Todo comienza cuando se le quiere hacer una
apología a la soledad. Cuando se reconoce que hay un abismo más profundo y
oscuro que la propia reflexión. Ensimismarse, enajenarse y apartarse de todo lo
físico y material se convierte en el último paso y no el en el primero. Ahí,
debo reconocer, existe una condición que va mucho más allá de los límites
conocidos, una frontera que supera lo humano. La soledad penetra en todos los
rincones de la esencia, se convierte en el medio y no en el fin. Esa
herramienta de autodestrucción se vuelve inofensiva a la inmensidad del imperio
que se avecina. En ese punto, habría que agradecerle; inocua, indefensa y
beneficiosa. Los efectos mustios y lánguidos toman una calidez viva y dorada.
Por extrañas razones, el abismo del prójimo siempre
es peor, siempre es impenetrable, inaccesible, irreconocible y sobretodo,
ininteligible. Aventurarse al abismo de otro resulta peor que el mismo y propio
aislamiento.
Indescriptible y abrumado es ser el batiscafo del abismo de alguien.
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