viernes, 12 de abril de 2013

Espacio


El mundo se puede estar moliendo a palos, pero mientras yo te tenga, poesía, todo estará bien. Una mentira, por otra mentira.

Todos conocemos el Espacio. El Espacio exterior, me refiero. Bueno, no lo conocemos, pero resulta que algunos científicos, y algunos afortunados, llamados astronautas, dicen que afuera del planeta que habitamos, hay algo llamado Espacio. Por ende, lo tomamos como una verdad.

Por aquel entonces, en un futuro muy lejano, me encomendaron una arriesgada misión:

Al parecer, unos científicos jugando con sus máquinas futurísticas, y muy avanzadas, volvieron el Espacio agua. Es decir, se dice que uno no cae ni sube en el espacio, por ausencia de gravedad, pero estos ingeniosos científicos, volvieron el Espacio un océano. Quien se atascara en el Espacio, algo muy común en la época, iba a sumergirse en el agua infinitamente.

Para revertir esa jocosa situación, había que navegar por este Espacio repleto de agua, e intentar buscar la máquina. Con unas sencillas manipulaciones, el efecto podía ser contrarrestado.

Yo y otro personaje, íbamos a ser enviados en una nave intraespacialsubmarina, para buscar dicha máquina. El riesgo de la misión era que si no lográbamos tener suerte, podíamos quedarnos sin combustible y naufragar por la eternidad. Pues como bien sabemos, lo que nos hace envejecer es la gravedad.

Cuando recibimos las últimas indicaciones y nos embarcamos en la nave, me percaté de que mi compañero era una hermosa mujer. Una astronauta parecida a las que salen en las películas. Rubia, alta, de ojos verdes y de mirada agresiva pero decidida, y por supuesto, muy seductora. Los primeros días de búsqueda, fuimos muy rigurosos y profesionales intentando hallar la máquina. Después de tres días sin dormir, decidimos ir a descansar y activar el piloto automático, por si la nave encontraba algo.
Al despertar, salí de mi dormitorio. Ella ya estaba despierta, no llevaba puesto su uniforme, tenía una camisa de tiras y calzones. Al verme, se excusó y se puso roja, dijo que había acabado de despertarse. Sus senos eran perfectamente redondos, su cabello era largo, le llegaba casi hasta la mitad de su espalda, sus piernas eran largas. Su aire matinal y su mirada somnolienta, me hizo suspirar.
Le dije que no se preocupara, que no había ningún problema. Me senté junto a ella, estaba tomando café.
Empecé a hablar cordialmente con ella, le hice preguntas sobre su vida: se llamaba Helena. Después de un rato, de reír y conversar, me sentí enamorado.
Me sentí un poco melancólico y empecé a hablarle de lo mucho que me fastidiaban esos científicos irresponsables, y esos “progresos” y avances tecnológicos de mierda que habían descubierto.
Ella hizo lo propio. También empezó a blasfemar contra el mundo en general.

Volvimos a sentarnos al mando de la nave. Yo no quería estar ahí, solo volver a conversar con Helena. Sin pensarlo dos veces, me abalancé sobre ella, y empecé a besarla, ella hizo lo mismo. Volví a activar el piloto automático, y mientras nos abrazábamos y besábamos, caminábamos hacia el dormitorio. Hicimos el amor como si el mundo fuese a acabar, sentíamos que estaba sobre nosotros. Su piel era suave y perfecta. Su aroma se había impregnado en mí. 

Después de este frenesí, la nave nos avisaba que nos habíamos topado con la máquina. Me levanté rápidamente y me puse el traje. Me preparé para salir al espacio oceánico, ella prefirió quedarse.
Cuando me disponía a salir, ella salió del dormitorio desnuda, y a través de una puerta me dijo: “Si quieres, podemos quedarnos aquí, por la eternidad.”
Su mirada tenía amor y seducción. Una sensación eléctrica atravesó mi cuerpo.
Sin vacilar, volví a quitarme el traje. Entramos nuevamente al dormitorio.

Desde la radio de la nave nos gritaban: “Traidores de la humanidad.”

Si el amor no es humanidad, entonces ¿qué es? 

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