miércoles, 12 de junio de 2013

Mi amigo bípedo


¡Guau!  le decía al chico, pero él parecía que no lograba entenderme. Me miraba con un rostro de confusión y luego me acariciaba la cabeza con suavidad, con una leve sonrisa me hacía mimos y luego seguía ensimismado en su lectura. Después de pasar algunas páginas, dejaba el libro sobre sus piernas y luego se quedaba un poco meditabundo mirando al techo, yo posaba una pata sobre el libro y le decía que jugáramos un poco.

-       ¡Guau!

Al parecer mis palabras son ininteligibles para él; con zalamería se abalanzaba sobre mí, pero no hacía nada de lo que le pedía. ¿Qué clase de lengua hablan éstos bípedos? Siempre que balbucea palabras no logro reconocer la mayoría, supongo que él pensará lo mismo de mí.
El chico algunas veces, cuando no había nadie en casa, mientras yo dormía en mi lecho, un retazo de lana y una almohada amarillenta, reposaba su cabeza sobre mi vientre y profería un extenso soliloquio, yo simplemente me adormecía, aunque la presión en mis costillas era un poco intensa e insoportable.
No sé qué sucedía, pero el chico se sumergía en mí, o eso parecía. Me agarraba con fuerza, yo intentaba moverme pero no lo lograba. Sentía algunas partes de mi cuerpo húmedas, luego del extenso monólogo, solía tener adherida una pegajosa y espesa materia verdosa, que él luego limpiaba con cuidado.


Cuando íbamos al parque él desenganchaba la cadena que rodeaba mi cuello, ese asfixiante lazo que me impedía mover con libertad, para que yo corriera tras una pelotita que él lanzaba, pero luego otro compañero llegaba a olerme y a buscar juego. Eso no me gustaba. Yo intentaba reprenderlo clavándole toda mi fuerza en su pescuezo. El chico abalanzándose con violencia sobre mí y balbuceando con dureza, me ahorcaba con el lazo y me halaba lejos del cuadrúpedo. Otro bípedo intentaba golpear al chico, lo empujaba, y yo me Al llegar a casa, os al amenzador
 empujaba y yo me devolvaba lejos . Eso no me gustaba e intentaba reprenderlo clavlanzaba con insultos al amenazador.

-       ¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!

Al llegar a casa, el vituperio no cesaba. La dureza incrementaba y el arma letal salía a relucir. Un cilindro hueco que estallaba con violencia contra las paredes que emitía un temible sonido estruendoso, yo me escondía debajo de lo que encontrara, mesas, sillas o camas, mientras él me perseguía, implacable. Después de un rato, él iba a buscarme y se recostaba sobre mi vientre, pero volvía a sentir la incómoda humedad. Luego el arma quedaba sobre la mesa, plana, impasible e inofensiva.

Un día empecé a sentir una picazón en mi lomo, me revolcaba e intentaba con las garras llegar hasta el lugar para que la molestia cesara, pero la tranquilidad era efímera. La comezón se multiplicó en poco tiempo. Rascarme se convirtió en un hábito tan común como dormir. Algunas veces, una molesta humedad descendía de mi cuerpo, de la cual el chico y su ternura no eran responsables. Incesantes chorros húmedos alcanzaron mi lecho. Me acercaba al chico que me miraba petrificado, y luego de soltar las manos de su rostro horrorizado, me llevaba hasta un sitio horrible.
Sobre una mesa fría, dos extraños me montaban para punzarme con un elemento que no lograba diferenciar, pues se perdía en mis esfuerzos por evitar ese dolor, aún más tortuoso que la misma picazón. Luego todo se traducía en un profundo sueño.

Al despertar, una extensa manta me cubría, seguía sobre ésta mesa fría. A través de pequeño espacio, entre la manta y la mesa, lograba ver al chico sentado y leyendo. Quería acercarme y decirle que nos fuéramos de allí, pero no podía moverme y mis esfuerzos se quedaban ahogados en un grito mudo.
Uno de los extraños volvió a entrar a la habitación y se acercó a él. El chico empezó a tiritar, a moverse de un lado a otro y taparse el rostro con sus manos. Con violencia tiró el libro a lo largo de la habitación y se puso en cuclillas. El extraño salió y el chico se me acercó, me abrazó con fuerza, levantó la manta y acercó su cara contra la mía. La humedad empezó a descender por la comisura de mis labios. Mi ahínco por moverme seguía siendo en vano. Después de un rato y cuando la humedad ya se hacía insoportable, el chico recogió el libro del suelo y salió de allí, dejando la manta cubriéndome en totalidad.

¿Fue por la humedad?

Ojalá él supiera que en realidad no me importaba, siempre y cuando me limpiara, después de estar descaradamente recostado sobre mí.

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