas?
Reconstruiré el palacio, lo adornaré con alhajas y dejaré repletas las salas con los tesoros que antes fueron robados. Complaceré al dueño del palacio y traeré regocijo a su vida.
¿No es el amor éste ciclo? Un mítico uróboros, una perfecta esfericidad, unas “Ruinas circulares”, una “Continuidad de los parques”, un eterno devenir, un círculo vicioso. Llegamos, amamos, nos vamos, despojamos y arribamos a nuevos palacios. Afortunadamente, con la vaga intención de perdurar infinitamente, aunque no siempre se cumpla.
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