Mi nombre es Alejandro y mi vida ha sido común y
corriente. Es decir, aburrida.
Hace aproximadamente un mes terminé mis estudios
escolares. Nunca fui un estudiante destacado pero tampoco me iba mal. Creo que
me describiría como un simple integrante más del colegio, intentaba pasar
desapercibido. La verdad, no tenía ansias de protagonismo. Simplemente quería
que los profesores no me preguntaran si sabía “x” o “y” lección, aunque alguna
vez, quise llamar la atención de una compañera. Ella se llamaba Lucía y siempre
miraba sus piernas, esperando alguna maniobra violenta y desprevenida, para
verle más de la cuenta.
En todo caso, me sentía angustiado por que no sabía
qué hacer con mi vida. No sabía qué quería estudiar. Es más, no sabía si quería
vivir. Pero eso no importaba.
Mis compañeros ya tenían una vaga idea sobre sus
futuros. Ellos tenían ansias de graduarse, pero yo no. Me hubiese gustado
quedarme un año más en el colegio para pensar bien y meditar esa situación que
cada vez se tornaba más angustiosa.
Cuando recibí el diploma de grado, no sentí alegría
ni orgullo. Simplemente sentía que el mundo se desmoronaba sobre mí y que poco
a poco la tierra iba sepultándome. La boca me empezaba a saber a hierba.
En mi colegio siempre nos preguntaban: ¿cómo
imaginan sus vidas en diez años?
Yo nunca dije nada. De hecho, nunca lo pensé y creo
que ese fue mi problema. Pero juro por lo que sea, que si me hubieran
preguntando, habría respondido:
-
Si fuera por
mí, le daría la vuelta al mundo y me pegaría un tiro.
Mi padre era un poco estricto y ortodoxo. Cuando me
preguntó qué iba a estudiar y en dónde, el solo hecho de pensarlo me produjo
náuseas. Sin embargo, sabía muy bien que tenía que responderle de manera
inteligente. Si no, una lluvia de golpes iba a caer sobre mí.
Así que siendo un poco consecuente con mi
pensamiento de viajar y pensando en lo que mis otros compañeros decían en
clase, le dije a mi padre que quería irme de intercambio a estudiar inglés,
para ser más competitivo laboralmente. Él me miró con incredulidad, pero al
final dijo que le parecía algo razonable.
En un abrir y cerrar de ojos, estaba sentado en un
instituto de Inglaterra, estudiando inglés 8 horas al día.
Vivía a dos cuadras del instituto con una pareja de
ancianos, un poco fríos pero amables. No tengo mucho que decir sobre Londres,
pues no suelo apreciar la arquitectura, ni las calles, ni esas cosas estúpidas
con las cuales las otras personas se maravillan.
En clase de gramática, me percaté que una de mis
compañeras era más hermosa de lo común. Su nombre es Tanaka y es de República
Checa. Es alta, delgada y su pelo es rubio. Siempre llevaba una cámara
fotográfica, y cuando nos daban un receso para tomar café, siempre buscaba
algún pretexto para tomar fotos. La gran mayoría de veces estaba sonriendo o
riendo.
Un día, Tanaka se me acercó y me preguntó el
nombre. Con mi pobre Inglés, respondí tímidamente. Después me preguntó de dónde
era y esas cosas comunes. Luego de un rato de estar conversando, me fui
sintiendo a gusto y también le devolvía las preguntas. Ella era encantadora, no
podía dejar de mirar su sonrisa.
Finalmente, me preguntó si vivía cerca del
instituto y que si me gustaría ir el fin de semana a tomar un café y luego a
ver una película. Por primera vez en mi vida sentí una felicidad
indescriptible.
Las semanas fueron pasando y yo empecé a
enamorarme.
Un día me dijo que yo le gustaba por que era
taciturno, o que al menos ella me percibía así. Que le gustaba que no intentaba
sobresalir ni darme a conocer, y para ella, eso generaba una aureola misteriosa
en mí, lo cual la había abalanzado a hablarme. Yo me limité a decir que estaba
enamorado de su sonrisa.
Luego me preguntó qué quería hacer con mi vida y
cuáles eran mis sueños y convicciones.
Por primera vez no sentí náuseas pensando en esto,
pero la verdad no sabía nada al respecto, seguía sin tener una respuesta. Sabía
que si no respondía algo llamativo, ella se decepcionaría y me perdería del
amor de aquella maravillosa mujer.
Simplemente le dije que quería viajar por todo el
mundo y pegarme un tiro cuando ya hubiera conocido todo.
A Tanaka se le iluminaron los ojos. Ella sonrío y
me dio un abrazo. Me dijo que estaba loco y que además era muy ingenuo. Después
de un rato me dijo:
-
Vámonos
juntos, dejemos todo atrás, olvidemos la vida como la conocemos y vivamos al
día. Hagamos autostop y conozcamos el
mundo. Yo tomaré fotos y tú me amarás. Luego cuando esta vida pierda su
esencia, moriremos. Te espero a las cinco de la mañana en la estación del tren.
Si no estás allí a esa hora, entenderé que no quieres venir conmigo y me iré
sola. Tus palabras se convertirán una simple farsa. Empaca tus cosas, deja lo
innecesario y a las cinco nos vemos.
Me miró con una sonrisa y se fue apresuradamente.
Yo no podría creerlo, estaba anonadado.
Al llegar a casa, empaqué todo mecánicamente, ni
siquiera pensé en si quería ir o no. Estaba actuando inconscientemente.
Programé el despertador sin mayor cuidado y me acosté pensando en la sonrisa de
Tanaka.
Cuando desperté, el sol entraba violentamente por
la ventana, nuevamente tenía la imagen de Tanaka en mi cabeza.
Agarré la maleta que estaba junto a la mesa donde
estaba el despertador, y me di cuenta que eran las diez de la mañana. Me quedé
dormido, pensé, igual que cuando estaba en el colegio y no sabía por qué no
había sonado el despertado si la noche anterior lo había programado.
Me odiaba, pues a mi mente llegaban las palabras de
Tanaka: “Si no estás allí a esa hora, entenderé que no quieres venir conmigo y
me iré sola.”
Corrí a la calle, pero vi que en el suelo de la
entrada había un sobre, tenía mi nombre y el de Tanaka como remitente y un
sello de la empresa de correo. Al abrir el sobre, solamente había una hoja. En
lápiz decía:
-
Adiós
Alejandro.
¿Pero cómo había llegado tan rápido el sobre?
Yo sí quería irme con ella, pero el despertador no
me lo permitió, había perdido el amor y la oportunidad de pegarme un tiro junto
a Tanaka.
Aún sigo esperando aquí, a
que Tanaka salga por alguno de esos vagones.
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