miércoles, 10 de abril de 2013

Liz


Liz acaba de salir del hospital. Su esposo Norton la estaba esperando en el carro. Ella estuvo internada por más de un mes, debido a un intento de suicidio con medicamentos. Su esposo la halló tendida en el suelo del baño después de llegar del trabajo. La pareja tenía dos hermosos hijos: Marie y Morini, de 5 y 8 años. Ellos vivían en París.
Al subir al carro, Liz notó que el vehículo estaba repleto de maletas y objetos personales. Norton le notificó a su esposa que se iban a vivir a las afueras de la ciudad.
Mientras ella estuvo internada, su esposo consiguió una hermosa casa de campo. Él quería llevarla a un lugar tranquilo, apacible, lejos de la violenta ciudad, cerca de las flores, el aire limpio y fresco, un lugar maravilloso donde ella pudiera escribir y pintar.
Liz es hermosa: es alta y delgada, sus facciones son delicadas, su cabello es claro y sus ojos oscuros. Su mirada es profunda y melancólica. Norton la ama profundamente, sus sentimientos hacia ella, desbordan su ser. El trágico episodio del intento de suicidio le había afectado mucho, todos los días intentaba fortalecerse, para darle felicidad a sus hijos. Norton estaba convencido que este cambio de entorno iba a ayudar a Liz.
Desde pequeña su madre la abandonó y la dejó a merced de su violento padre. 
Desde que tuvo razón quiso ser escritora. Siempre leyó gran cantidad de libros. Soñaba con ser una gran escritora. Ingresó a la edad de 20 años a la Escuela de Letras, en donde conoció a Norton. Él estudiaba para ser editor de libros y periódicos.
A pesar de que Liz estaba en busca de su felicidad, al publicar su primer libro, este no tuvo muy buena acogida, los críticos habían sido muy mordaces con ella. Decían que aún era muy ingenua para escribir novelas. Esto la arrastró a profunda tristeza, y desde este momento empezó a tener grandes trastornos de bipolaridad. Algunas veces escuchaba voces en su cabeza, las cuales la sumergían en una profunda depresión. Podía pasar largos períodos acostada en su cama, sentía que algún día iba a sucumbir emocionalmente. Por fortuna, Norton siempre estuvo con ella haciendo lo que podía. A este buen hombre nunca le importó la condición de Liz, de hecho, eso lo hacía amarla aún más, y sentir un vínculo muy profundo. Cuando ella lloraba y desnudaba su alma frente a él, se conmovía tanto, que sabía que no quería estar con otra mujer que no fuese ella.

Al llegar a la casa de campo, la mirada de Liz cambió por unas semanas, la melancolía de sus ojos se había borrado, aparentemente. Se despertaba muy temprano en la mañana con los sonidos silvestres de la naturaleza. Salía de la casa descalza, le gustaba sentir las gotas de rocío en la planta de sus pies, luego recogía algunas flores del jardín y las ponía en un florero. Norton se sentía feliz. Estaba haciendo trabajos de edición en casa, y de esa manera podía estar pendiente de su esposa. Incluso, juntos empezaron a arreglar el exterior de la casa, hacían jardinería y era, para ellos, una felicidad fugaz.

No obstante, la melancolía se apoderó de nuevo de los ojos de Liz. Norton al verla, se dio cuenta que algo no andaba bien con ella. En una ocasión la encontró en un bosque cercano a casa. Ella estaba totalmente tendida en la tierra, su oreja estaba tocándola, le dijo a Norton que intentaba escuchar los latidos de la tierra, que estaba buscando algún tipo de respuesta, pues desde que había llegado a ese lugar, no había encontrado nada que la hiciera feliz. Unas semanas después, la encontró nadando desnuda en el lago del bosque, lloraba desconsoladamente. Ella se sumergía en el agua e intentaba quedarse abajo hasta que se le acabara la respiración, pero nunca lo lograba y siempre salía nuevamente a la superficie.
Después de estar muchas semanas en cama, sin levantarse, y solamente recibiendo visita de médicos que intentaban ayudarla, Norton la animó a que escribiera una nueva novela, y que con la ayuda de él, iban a publicarla.
Liz con un aire de amargura, se levantó y se encerró en una habitación contigua, allí empezó a escribir. Mientras escribía, fumaba uno que otro cigarrillo, iba tirando las hojas por el suelo de la habitación cuando no tenía más espacios en blanco. De vez en cuando gritaba y lloraba, no sentía satisfacción escribiendo esa novela. Norton no aguantaba más. Ver a su esposa así lo iba a destruir, ese amor tan grande que siempre sintió por ella, lo estaba arrastrando a un abismo.

Un día entró a la habitación:

-       ¿Sobre qué escribes? –preguntó Norton-
-       Sobre la muerte.
-       ¿Y algún personaje muere?
-       Sí. Pero aún no decido cual de los dos, si el esposo o su mujer. –dijo sarcásticamente Liz-
-       ¿La causa de muerte es suicidio? –preguntó tímidamente Norton-
-       Así es, la muerte del ser que amamos, es lo único que nos hace valorar la vida. –respondió con vehemencia-

Norton se levantó del lugar en el cual estaba sentado, con lágrimas en los ojos, y sacó un cuchillo que guardaba y dijo:

-       Todo sea por el amor que siento por ti.

Con un movimiento violento, cortó su garganta. Cayó desangrado frente a los pies de Liz. 

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