UNA MUJER
Nos miramos a medida que las
luces de la calle frente al café en donde nos encontrábamos se encendían,
abriendo paso a la noche mientras un nuevo sol moría con el cáncer que es el
tiempo.
Tu
cabeza gacha mostraba pena, incertidumbre, con el pensamiento abrumado por
antiguos fantasmas y nuevos arrepentimientos. Las estrellas de tus ojos se
desvanecían al igual que la galaxia que era tu sonrisa, agotada por un agujero
negro de miedos.
Quiero
hablar, describirte las maravillas del universo entero y entregarlas a lo más
profundo de tu alma, esa pequeña paloma enjaulada en tu cuerpo lleno de
inocencia, esa inocencia que asesina con pasión en las noches serenas y en días
turbios me somete al desespero de tenerlo a mi lado, en medio de la soledad que
las sabanas conceden y la lluvia golpetea la ventana, mientras al ritmo de las
frías gotas imagino tus pequeñas caricias al unísono de ellas por mi alma
fragmentada en siniestro infierno y un tanto de angelical cielo entregado por
ellas mismas.
Pero
tomaste tu cartera, tu abrigo y mientras el miedo que la moralidad emplea en el
humano te embriagaba, saliste por la puerta de aquél café, a medida que la luna
te iluminaba aquel hermoso cabello negro, reflejándola como si viera altamar en
plena avenida.
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