Retomar las lecciones que aprendió Vicente en
España, no era algo que le podía ayudar mucho. La exótica india montada sobre
él, moviéndose con torpeza y sin ritmo, era un acto que no tenía vuelta atrás.
La herejía ya estaba cometida, la blasfemia ya había sido pronunciada, aunque
pronunciada como un grito ahogado que nadie escuchaba hasta el momento, pero que no
tardaba en ser oído. La india dejaba caer su pelo sobre el cuerpo
desnudo de Vicente. La cabaña construida en esteras iba a sucumbir por los
resoplidos de placer y los gritos mudos de incredulidad. La aldea dormía.
Esa noche, el jefe de la tribu había salido de
patrulla con los demás hombres dejando sola a su esposa en la cabaña. Vicente
lo sabía muy bien. Aquel antropólogo que llevaba meses estudiando esa cultura,
conocía al pie de la letra sus costumbres y hábitos. Su trabajo había tomado un
giro violento; lo que comenzó como un estudio de la última tribu que quedaba en
la cordillera de los Andes, se tornó en un minucioso estudio idílico de la
esposa del jefe de la tribu.
La indígena extasiada por los besos, la forma tan
extraña y particular en que Vicente la tocaba, iba mucho más allá del amor
filial y natural al que María estaba acostumbrada, eran sensaciones de un mundo
totalmente desconocido para ella. Vicente iba cercenado poco a poco la castidad
de María; había impuesto una impureza carnal.
Los hombres de la tribu volvían de su patrullaje,
la casa de esteras empezó temblar por los pasos de la multitud que se acercaba
con vehementes zancadas; María también temblaba pero no propiamente de miedo.
Vicente se percató de que corría peligro, si el jefe lo descubría, la siguiente
parada era un sacrificio a los dioses. Vicente se paró de golpe, cogió su ropa
y salió corriendo hasta su tienda de dormir. Mientras tanto, María seguía
pasmada; sus ojos completamente en blanco, su extraña sonrisa y su mano
deslizándose hasta su sexo, eran una imagen que se repetía una y otra vez.
Cuando el jefe entró a su recinto y vio a su esposa en ese estado, cayó en una
profunda sensación de cólera. Mientras Vicente corría colina abajo con todas
sus pertenencias, la casa de María era quemada por el jefe con ella adentro. Ella
seguía extasiada y ni el fuego implacable logró apaciguar su estado. Vicente
corría con un poco de inocencia tatuada en su pecho.
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