martes, 20 de agosto de 2013

En dedicatoria a Julián Montoya.

El domingo pasado ocurrió un hecho que volvió a sacudir a nuestra institución. Julián, un pequeño niño que hasta estos días jugueteaba, falleció por un accidente.

Hoy debo decir que me dio mucho qué pensar el hecho de que el rito fue exclusivo y tuve ciertas remembranzas con el suceso ocurrido hace 5 meses con un compañero y amigo más cercano al que, como bien saben, escribo constantemente.

La muerte está en cualquier lugar y nadie se salva de ella, ni siquiera la inocencia que guardaba un niño de 9 años pudo salvarse del imprevisto abismo que se abre repentinamente y toma el alma de quien esté sobre él.

No sé si llamarlo coincidencia o qué fenómeno sobrenatural ha padecido la institución para sufrir dos pérdidas en un año, pero da mucho qué pensar sobre la propia muerte y pensé en escribir sobre ella, pero no tiene caso. ¿De qué sirve, sino para seguir en un mismo círculo de duelo?

A pesar de que directamente no me toca, debo decir que me impacta saber que un pequeño y cándido niño nos deja, pero tengo la plena seguridad de que al igual que aquellos que abandonan este terrenal mundo, se colman de tranquilidad y descanso, que a lo mejor su misión en este mundo era provocar diversas emociones en sus compañeritos y en los profesores, generar cuestionamientos cotidianos y ser un amigo para los que le rodeaban y al ser parte de nuestra familia, no podía dejar pasar esto desapercibido y dar al menos unas palabras para él y su familia, que aunque debe estar pasando un momento difícil, en algún momento sabrán el porqué ese niño vino a este mundo y a qué vino, que como dije, pienso que cumplió su misión.


Espero que como todos, vueles libre, porque algún día todos estaremos emprendiendo el mismo vuelo.

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