martes, 16 de julio de 2013

Una breve historia familiar.

Hace ya unos años, unos años lejanos a eso de 1946 en el seno de una familia humilde, en un pueblo relativamente cercano a la gran ciudad, rodeado de sus hermanos y hermanas, nace un pequeño llamado Julián Gales.

No se sabía mucho de la historia de su juventud, salvo que era un niño serio y poco conversador, frío, calculador, hábil para los negocios y trabajador, características que sostendría toda la vida y que con el tiempo se convertiría en una persona rencorosa, enormemente rencorosa.

En su juventud conoce a una niña llamada Eugenia Olivera, una niña totalmente distinta a él. Cándida, amigable y conversadora, con unos ojos de un castaño vivo que la distinguían entre las demás en el pueblo, de una tez blanca y cabello ondulado, su aspecto en general era como de muñeca de porcelana. Julián estaba enamorado, y fue así como en medio del cortejo característico de las épocas de antaño, Julián y Eugenia se unieron en sagrado matrimonio muy jóvenes. Eran felices y nada se veía que los separaría.

Al cabo de poco tiempo, tuvieron a su primer hijo, Javier, un niño que sería igual a su padre, aunque un poco serio intentaba ser un poco más carismático y Julián se dio cuenta de que era momento de llevar a cabo el papel de hombre de la casa, trabajando arduamente en los campos del pueblo arando café y llevando en las noches la leche y comida a su hogar, mientras en su joven esposa cuidaba del pequeño niño, como era normal en aquellos años.

Poco tiempo después, la familia creció con la llegada de Ivone Gales, una niña que sería seria, parca y totalmente orgullosa, la primera mujer de la familia. A Julián le tocó subirse aún más los pantalones. Eran tiempos difíciles y tenía que exceder el sacrificio para darle lo mejor a su mujer y a sus hijos.

Como todo buen matrimonio, las discusiones no faltaban y el carácter de Julián junto con la indiferencia de Eugenia chocaban constantemente, generando deterioros en el amor que una vez juraron tener, pero al igual que se peleaban, se reconciliaban al cabo de unas horas.

Julián prosperó y se iba convirtiendo en uno de los personajes más ricos del pueblo, con más influencia política y al que muchas personas acudían en busca de favores, opiniones y consejos. Era saludado en las calles por todas las personas que pasaban por su lado con el nombre de Don Julián.

Durante unos largos años, Julián se estableció como un gran cafetero en el pueblo, y con el dinero ganado compró su primer finca cafetera, en honor a su madre difunta y las cosas cambiaron.

Julián siempre tuvo en la cabeza que las cosas no merecían la pena si no había esfuerzo de por medio, que lo fácil era algo sin sentido y que no tenía lugar en el mundo aquellos que no hacían nada con sus vidas, y su carácter se expandió por las laderas de aquellos verdes campos bañados de rayos de sol, rico en café y en alegría.

Fue en ese entonces, por la época del 70 donde nació el pequeño Julián Andrés, un niño que marcaría el paradigma de la familia, pues pasaría de ser una familia de rasgos toscos y serios, poco hablar y gran respeto, a ser una sonrisa y payasada constante. Todo un visionario y dichoso de la vida, sin temor a mostrar su pensamiento y marcar la diferencia. Era un amante de la música y con su guitarra y saxofón rodeaba la gran casa con todo tipo de melodías, desde hermosas nanas, un movido jazz, o incluso melodías un tanto más pesadas. Qué dolores de cabeza pasaron Julián y Eugenia por este muchacho, aunque sería un gran escape de la realidad lo que se venía.

Muy prontamente, al año siguiente, nacería Eugenia hija, y este es un punto crucial en la vida de Julián y Eugenia madre, puesto que esta sería su último bebé traído al mundo, y la familia estaba establecida ahora entre lo reconocido en el pueblo, poseían numerosas propiedades cafeteras y eran sociables ante la comunidad.

Eugenia hija era una niña cariñosa de gran carisma y una calidez humana exorbitante. Desbordaba amor con su mirada y su dulzura era magna entra las multitudes. Era adorable y querida por muchos de los que la conocían y siempre estuvo acompañando a su hermano Julián Andrés en sus locuras y fechorías por el pueblo, patrocinándole e incluso cubriéndole de muchas hazañas graciosas. Era inocente, sonreía todo el tiempo y consiguió enamorar a varios hombres en aquél lugar. Su calidad humana era de cantidades tremendas y siempre estaba dispuesta a ser un depósito de penas para sus amigos.

Conoció a un joven llamado Andrés Guerra, de carácter fuerte, impulsivo, competitivo, ingenuo e irresponsable, siempre buscaba pleito con cuanta persona se atravesaba en su camino, pero era más bien palabrería banal. Perro que ladra no muerde, decían por las calles. Tenía ojos castaños, piel morena y cejas gruesas. Ambos se enamoraron por cosas de la vida que suceden extrañamente, a pesar de que esto disgustaría a Don Julián y a Doña Eugenia, creando conflictos adolescentes y discusiones entre ellos por este noviazgo que para ellos resultaba aberrante. Pero Eugenia continuó y su felicidad no se describía con las palabras que aquí se relatan, era una adolescente con las hormonas a flor de piel y no tenía más que amor en corriendo por sus venas.           

Al cabo de unos años, los ojos del pueblo caerían encima de Eugenia hija, pues a temprana edad quedó embarazada y aquello fue un escándalo público, pues la vida, a pesar de ya estar en los años 90, era una vida un tanto retrógrada y los chismorreos en las iglesias, las plazas y las cantinas eran cosa común cada día, pero que la hija de Don Julián Gales estuviera embarazada a sus 15 años fue portentoso. Fue la primera vez que los hijos de Julián lo vieron borracho.

Don Julián hizo lo posible por aislar a su hija de Andrés, su ira no tenía límites y ver a este personaje que para él resultaba un simple individuo más, lo encolerizaba y le hacía encharcar los ojos en sangre. Pero Don Julián era un hombre inteligente y optaba por usar el poder de sus palabras para hacer la vida imposible a quien interfiriera en sus objetivos.

Curiosamente, Eugenia hija tenía más miedo de su padre que de su madre, pero se tornó en un asunto distinto y fue su padre quien al verla con el vientre prominente, la abrazó y le dijo que ahí estaría. Y así fue, le proporcionó a su hija cuanta comodidad pudo y se puso ansioso por la llegada de su nieto, su estómago se retorcía de felicidad al saber que cada vez estaba más cerca. Ese era Don Julián, el padre que luchó por sus hijos, su mujer y sus ideales.

Eugenia hija pasaba tiempo pensando en su bebé, pensando en su futuro. En las noches, acariciaba su vientre para sentir unas pataditas de vuelta a ella. El amor que desarrolló por esa criatura era inhumano y estaba dispuesta a sobrepasar la duda, las opiniones descarriadas de las personas y sobre todas las cosas, abortar.

…Al siguiente año, en 1994, en el seno de una familia poderosa, en un pueblo relativamente cercano a la gran ciudad, rodeado de sus tíos, amigos de la familia, sus abuelos y su madre, nace Federico Guerra Gales, la luz de los ojos de su abuelo Julián.

Julián estaba completo. Toda su vida trabajó para tener una familia, para tener un hogar y tener amor. Los años siguientes fueron dichosos para la familia entera, viendo crecer de a poco al pequeño Federico, que paulatinamente iba cambiando su aspecto, pero que en su cara nunca faltó una sonrisa. Disfrutaba los baños y estar al sol en el regazo de su abuela, era un bebé callado, tranquilo y pocas veces se le oía llorar. “No despierten al nene”, decía siempre su abuela cuando cualquier ruido irrumpía el silencio de la casa, aunque lo cierto es que el pequeño pasaba por desapercibido cuanto ruido pasara por encima de su sueño.
Al crecer un poco, pasaba tiempo con todos. Federico gateaba de un lado a otro persiguiendo a todo aquel que le mostrara un jugueteo infantil y parecía no tener agotamiento nunca.

Federico pasaba noches escuchando a su tío desprender notas musicales por la habitación y lo perseguía para tocar su guitarra, sonriendo ambos y jugando como si fueran hermanos, la música sería el vínculo que los uniría siempre.

Años más tarde, Julián Andrés partió a Estados Unidos pronto para quedarse, cosa que igualmente haría Javier para escapar de los problemas matrimoniales de Don Julián y 
Doña Eugenia y las presiones del negocio familiar.

En cuanto a Don Julián, siempre compartía con su nieto, lo llevaba por los cafetales, montaban a caballo juntos por las veredas cercanas a la finca, las sonrisas eran permanentes y Federico disfrutaba los paseos por las calles con su abuelo, le gustaba saludar a la gente con una sonrisa siempre en la boca. “Es igual a su padre”, decían las personas, mientras a Julián se le formaba una mueca de indiferencia, pero que prontamente era reemplazada por la dicha de su nieto.

Poco tiempo después, Federico y su madre partieron a la ciudad, pues su madre iniciaría sus estudios universitarios, cosa que impartiría un tanto de tristeza, sobre todo para Don Julián, que se hacía viejo y cada vez temía más por perder el amor de sus seres queridos.

Federico creció en la ciudad con su madre y a medida que iba encontrando amigos, se fue apartando de su abuelo. Quería hacer una vida allí y buscar el propósito de lo que debía realizar en la vida, pero su abuelo cada noche le recordaba que sería él el sucesor de su trabajo, que sería él quien continuara su obra, a lo que Federico siempre respondía: No sé. Esta idea lo agobiaba el juicio y lo angustiaba de no tener la opción de encontrar un querer en lo que llevaba y faltaba de su vida. No se veía como un hombre de campo. Soñaba surcar  los cielos como un superhéroe, pintar las montañas en trozos de papel, tocar el piano, la guitarra, leer, ir al espacio exterior y regresar con una roca lunar a la cama de su madre mientras dormía. La herencia que tenía era enorme por parte de su abuelo y temía que este lo desaprobara.

Federico llegó a preguntarse por su padre, pues había pasado 8 años sin conocerlo y siempre tuvo el cuestionamiento, sobre todo en el jardín de niños,  de por qué todos sus compañeros eran recogidos por dos personas, mientras que a él solo lo recogía su madre. ¿Era que su padre no lo quería? ¿Había muerto? O ¿Era cierto el mito de la cigüeña que tanto veía en las caricaturas de la noche? No lo sabía, aunque llegó a conocerlo un año, un suceso inesperado sembró una semilla de rencor en Federico y sin temblor en la voz, al cumplir 9 años, sacó a su padre de su vida.

El distanciamiento con sus abuelos fue cada vez mayor y Federico ya convertido en un adolescente comenzó a mostrar el carácter que había heredado de Andrés, un carácter fuerte y desafiante que puso en jaque a mucha parte de la familia, pues su irreverencia no tenía control, era negligente y necio. Cualquier frase le destripaba el juicio, le hacía expulsar la ira que sentía y pelear sin motivo alguno.

Pero su madre conoce a una nueva persona, Armando Villada y al ser feliz nuevamente, se unen en matrimonio para luego tener a su pequeña hija, Juana. La primera nieta. Federico se sentía iluminado y lleno de amor por esta pequeña criatura que marcaría su vida para siempre. Deseaba abrazarla, protegerla, hacerla sonreír y estar siempre a su lado. Federico dejó la rabia sin motivo a un lado.

Tiempo después, con ya la mayoría de edad, Federico se percata de las disputas que sus abuelos llevan a cabo cada que no están sus hijos ni sus nietos cerca, peleas estúpidas sin razón de ser y se da cuenta de lo que su abuelo hizo para evitar que conociera a su padre, que tuviera un contacto con él. Toda la vida pensó que su padre lo había abandonado al saber que su madre estaba embarazada, pero lo cierto es que lo intentó y al ser opacado, se fue.

Julián era manipulador y clavaba puñaladas por las espaldas de quien no compartía sus ideales ni sus pensamientos banales, se convirtió en una persona intolerante y desafiante, con comentarios hirientes a su propia familia y con la autoridad subida a la cabeza. Los años dorados se fueron y Federico no sabía qué pensar.

Su abuela, Eugenia se acercó una noche a él preguntándole qué quería comer, para luego romper en llanto rogándole que la llamara, pues se quedaría sola en esa casa tan grande. Federico no sabía qué decir, ni qué pensar y abrazó a su abuela. Estaba herido y tenía ira, tenía ira de saber que toda su vida estuvo a la sombra de todo y que los ideales de la familia no existían más, que todo era una contradicción, un secreto. ¿Es acaso normal guardar secretos en las familias?, en esta había miles escondidos tras los muros de la casa del pueblo.

Su figura paterna, aquel hombre que antaño admiraba y lo miraba con felicidad se convirtió en un hombre débil y temeroso, temeroso de perder a su familia y que en cuestión de tiempo, la fue alejando de a poco. La gran familia se estaba quebrando.

Federico, en su escritorio, escribía la historia de su familia, mientras en la sala de su casa, su madre discutía sobre los anhelos de Julián de separarse de Eugenia.

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