Era una hermosa noche llena de
perfección. El cielo estaba despejado, las estrellas acompañaban a la
iluminación de la ciudad, mientras que una leve ventisca chocaba contra mi
cara. Todo parecía normal.
Abrí
la puerta del auto para dejarla entrar en él. Habíamos comido en uno de los
restaurantes más lujosos de la ciudad y lo que más quería ahora era pasar un
tiempo tomando un café en la comodidad de mi hogar.
Arranqué
y doblé en la esquina para acabar esperando en un semáforo. Mientras los minutos
pasaban, recordaba cada momento del día que había tenido con ella y de la
velada que se llevó a cabo.
A
las 5 de la tarde llegué a su oficina para recogerla e ir a cenar. Íbamos a
celebrar nuestro décimo tercer aniversario y pensaba proponerle matrimonio esa
noche. Estaba ansioso. Ella vestía con el vestido rojo que yo tanto admiraba, y
su cabello estaba peinado de manera que la hacía ver aún más radiante.
Ella
estaba feliz, sonreía sin parar y de camino al restaurante no parábamos de
mirarnos el uno al otro.
Todo
fue perfecto. Al proponerle matrimonio aceptó, mientras que la gente nos
aplaudía. Nada podía ser mejor.
El
semáforo cambió a verde, y yo aceleré progresivamente. Tomé la autopista y me
dirigía a unos 80 kilómetros por hora, pero todo ocurrió muy rápido. Un auto se
salió del carril contrario y chocó de frente contra nosotros. Ella no llevaba
cinturón.
Vi
todo lentamente. Salió despedida hacia adelante y su cabeza rompió el
parabrisas y creo haber visto brotar la sangre de su cráneo. Su cuerpo voló
varios metros mientras yo, desesperado ante la imagen, no sentí dolor aparente.
La
colisión tuvo una duración de aproximadamente 8 segundos, mientras los autos
que iban atrás del mío frenaban en seco, contemplando abruptos y estupefactos.
Abrí
la puerta, no me importaba los daños que habían ocurrido, me importaba ella y
nada más ella. Estaba lleno de miedo, mis piernas temblaban.
Al
dar el primer paso, noté un dolor en mi brazo derecho, que al parecer estaba
roto, pero eso no me detuvo y corrí hacia ella mientras escuchaba a los transeúntes y conductores que habían detenido su trayecto para pedir ayuda.
Estaba
tirada boca arriba, con la mirada extraviada y un tanto temblorosa. Quise
observar al conductor del auto que nos había chocado y noté que había muerto, o
al menos eso parecía.
Mis
manos comenzaron a temblar. La ambulancia no llegaba, estaba exasperado,
angustiado. La otra parte de mi vida se estaba yendo de este mundo y yo estaba
allí, llorando a cántaros sin saber qué hacer.
Comenzó
a convulsionar, sus pupilas se iban y su cuerpo vibraba de manera
escalofriante.
“Oye”,
dije en voz alta. “Estoy aquí”, su consciencia se desvanecía y mi mirada ya no
podía ver a través de la de ella. Estaba allí tirado junto a ella, totalmente
impotente en medio de la noche que creí, iba a ser maravillosa. Su cabeza se
ladeaba y sus ojos se cristalizaban, perdiendo toda la vida que tanto había
generado en las personas. Estaba perdiendo el control de lo poco que le
quedaba, y yo la perdía a ella, pero ¿Qué podía hacer yo, sino lamentarme?
Se
me iba la vida, se me iba ella, la luz que tanto anhelaba ver en las mañanas.
Sus ojos que antes eran un hermoso azul cielo, eran ahora dos agujeros negros.
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