UN MOMENTO EN EL
OLVIDO I.
Estaba cansado. Sus ojos pesaban
y había estado totalmente perdido de lo que era la normalidad, pero no una normalidad
de rutina que cada día, sino una normalidad de paz, de lo que llaman calma.
En sus momentos de olvido era
donde más recordaba, donde más tenía presente sus rarezas, demonios, penumbras
y demás, abriendo paso al indescriptible desespero que sentía por la impotencia
a no enterrarlo todo.
Y entonces, ¿Dónde queda el
olvido? ¿En dónde se alojan estas oscuras sombras?
Tomó sus llaves, empacó parte de
su ropa y al salir se encontró con una lluvia que no dejaba divisar más allá de
unos cuantos metros de vista. Corrió hacia su carro y emprendió marcha al aeropuerto
lo más pronto que pudo. Así comenzó.
Sentado en el aeropuerto
pensativo de por qué estaba allí y para dónde iba, volteó la mirada y vio una
mujer morena, de cabello negro y ojos un tanto rasgados pero que no le quitaban
la expresividad en lo absoluto.
Ella sonrió y se sentó a su
lado, tendiéndole la mano y presentándose con el nombre de Emiliana. Ella le
comentó que se dirigía a Indonesia a pasar un tiempo lejos de casa y abrir un
poco más la mente. Él no lo pensó dos veces y compró su tiquete al mismo lugar
que ella.
Emiliana pensaba que el tipo
estaba medio loco por haber tenido ese ataque, pero de alguna manera se conformaba
con las casualidades de la vida, así que sonrió y ambos viajaron mientras
conocían un poco más de ambos. Sus demonios, sus rarezas y penumbras se
perdieron un momento en el olvido.
Entonces todo resulta relativo cuando
hablamos de la conveniencia de olvidar y recordar. El bienestar de un alma atormentada
por sus incertidumbres depende de la disposición a olvidar, pero el problema
surge cuando el recuerdo involuntariamente está y acecha. Es por eso que
necesitamos una nube que opaque ese antiguo sol que está a punto de morir, de
estallar, que acecha y quema cada día con sus rayos. Una nube que haga volar
lejos de toda realidad y es allí, cuando la impaciencia surge junto con la
necesidad de volar, junto con el desprecio a
la idea de lo vacío que es vivir esperando a morir, esperando que ese sol
te calcine y haga desaparecer lo que llamabas esencia.
El vuelo llegó a su fin,
mientras otra vida esperaba tras la compuerta de este.
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