jueves, 20 de octubre de 2011

Déjame

Qué dulces labios tienes, amiga mía. Tan suaves, tan rojos, tan curiosos, tan…tentativos. Oh, cómo los he deseado toda mi vida, cómo las cadenas de lo correcto me han atado, me han castigado y retenido de la salvaje sensación de acechamiento hacia ti, hacia tu manera de hablarme, de seducirme, de destruir mi integra justicia, mi lealtad a lo ideal.

Pero es que no puedo, no puedo dejar de pensar que estás ahí, acosando desde la oscura tentación, el oscuro deseo que emanas con esos labios, ¡esos malditos labios!. ¿Qué es lo que poseen? , no puedo arrancarme la sensación, es tan corrupta, tan escurridiza, todo un escarnio para mi ser que esté cediendo ante semejante conspiración.

Pero, amiga mía, no puedo evitarlo, no puedo evitar que te desee, que antes de partir, deba tener tus labios, deba tenerte enteramente, perder la cordura que me queda, desatar todo lo que me detiene para robarte la vida a través de un dulce beso, desangrar todo tu cariño y tu ternura, tu frágil vida a través de un beso, tus castaños ojos cerrados ante la poesía del mundo, ante la belleza natural, con sólo el viento hablandonos, sólo el viento.

Que me despojen de todo, lo único que quiero es probar esos labios, esos rojos labios tuyos y decirte cada diminuto detalle de tu belleza.

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