El domingo pasado ocurrió un hecho que volvió a
sacudir a nuestra institución. Julián, un pequeño niño que hasta estos días
jugueteaba, falleció por un accidente.
Hoy debo decir que me dio mucho qué pensar el hecho
de que el rito fue exclusivo y tuve ciertas remembranzas con el suceso ocurrido
hace 5 meses con un compañero y amigo más cercano al que, como bien saben,
escribo constantemente.
La muerte está en cualquier lugar y nadie se salva
de ella, ni siquiera la inocencia que guardaba un niño de 9 años pudo salvarse
del imprevisto abismo que se abre repentinamente y toma el alma de quien esté
sobre él.
No sé si llamarlo coincidencia o qué fenómeno
sobrenatural ha padecido la institución para sufrir dos pérdidas en un año,
pero da mucho qué pensar sobre la propia muerte y pensé en escribir sobre ella,
pero no tiene caso. ¿De qué sirve, sino para seguir en un mismo círculo de
duelo?
A pesar de que directamente no me toca, debo decir
que me impacta saber que un pequeño y cándido niño nos deja, pero tengo la
plena seguridad de que al igual que aquellos que abandonan este terrenal mundo,
se colman de tranquilidad y descanso, que a lo mejor su misión en este mundo
era provocar diversas emociones en sus compañeritos y en los profesores,
generar cuestionamientos cotidianos y ser un amigo para los que le rodeaban y
al ser parte de nuestra familia, no podía dejar pasar esto desapercibido y dar
al menos unas palabras para él y su familia, que aunque debe estar pasando un
momento difícil, en algún momento sabrán el porqué ese niño vino a este mundo y
a qué vino, que como dije, pienso que cumplió su misión.
Espero que como todos, vueles libre, porque algún
día todos estaremos emprendiendo el mismo vuelo.
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