martes, 16 de julio de 2013

Unicornio


Ésta es la historia de un unicornio. Pero, ¿qué es un unicornio? Bueno, debo ser sincero, no sé la genealogía exacta de los unicornios, únicamente puedo decir que es una de esas extrañas invenciones de los seres humanos. Es una criatura que solo cabe en la imaginación de los hombres, como por ejemplo, las legendarias bestias de la mitología griega. Seguramente este animal, parecido a un caballo y con un prominente cuerno, ha servido para explicar y representar lo incomprensible y enigmático, o incluso para engrandecer mitos e historias populares. De hecho, existen muchas otras criaturas como los unicornios; por ejemplo: el pegaso, el cancerbero, la hidra, el kakren, la quimera, el cíclope, el centauro, las sirenas o, incluso, el mismo Dios.
La historia no es exactamente sobre el unicornio, si no sobre su cuerno, lo que realmente lo hace especial:

El calor era insoportable, Isidoro y Altea estaban sentados en una tienda bajo la sombra que proyectaba una pequeña sombrilla, lo cual los obligaba a estar muy cerca del otro, y a pesar de ser un amoroso matrimonio, el sofocante bochorno hacia odiar cualquier contacto o roce entre ambos. La sabana africana era implacable, la vegetación lucía perfectamente dorada por los rayos del sol, y ni la bebida fría que les había propiciado la nativa que atendía en el lugar, lograba apaciguar el asfixiante calor.

-      Esto es un paraíso. –dijo Altea.
-      Un paraíso con fachada de infierno. –dijo irónicamente Isidoro
-      No te quejes tanto Isidoro, pronto estaremos en el frío glacial de casa.
-      ¿Frío glacial? De dónde sacas esas combinaciones de palabras tan extrañas. –dijo Isidoro entre risas.
-      ¿Y qué importa eso? Disfruta los instantes que estamos fuera de todo.
-      ¿Fuera de todo? ¿Qué todo?
-      La cotidianidad, tonto. –dijo dulcemente Altea.
-      ¡Ah! Bueno, yo no me aguanto más éste calor, el sol debería tener un interruptor o algo así.
-      Qué sandeces las que dices a veces.
-      Por eso me amas, ¿no?
-      ¡Isidoro, mira a esa mujer! ¿Qué lleva en la frente? –gritó la mujer.
-      Parece una protuberancia. Como una especie de cuerno, como el de un rinoceronte, ¿sabes?
-      No Isidoro, no es el cuerno de un rinoceronte, es el cuerno de un unicornio. –dijo airadamente Altea.
-      ¿Un unicornio Altea? Pero qué necedad la que dices, los unicornios no existen, los rinocerontes sí, tiene en la frente un cuerno de rinoceronte.
-      No seas sandio Isidoro, tú no ves a Dios, pero hablas de él y utilizas cosas que se le atribuyen para argumentar o refutar. Para mí, es el cuerno de un unicornio.
-      Es muy diferente Altea, no vengas con tus meditaciones y conjeturas filosóficas. Además, Dios es mucho más que un simple unicornio. – replicó Isidoro.
-      Qué tontería Isidoro, yo pensaba que lo importante era esa extraña e innatural forma que se extiende de la cabeza de esa pobre mujer.

El calor seguía sofocando sus pensamientos. El roce de sus cuerpos era insoportable.



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