viernes, 10 de mayo de 2013

Cartas a Sofía


La casa que te quiero comprar Sofía, la vamos a llenar con amor.

No necesitamos muebles, ni mesas, o camas, ni siquiera cubiertos. No… no necesitamos nada de eso, Sofía. Nuestro amor llegará hasta el lugar más recóndito de nuestro hogar, y la gente entrará y sentirá esa atmosfera particular y densa, pero dulce, que produce el amor.
Tranquila Sofía, todo estará bien, nadie notará que la casa está vacía. ¿Qué es una casa, un hogar, repleto de posesiones materiales, sin una pizca de amor que llene el lugar? Eso si sería una casa vacía

Te propongo una cosa Sofía, algo que te hará muy feliz y te hará soñar. Te compraré una casa en el campo, una finca acogedora, en medio de la nada y del todo. Un lugar donde vivamos de la cosecha, de los animales. Lejos de las grandes Industrias y del esmog.  Sofía, tu nombre, para mí, es casi una filosofía.

Al fin decidiste venir conmigo. Fueron muchas canciones y poemas que tuve que escribir para conquistarte. Necesité el rasgueo de mi guitarra, en medio de la noche, bajo tu ventana, para poder llamar tú atención. Siempre insinuaste que estaba loco, aunque ahora no sé muy bien si lo decías en serio.

Sofía, éste es el día más feliz de mi vida. Estamos viviendo juntos. Decidiste venir conmigo a la casa que te compré. Todo es hermoso, ¿verdad? Aunque sé que te perturbo a veces cuando desciende el fuego intenso de la desdicha. Todo estará bien Sofía, te lo prometo

Finalmente Sofía, pudimos llenar los corrales de nuestra finca con animales. La yegua que teníamos, era lo que más amaba después de ti. Las vacas nos daban leche y con lo que ponían las gallinas vivíamos bien y felices.
Pero un día, pasó algo muy extraño. No sé cuál fue la causa, lo juro. Creo que fue el fuego intenso del que antes te hablé.
Cuando lo vi entrar, su furia se notaba en sus ojos, y todo tomó otro matiz. Yo no quería esto Sofía, lo juro.

La yegua fue el primer animal que murió. Las gallinas empezaron a vomitar los huevos. A las vacas no les salía leche, sino pasto por sus ubres. No sé qué pasó Sofía, todo es muy confuso.
La casa ha cambiado, ahora sí está vacía. No siento esa dulce sensación con la cual llenabas todos los rincones. No puedo entender qué nos has hecho, o ¿he sido yo?
¡Sofía, no salgas por esa puerta, por favor! Tu nombre, para mí, es casi una filosofía.

Sofía recogía todos los días las cartas de Roberto en el manicomio. 

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