Alegoría
Él es un barco a la deriva con sus
sonrisas. Siempre fue un marinero acostumbrado a un océano salvaje, a un oleaje
violento, a las más temibles tormentas, a los infortunios más terroríficos de
la naturaleza.
Pero… esas aguas cristalinas y
apacibles, las cuales parecían susurrar y cantar en ese día, eran totalmente desconocidas
para el marinero. El sol posado en su cénit, con el cielo completamente
despejado, absolutamente azul e infinito, con las gaviotas alegres y
rimbombantes, daban una sensación de tranquilidad inmensa, que el marinero se
negaba a reconocer.
Curtido por el sol, salió a la parte
delantera del barco para contemplar tal acontecimiento. Simplemente no lo podía
creer, que esa sensación fuese humana, perceptible.
El marinero satisfecho, alzó sus
brazos, cerró los ojos y dejó que el viento lo besara, y susurró: mi verdadera conquista. – mientras volvía
a abrir los ojos y contemplaba la inmensidad del océano.
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