La corriente era casi nula cuando
comenzamos a caminar sobre ella. Las rocas apenas si nos acariciaban los
tobillos. La fría sensación del agua pegada a nuestras pieles como las arrugas
de la vejez se apegan al tiempo transcurrido del hombre, fija y fina a ella.
Caminamos
y caminamos, corriente arriba contra la adversidad, a medida que el río se iba
haciendo más y más feroz, bestial, despiadado, mientras las rocas comenzaban a
golpearnos cada vez más fuerte, haciéndonos tropezar en el río, haciéndonos
tragar la poderosa corriente que ahora bajaba de él.
Tan
pronto la nuca era violentada y rodeada por el río asesino, tomaste rocas y
llenaste mis bolsillos, como un ancla abandonada en un océano fantasma,
solitaria y vacía, y yo, yo a gritos perdiendo el aire mientras danzo con la
muerte gritando tu nombre, gritando que tu mano me des, que me saques de esta
pesadilla, de este tormento, de todo aquello que un día fue una minúscula e
insignificante corriente, hoy, en medio de un huracán de lágrimas que formó el
río, mi aire se corta, se desvanece y arrastra todo lo que un día bueno fue, lo
que nunca regresará, junto con el entendimiento de que no volverías jamás,
esperando contra toda esperanza.
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