viernes, 10 de mayo de 2013

PENUMBRAS I.


LA SILUETA SONRIENTE.
El era un escritor común y corriente de una revista un tanto amarillista, que le gustaba bastante andar tras los hechos violentos de la ciudad y redactar de manera hiperbólica aquellos sucesos.

Vivía en un apartamento pequeño, lo suficientemente pequeño como para que cualquier ruido extravagante irrumpiera en la ordenada calma que la noche imponía sobre el aire. Sufría de insomnio y la mayoría de las noches se dedicaba a encender un cigarrillo y a beber un vaso de whisky a eso de las 3 de la madrugada mientras veía la programación nocturna.

Una noche cualquiera decidió dar una caminata a la luz de la luna por el parque que había frente al edificio en donde se alojaba. Tomó su abrigo, su caja de cigarrillos y abrió la puerta con el mayor de los cuidados y de igual manera al bajar las escaleras.

Cruzó la calle y comenzó a caminar lentamente por el parque. Era un parque levemente iluminado por los postes de luz que habían en el perímetro de él y, que por ser invierno, había una espesa neblina que no permitía visualizar más de 10 metros de distancia.

Caminó y caminó pensando en su trabajo, en los numerosos cuerpos desmembrados tirados en plena calle, mientras él insensiblemente tomaba nota exagerada de aquellos horribles hechos.

Pronto se detuvo y al fondo vislumbró con dificultad una silueta alta y un tanto delgada. Llevaba sombrero y un traje elegante, por la manera en que se denotaba la silueta a lo lejos. Sus pasos cesaron.

Aquella silueta comenzó a moverse con una gracia infalible, espectacular y sincronizada. Bailaba en el mismo punto en el que se hallaba mientras tarareaba una melodía un tanto deprimente. A medida que bailaba se iba acercando lenta y paulatinamente al hombre.

El hombre perdió todo sentido de orientación y comenzó a correr hacia el Este. Corría y corría, miraba para atrás y seguía corriendo y corriendo a pesar de la quemazón que sentía en los muslos, asustado, impotente. Deseaba encontrar a una patrulla, pero no había signos de vida en las calles. Miró hacia atrás y notó que el hombre ya no estaba.

Al fondo encontró una camioneta parqueada bajo un farol y sintió un poco de alivio, así que caminó hacia ella para pedir ayuda al que debía ser el propietario y parada junto a la camioneta, había una silueta negra, alta y delgada. Era él de nuevo, el hombre alto que lo veía desde lo lejano.

De nuevo, el hombre comenzó a bailar, pero esta vez un poco más apresurado, acercándose a el escritor aún más velozmente, aunque sin perder la gracia en sus movimientos, y se acercaba y se acercaba, cada vez más.

El escritor estaba paralizado de miedo y pudo notar ahora un poco más los rasgos de la cara de aquél hombre: Un cabello que caía hasta los hombros, cubierto en canas pero sucio, lleno de tierra; una piel amarillenta y arrugada de una manera repugnante, acompañado de unos ojos rojos, pero no rojos de película, no…Eran las venas brotadas dentro de ellos, como si tuviera una conjuntivitis asquerosa, y sus ojos apuntaban bizcamente hacia arriba, pero la dirección de la cabeza era justamente donde el escritor estaba parado, y su sonrisa…Una sonrisa casi mueca y verdosa que no se borraba por ningún motivo.

El escritor no encontraba manera lógica de explicar cómo carajos ese hombre había llegado justamente al frente de él, si hacía un momento había revisado que no estuviera. 
Entonces supo que correr era inútil, sabía que tenía que hacer algo, ¿gritar, quizás? Pero posiblemente aquella cosa estuviera armada.

-No más, por favor, te lo ruego, no te acerques más y…¡Déjame en paz!-

El hombre se detuvo sin quitar ningún aspecto de la cara ya mencionado. Dio media vuelta y comenzó a caminar mientras silbaba  “Singing In The Rain”. El escritor se sintió por fin aliviado y pensó en volver de inmediato a casa, pero quiso verificar que el hombre desaparecería. Pero en la esquina, el hombre de nuevo dio media vuelta, mirándolo otra vez, pero esta vez no bailaba, sino que comenzó a correr de tal manera que sus brazos ni se veían.

-¡AUXILIO, AUXILIO!- Gritó el escritor mientras se tumbaba en posición fetal, llorando y temblando.

El escritor sigue pasando las noches viendo la programación nocturna, pero no por su condición física, sino por el miedo, por ese recuerdo de aquél hombre viejo y arrugado que sonreía y veía sin mirar con sus ojos bizcos. Esa fue su primer y última caminata nocturna.

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