Alguna vez te has preguntado, ¿Qué tan difícil es destruir la mente humana?.
Yo sí, y comprendí el por qué las civilizaciones e imperios caen de manera tan ruin, pues como dicen que para que un imperio caiga, debe caer desde adentro.
Es así, tal cual como los imperios que una mente puede pasar de ser tan fuerte, tan helada, puede llegar a ser totalmente descuartizada con la más sencilla de las hazañas.
Oh qué frágil eres cuerpo, con qué facilidad te quiebras cual templo griego, te desprecio, te repugno al saber que mis más ocultos miedos son la burla de tus mentiras y tus promesas, de tus engañosas ilusiones y tu tormentosa realidad.
¡No, no quiero ser la caída que provoque tu victoria!, no quiero acabar como las grandes y despampanantes civilizaciones, grandes imperios que al futuro tenían previsto el orden y el cariño. No quiero acabar en tus brazos mientras fracturas cada parte de mi amor, de mis sonrisas, cada rayo de felicidad que me estás extinguiendo con tu lúgubre sombra, esa sombra que desde la tumba de tus irónicas mentiras me arrastra como si fuera tu juguete permanente, implantándome la desconfianza continua y la tristeza progresiva.
Así me destruyes, por dentro, ¡tú!, una estrella que se ha chocado contra mis sueños y los has quebrantado, así como cuando un pueblo se revela con la insatisfacción, la desesperación y la amargura de un ideal egoísta, es así como tú, traicionero sentimiento, me arrastras por los suelos sin clemencia y piedad. Por eso, hoy mismo declaro mi desprecio hacia ti.
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