Encontrarás a la
mujer del café, como Oliveira encontraba a la Maga. La hallarás mirando por
encima de los libros en alguna biblioteca. Sin previo aviso cruzarán la mirada
y ella esbozará una leve sonrisa. La comisura de sus labios será lo único que
necesitarás para sobrevivir.
La conocerás entre
cuentos y canciones, se desvanecerá entre tus manos, rauda como se le desliza
el agua al sediento, violenta e implacable como las letras se aglomeran en las
hojas de los escritores. Pero sin más y sin anunciar, volverá a ti. Y aunque
sabrás que te ama y te asegurará que es infalible, las atrocidades que se verá
abalanzada a acometer a causa de la literatura, te causarán un profundo dolor,
y recordarás el mito de Sísifo y las minuciosas reflexiones de Camus.
Al llegar a casa,
exhausto de trabajar, alienado de escribir las mismas historias en el periódico
local, la encontrarás frente a la chimenea quemando las historias que escribió
durante todo el día. Ella llorará un poco y luego escuchará los lamentos de
Robert Smith.
Te recordará el
día que se vieron en el café, te leerá nuevamente ese fragmento que escribiste
muchos años atrás: Olor a vainilla.
Se reirá con nostalgia y melancolía de aquellos años que nunca volverán.
Hablará de su trabajo como ayudante de biblioteca y mencionará los mucho que le
gustaba oler los libros antes de acomodarlos en su respectivo lugar. Además te
confesará que buscaba en los registros de la biblioteca para saber exactamente
qué libros pedías prestados, para hacer una lista y ella también leerlos.
Hablarán de la
vida, se llenarán de lágrimas y tristeza; volverán a comenzar la vida, junto al
otro.
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