Estaba parado a fuera de mi casa, con las maletas hechas, los de la construcción de enfrente todavía trabajaban, era un poco más de medio día, las orquídeas estaba hermosas, el edificio que construían estaba a medio hacer, y no había que ser experto para darse cuenta que estaba quedando mal hecho, bueno, se notaba en la actitud de los trabajadores, y no los culpo, pero si tan insatisfechos se les veía y con mala actitud trabajaban, deberían pensar hacer lo mismo que yo, salir de casa, hacer las maletas, ver el sol resplandeciente y caminar sin mapa ni brújula, sin caprichos ni rebeldías, solamente para ser coherentes y no vivir de una manera no auténtica, o tal vez que no hace feliz. Pero, ¿Quién soy yo para criticar la posición de unos pobres trabajadores?, que nadie sabe cuáles son sus necesidades. Deben ser absolutamente complicadas, por lo cual tienen que soportar el tedio de la vida de esa manera, en ese trabajo tan cruel y desprestigiado en nuestra sociedad.
Pero, ¿Quién soy yo para criticar su obra? Ellos por lo menos no pierden el tiempo como yo, pensando idioteces y en existencialismos, que lo único que hacen es atormentar la vida y hacer perder el rumbo, por eso estoy parado en frente de mi casa, pensando en los obreros, en el existencialismo, sin saber muy bien hacia donde voy y porqué quiero huir de todo lo que me rodea, de aquellos que son más que simples seres humanos, mi familia.
Pero también pienso, ¿qué es el camino o el destino? A ciencia cierta, para mí que soy escéptico, no es nada, sin embargo, tengo que pensar en eso inevitablemente, en qué será de mi…
Pero de qué sirve eso, cual gota descendente… Si me lleno de preocupaciones sin sentido, descenderé más deprisa sin poder apreciar de buena manera mi alrededor.
Pero como dice Fito Paez, “Vivir atormentado de sentido, esa si es la parte más pesada.” Y maravillosa…
Pero…
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