jueves, 6 de junio de 2013

Olor a vainilla


La semana pasada hice la fila para comprar un café, algo muy trivial para mí. Pero era la primera vez que entraba en esa cafetería, era un poco sucia y no estaba ubicada en un lugar muy agradable de la ciudad, pero la ansiedad por un poco de cafeína me abalanzó al primer lugar que encontré. Ese singular sabor tan característico en mi país, le daba paz a mi alma, a mi constante desasosiego.
Habían más persona esperando su turno en aquella cafetería. Delante de mí, un hombre de aspecto triste y ensimismado, susurraba unas palabras ininteligibles. Su aspecto era anacorético y su vestimenta algo bohemia.
Pero dejé de pensar en aquel hombre al percibir un aroma dulce que no era café. Era una especie de olor a vainilla que provenía detrás de mí. Excitado por el atractivo aroma, volteé mi mirada y vi que había una hermosa mujer. Tenía algunos libros de Julio Cortázar en sus manos y los abrazaba contra su pecho como un tesoro preciado. Llevaba puestas unas gafas de pasta como las de Woody Allen. Ella era la fuente que emanaba el dulce perfume a vainilla.

Quedé absolutamente pasmado; era muy hermosa, parecía que había salido de una novela de Ernesto Sábato. Sentí un deseo efervescente de hablarle, de hacerla parte de mi vida.
La fila empezó a moverse con rapidez. Me volteaba de vez en cuando y la fotografiaba con mi mente para imaginármela mientras no la miraba y no ser muy evidente y perturbador.
Ella me miraba por encima de las gafas y esbozaba una leve sonrisa que me llenaba la miserable vida.
Llegó mi turno y pedí el café rápidamente. Esperé mientras me lo daban. Sabía que tenía que hablarle ya, o nunca la volvería a ver en mi vida.
Era lento para pensar en estrategias para seducir mujeres en ocasiones inesperadas y fortuitas.
Hubiera deseado tener algún poema escrito a puño y letra en mi bolsillo, para entregárselo y llamar su atención de una manera elegante y original.
Pero no era nada de eso y no llevaba uno conmigo. Mi oportunidad se desvanecía.
Me dieron el café, ella compró lo suyo y cuando menos lo pensé, había salido de la cafetería.
Esa mujer, parecida a un personaje de Sábato, se desvaneció frente a mis narices. 

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