jueves, 25 de abril de 2013

La anarquía de las flores


Las tres eran amigas, vivían en el mismo barrio, desde pequeñas se conocían y todos los días se reunían. Sus edades oscilaban entre los 28 y 30 años.

Rosa vivía con su esposo y sus dos hijos. Estaba casi siempre sola en casa. Los niños iban desde temprano a la escuela y su esposo trabajaba como servidor público. Generalmente llegaba muy tarde.
Su casa estaba llena de decoraciones, fotos familiares, pero a pesar de ser una casa amplia, los detalles y tantos objetos asfixiaban el ambiente. Al entrar era un poco molesta la sensación. Daba la impresión de que no era un hogar, si no un almacén de objetos varios y antigüedades.

Margarita vivía con su esposo. Seis meses antes, el hijo que estaban esperando, había nacido con problemas respiratorios y murió unas horas después del parto. Desde esto, a Margarita nunca se le vio triste. Ella siguió su día a día normalmente, las personas no notaron alteraciones en su estado de ánimo. Esto era una simple máscara. Cuando estaba sola, se quedaba enajenada durante largas horas, y aunque no lloraba, solía escribir una historia diferente de la vida que pudo haber tenido su hijo.
Su esposo trabajaba en el partido Comunista de la ciudad, era secretario general y, por viajes, casi nunca estaba con ella. Su casa era acogedora, tenía un ambiente rústico y antiguo. Habían muchas estanterías repletas de libros y grandes obras pictóricas colgadas por toda la casa, lo cual daba la impresión de que las personas que habitaban allí eran muy cultas.

Jazmín vivía sola. Su esposo la había abandonado después de un año de matrimonio. Él era un escritor y fotógrafo muy conocido en la ciudad. Mientras estuvieron juntos, fue una hermosa relación. Jazmín se sentía plena y afortunada, ella había sido motivo de inspiración para una novela que él escribió. Una novela hermosa, que sin duda alguna, la había inmortalizado, metafóricamente. Aunque siempre le gustó el trago, nunca mostró excesos ni abusos. Pero dos meses antes de irse de casa, llegaba borracho todos los días, un poco violento. En una ocasión, después de muchos maltratos verbales, la golpeó fuertemente hasta dejarla inconsciente. Como él pensó que la había matado, al otro día no había rastros de sus pertenencias en la casa.
Jazmín era un poco melancólica.
Aunque su casa era común y corriente, tenía un ambiente extraño. Al entrar, había una sensación de vacío, el ambiente era un poco triste y lo único acogedor de la casa era el aroma a café.

Estas mujeres tenían algo en común. La soledad y sus jardines. Cuando no estaban juntas, casi siempre estaban en la parte trasera de sus casas arreglando las flores, plantando nuevas y cortando una que otra para llevarlas adentro y depositarlas en un florero.
Cuando la soledad y la tristeza se apodera de alguien, sin importar cuan afortunada o miserable sean sus vidas, hay dos salidas: aceptarlas y vivir con ellas, o atacarlas y vivir inútilmente para sanarlas y borrarlas, pero sabiendo que nunca podrán ser curadas ni erradicadas por completo. Esa búsqueda nunca quedará satisfecha.

Después de haberse reunido, una tarde cualquiera, en un café cercano, las tres llegaron a sus casas y casi mecánicamente y al mismo tiempo, cogieron un cuchillo y se hicieron una incisión sobre las venas de sus brazos. La sangre empezó a salir lenta, pero constantemente. Ensimismadas y extasiadas, con su mano contraria untaron sus dedos de un poco de sangre y empezaron a dibujar flores por toda la casa, unas pequeñas, otras más grandes, otras deformes y otras un poco más perfectas. Luego dibujaron con la sangre, flores sobre las fotos de sus familiares, sobre los cuadros y libros que tenían.
Finalmente, y muy debilitadas por la hemorragia, salieron al jardín para pintar los pétalos de sus flores. Pero se dieron cuenta que las hojas absorbían la sangre, que la mancha se desaparecía inmediatamente. Desesperadas, abrieron más sus venas con el cuchillo, la sangre empezó a salir a borbollones y violentamente, pero los esfuerzos fueron en vano, los pétalos volvían absorber y las manchas nuevamente volvían a desaparecer. Desesperadas, cayeron muertas en su jardín.

Estas mujeres tomaron la primer salida: aceptar y vivir con ellas. 

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