Despertó a las 7:45 de la
madrugada. El cielo estaba oscuro, pues embadurnaba la tierra en lluvia, en una
tempestad agobiante, un invierno que se había prolongado por ya un buen tiempo.
Preparó
su café y se sentó en medio de la sala. Encendió su habano, mientras observaba
las cartas que habían en su mesa de centro. Eran distintos tipos de cartas,
desde facturas, saludos extranjeros, saludos familiares, e incluso, cartas de
agradecimiento y de admiración por los escritos que había producido en su vida.
El
humo del habano rodeaba la sala, la lluvia golpeaba las ventanas con fuerza y
el viento producía ese sonido fantasmagórico que de niño lo aterrorizaba en los
días fríos. Qué nostalgia.
Se
inclinó y comenzó a releer sus cartas, a pesar de que habían unas en
particular, unas cartas con un lazo negro y con firmas que finalizaban en un
beso marcado con lápiz labial rosa. El día gris, la madurez que lo llevaría a
la vejez, la incertidumbre del mañana, y el solamente le temía a ese pequeño
montículo de cartas. Paradójico, ¿no?, temerle al pasado, a lo vivido, a lo que
ya debería estar olvidado, pero abrazar el futuro oscuro y sin una sola gota de
conocimiento de lo que podría suceder en sus próximas horas, días, meses o años.
Tomó
las cartas con una mano temblorosa, ansiosa, mientras fumaba para calmar el
alma. Soltó el lazo.
El
sol brilló con fuerza, ímpetu, imponiendo su grandeza al cielo. Las nubes se
disiparon, los animales salieron de sus escondrijos, las flores levantaron sus
pétalos y la oscuridad se fue. Todo esto, mientras sus ojos repasaban cada una
de las letras, cada una de las frases que una vez vivió.
Apretaba
sus dientes para no perder el control de sus lágrimas, y sonreía por cada
recuerdo que llegaba a su mente, cada día lluvioso que con esos labios se
desvanecían, y al igual que hoy, el sol se imponía.
Tomó
el lazo y de nuevo ató las cartas. El sol se escondió y de nuevo la lluvia se
apoderó del cielo, quebrando en llanto mientras que desolaba las calles de toda
vida posible.
Se
levantó, tomó las cartas y se acercó a la chimenea. Vaciló y se arrepintió,
pero finalmente, cerró sus ojos y lanzó el pasado al fuego, destruyéndolo de
todo bien que estaba en el devenir. Solo
quedarían recuerdos, nada más.
El
sol brilló una vez más.
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