Él estaba esperando ilusionadamente a que
ella llegara al café. Ya había bebido dos tazas y se había fumado medio paquete
de cigarrillos. Estaba muy emocionado, esta mujer realmente le gustaba.
De su mochila sacó un libro de poemas que
siempre llevaba con él, para leer mientras esperaba. El libro era un recuento
de poemas de Jaime Sabines.
Él siempre abría este libro en cualquier
páginas y leía el primer poema que veía; se dejaba conmover mucho por la
poesía. No sé si es un cliché, pero realmente el café sabe mejor mientras se
lee.
Finalmente llegó. Estaba hermosa.
Llevaba el cabello suelto, esto le daba
una aureola maravillosa de belleza.
No tenía ni una gota de maquillaje, su
naturalidad era espléndida. Vestía una leñadora abierta, de cuadros rojos y
negros, debajo tenía una prenda blanca.
Se saludaron alegre y enérgicamente. La
sonrisa de él nunca se borró mientras hablaban. Hablaron de cosas triviales. Un
poco de cine y libros. En algún momento trascendieron y hablaron de sus metas y
sueños.
Él sentía un deseo efervescente de sacar
su libro y leerle algún poema, con el pretexto de compartírselo, simplemente.
Pero no se decidía.
Finalmente sacó su libro y le preguntó si
quería escuchar un poema de Sabines. Ella accedió con una sonrisa.
Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se
arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo
enamorado.
Esta mortal ternura con que
callo
te está abrazando a ti
mientras yo tengo
Inmóviles mis…
De repente, ella empieza a sollozar, se
tapa la cara con sus manos y le dice que para de leer, que no continúe.
Él empieza a excusarse torpemente y a
preguntar qué sucede, sin obtener respuesta.
Finalmente, ella se para, se excusa y dice
que ese poema le recuerda a una persona que amó mucho en el pasado. Dice que no
quiere más fantasmas de esa persona en su vida. Se disculpa y dice que tiene
que irse.
Él se queda boquiabierto, con un nudo en
la garganta y llanto en los ojos.
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