miércoles, 3 de julio de 2013

Tus latidos.

Tú qué estás a la deriva en este mundo, tú que tienes el corazón astillado y enmarcado en letras doradas por las nubes que surcaron ante tus ojos y que tus latidos no paran esa constante presión que te hace embaucar las almas ajenas.

Tú, que escapando de casa sentías los días largos y llenos de color, querías cruzar mares, desiertos, praderas, campos de flores, el mundo entero, el universo y con ello robarte el sol. ¡El sol!, querías robar la luz y la belleza de la humanidad. ¿Para qué si ya eres palabra transformada en carne?

Pero a quién engañaremos con esta fachada, si esto es solo una parte de tu mente. Eres una lluvia de confusión y un alma partida en mil pedazos, sin lugar, sin hogar al qué ir. Eres Paul Verlaine en medio de la perversidad de Arthur Rimbaud y el angelical y transparente amor de Mathilde. Tus latidos están maldecidos por la indecisión, destinados a vagar en el oscuro futuro por los incontrolables impulsos de tu infernal falta de voluntad. Esa fachada ha conocido el infierno y ha roto en llanto más que sonrisas ha dado.


Y yo desde la mesa de la esquina mirando tu actuar despreocupado, mirando el miedo tras la sonrisa y el llanto tras la risa, viendo la piel blanca estallar en pavor mientras los vellos de punta se ponen, mientras la luna ilumina a lo lejos tu llamado de muerte, incitando a tus latidos detenerse abruptamente y para siempre dormir.

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