¡Guau! le decía al
chico, pero él parecía que no lograba entenderme. Me miraba con un rostro de
confusión y luego me acariciaba la cabeza con suavidad, con una leve sonrisa me
hacía mimos y luego seguía ensimismado en su lectura. Después de pasar algunas
páginas, dejaba el libro sobre sus piernas y luego se quedaba un poco
meditabundo mirando al techo, yo posaba una pata sobre el libro y le decía que
jugáramos un poco.
-
¡Guau!
Al parecer mis palabras son ininteligibles para él;
con zalamería se abalanzaba sobre mí, pero no hacía nada de lo que le pedía.
¿Qué clase de lengua hablan éstos bípedos? Siempre que balbucea palabras no
logro reconocer la mayoría, supongo que él pensará lo mismo de mí.
El chico algunas veces, cuando no había nadie en
casa, mientras yo dormía en mi lecho, un retazo de lana y una almohada
amarillenta, reposaba su cabeza sobre mi vientre y profería un extenso
soliloquio, yo simplemente me adormecía, aunque la presión en mis costillas era
un poco intensa e insoportable.
No sé qué sucedía, pero el chico se sumergía en mí,
o eso parecía. Me agarraba con fuerza, yo intentaba moverme pero no lo lograba.
Sentía algunas partes de mi cuerpo húmedas, luego del extenso monólogo, solía
tener adherida una pegajosa y espesa materia verdosa, que él luego limpiaba con
cuidado.
Cuando íbamos al parque él desenganchaba la cadena
que rodeaba mi cuello, ese asfixiante lazo que me impedía mover con libertad, para
que yo corriera tras una pelotita que él lanzaba, pero luego otro compañero
llegaba a olerme y a buscar juego. Eso no me gustaba. Yo intentaba reprenderlo
clavándole toda mi fuerza en su pescuezo. El chico abalanzándose con violencia
sobre mí y balbuceando con dureza, me ahorcaba con el lazo y me halaba lejos
del cuadrúpedo. Otro bípedo intentaba golpear al chico, lo empujaba, y yo me
lanzaba
con insultos al amenazador.
-
¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
Al llegar a casa, el vituperio no cesaba. La dureza
incrementaba y el arma letal salía a relucir. Un cilindro hueco que estallaba
con violencia contra las paredes que emitía un temible sonido estruendoso, yo
me escondía debajo de lo que encontrara, mesas, sillas o camas, mientras él me
perseguía, implacable. Después de un rato, él iba a buscarme y se recostaba
sobre mi vientre, pero volvía a sentir la incómoda humedad. Luego el arma
quedaba sobre la mesa, plana, impasible e inofensiva.
Un día empecé a sentir una picazón en mi lomo, me
revolcaba e intentaba con las garras llegar hasta el lugar para que la molestia
cesara, pero la tranquilidad era efímera. La comezón se multiplicó en poco
tiempo. Rascarme se convirtió en un hábito tan común como dormir. Algunas
veces, una molesta humedad descendía de mi cuerpo, de la cual el chico y su
ternura no eran responsables. Incesantes chorros húmedos alcanzaron mi lecho.
Me acercaba al chico que me miraba petrificado, y luego de soltar las manos de
su rostro horrorizado, me llevaba hasta un sitio horrible.
Sobre una mesa fría, dos extraños me montaban para
punzarme con un elemento que no lograba diferenciar, pues se perdía en mis
esfuerzos por evitar ese dolor, aún más tortuoso que la misma picazón. Luego
todo se traducía en un profundo sueño.
Al despertar, una extensa manta me cubría, seguía
sobre ésta mesa fría. A través de pequeño espacio, entre la manta y la mesa,
lograba ver al chico sentado y leyendo. Quería acercarme y decirle que nos
fuéramos de allí, pero no podía moverme y mis esfuerzos se quedaban ahogados en
un grito mudo.
Uno de los extraños volvió a entrar a la habitación
y se acercó a él. El chico empezó a tiritar, a moverse de un lado a otro y
taparse el rostro con sus manos. Con violencia tiró el libro a lo largo de la
habitación y se puso en cuclillas. El extraño salió y el chico se me acercó, me
abrazó con fuerza, levantó la manta y acercó su cara contra la mía. La humedad
empezó a descender por la comisura de mis labios. Mi ahínco por moverme seguía
siendo en vano. Después de un rato y cuando la humedad ya se hacía insoportable,
el chico recogió el libro del suelo y salió de allí, dejando la manta
cubriéndome en totalidad.
¿Fue por la humedad?
Ojalá él supiera que en realidad no me importaba,
siempre y cuando me limpiara, después de estar descaradamente recostado sobre
mí.
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