Las tres eran amigas, vivían en el
mismo barrio, desde pequeñas se conocían y todos los días se reunían. Sus
edades oscilaban entre los 28 y 30 años.
Rosa vivía con su esposo y sus dos
hijos. Estaba casi siempre sola en casa. Los niños iban desde temprano a la
escuela y su esposo trabajaba como servidor público. Generalmente llegaba muy
tarde.
Su casa estaba llena de decoraciones,
fotos familiares, pero a pesar de ser una casa amplia, los detalles y tantos
objetos asfixiaban el ambiente. Al entrar era un poco molesta la sensación.
Daba la impresión de que no era un hogar, si no un almacén de objetos varios y
antigüedades.
Margarita vivía con su esposo. Seis
meses antes, el hijo que estaban esperando, había nacido con problemas respiratorios
y murió unas horas después del parto. Desde esto, a Margarita nunca se le vio
triste. Ella siguió su día a día normalmente, las personas no notaron
alteraciones en su estado de ánimo. Esto era una simple máscara. Cuando estaba
sola, se quedaba enajenada durante largas horas, y aunque no lloraba, solía
escribir una historia diferente de la vida que pudo haber tenido su hijo.
Su esposo trabajaba en el partido
Comunista de la ciudad, era secretario general y, por viajes, casi nunca estaba
con ella. Su casa era acogedora, tenía un ambiente rústico y antiguo. Habían
muchas estanterías repletas de libros y grandes obras pictóricas colgadas por
toda la casa, lo cual daba la impresión de que las personas que habitaban allí
eran muy cultas.
Jazmín vivía sola. Su esposo la había
abandonado después de un año de matrimonio. Él era un escritor y fotógrafo muy
conocido en la ciudad. Mientras estuvieron juntos, fue una hermosa relación.
Jazmín se sentía plena y afortunada, ella había sido motivo de inspiración para
una novela que él escribió. Una novela hermosa, que sin duda alguna, la había
inmortalizado, metafóricamente. Aunque siempre le gustó el trago, nunca mostró
excesos ni abusos. Pero dos meses antes de irse de casa, llegaba borracho todos
los días, un poco violento. En una ocasión, después de muchos maltratos
verbales, la golpeó fuertemente hasta dejarla inconsciente. Como él pensó que
la había matado, al otro día no había rastros de sus pertenencias en la casa.
Jazmín era un poco melancólica.
Aunque su casa era común y corriente, tenía
un ambiente extraño. Al entrar, había una sensación de vacío, el ambiente era
un poco triste y lo único acogedor de la casa era el aroma a café.
Estas mujeres tenían algo en común. La
soledad y sus jardines. Cuando no estaban juntas, casi siempre estaban en la
parte trasera de sus casas arreglando las flores, plantando nuevas y cortando
una que otra para llevarlas adentro y depositarlas en un florero.
Cuando la soledad y la tristeza se
apodera de alguien, sin importar cuan afortunada o miserable sean sus vidas,
hay dos salidas: aceptarlas y vivir con ellas, o atacarlas y vivir inútilmente
para sanarlas y borrarlas, pero sabiendo que nunca podrán ser curadas ni
erradicadas por completo. Esa búsqueda nunca quedará satisfecha.
Después de haberse reunido, una tarde
cualquiera, en un café cercano, las tres llegaron a sus casas y casi
mecánicamente y al mismo tiempo, cogieron un cuchillo y se hicieron una
incisión sobre las venas de sus brazos. La sangre empezó a salir lenta, pero
constantemente. Ensimismadas y extasiadas, con su mano contraria untaron sus
dedos de un poco de sangre y empezaron a dibujar flores por toda la casa, unas
pequeñas, otras más grandes, otras deformes y otras un poco más perfectas.
Luego dibujaron con la sangre, flores sobre las fotos de sus familiares, sobre
los cuadros y libros que tenían.
Finalmente, y muy debilitadas por la
hemorragia, salieron al jardín para pintar los pétalos de sus flores. Pero se
dieron cuenta que las hojas absorbían la sangre, que la mancha se desaparecía inmediatamente.
Desesperadas, abrieron más sus venas con el cuchillo, la sangre empezó a salir
a borbollones y violentamente, pero los esfuerzos fueron en vano, los pétalos
volvían absorber y las manchas nuevamente volvían a desaparecer. Desesperadas, cayeron
muertas en su jardín.
Estas mujeres tomaron la primer
salida: aceptar y vivir con ellas.
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