Tú qué estás a la deriva en este
mundo, tú que tienes el corazón astillado y enmarcado en letras doradas por las
nubes que surcaron ante tus ojos y que tus latidos no paran esa constante
presión que te hace embaucar las almas ajenas.
Tú,
que escapando de casa sentías los días largos y llenos de color, querías cruzar
mares, desiertos, praderas, campos de flores, el mundo entero, el universo y
con ello robarte el sol. ¡El sol!, querías robar la luz y la belleza de la
humanidad. ¿Para qué si ya eres palabra transformada en carne?
Pero
a quién engañaremos con esta fachada, si esto es solo una parte de tu mente.
Eres una lluvia de confusión y un alma partida en mil pedazos, sin lugar, sin
hogar al qué ir. Eres Paul Verlaine en medio de la perversidad de Arthur
Rimbaud y el angelical y transparente amor de Mathilde. Tus latidos están maldecidos
por la indecisión, destinados a vagar en el oscuro futuro por los
incontrolables impulsos de tu infernal falta de voluntad. Esa
fachada ha conocido el infierno y ha roto en llanto más que sonrisas ha dado.
Y
yo desde la mesa de la esquina mirando tu actuar despreocupado, mirando el
miedo tras la sonrisa y el llanto tras la risa, viendo la piel blanca estallar
en pavor mientras los vellos de punta se ponen, mientras la luna ilumina a lo
lejos tu llamado de muerte, incitando a tus latidos detenerse abruptamente y
para siempre dormir.
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