Margarita y su abuelo estaban sentados encima de una gran roca.
Alrededor habían nubes, impasibles. Zeus aún no desataba su furia. Margarita le
dijo a su abuelo que le contara la historia de cómo había llegado a ese extraño
lugar.
El abuelo le contó que cuando era joven, vivía en un pueblo a
orillas del mar Pacífico. Allí había conocido a su esposa, construido un
hermoso hogar y criado a su hija.
En aquella época, el viejo se había quedado sin trabajo y no pudo
pagar sus impuestos. Los deudores eran enviados a altamar como pescadores para compensarlas. Éste era el peor castigo para un hombre, pues la gran
mayoría de botes se iban a pique por la violencia del mar. El castigo
significaba la posibilidad de nunca volver a ver a su esposa ni a su hija.
El viejo, que en aquel entonces era joven, zarpó en una
embarcación bastante desvencijada y con otros seis morosos. Al segundo día ya
habían llegado a altamar. Pero Zeus y Poseidón se habían confabulado esa noche
para lanzar temibles tormentas eléctricas y olas de más de dos metros de
altura. Después de una hora de lucha, el barco iba a sucumbir. Un marinero
gritó: “¡Los dioses del Olimpo odian a los hombres que no pagan sus deudas!.”
El viejo se aferró a una foto de su familia, la besó y vio que el cielo se
partía en dos. El mítico Pegaso descendía del cielo, iba a rescatar a los
marineros. Cuando estuvo lo bastante cerca, el viejo se aferró a él y subió en
el lomo de la bestia. Pegaso alzó vuelo y lo llevó al Olimpo, al lugar en el
que estaban en ese momento, junto a su nieta. Ella había llegado hace pocos
días, después de haber estado hospitalizada por una extraña enfermedad. Pegaso
también fue por ella, a rescatarla.
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