“Todos quieren ir al cielo, pero nadie quiere morir.”
Quiero comenzar con algo que escribí para una
persona allegada a mi corazón la noche pasada:
“Me
di cuenta lo duro que es cambiar, lo duro que es querer en realidad lo mejor
para uno. Incluso el mismo infierno se vuelve cómodo una vez te acostumbras, y
yo buscaba tanto que el “yo vacío” se fuera y no importa cuán vuelto mierda
esté uno, el sol siempre sale y se esconde, de lo cuál hiciste parte, estando
en los días donde menos lograba ver algo. Lo más irónico de todo, es que todo
lo que quise ya lo tenía, ya tenía vislumbres del “cielo” cada día en los
amigos que tengo, la música, el deporte, en mí y darme cuenta que el amor que
tengo simplemente debe volver al punto de partida y aguardar ahí.” Bienvenidos.
Los
días se han convertido en dos opciones: Un deseo mortal o una salida a los
recuerdos que rodean mi consciencia. Me doy cuenta lo frágil que se ha
convertido mi voluntad, el poco poder que tiene ahora, lo rota que está.
Y
camino en escaleras y caras vacías, sin ninguna voluntad de ver las expresiones
que en realidad se dibujan en ellas. Camino y camino y veo un mundo lleno de
pocos pensamientos, donde todos quieren la felicidad pero jamás piensan que
para eso, para que el sol salga, debe haber una oscura y fría noche. Ni yo me
he dado cuenta de eso. Ya ni sé si la muerte es el primordial miedo para el
humano, pues yo mismo he muerto mil veces soñando. ¿Es que mi consciencia es
acuchillada mientras mis ojos están cerrados?
Mi
cabeza ha hecho un gran big bang, desparramando un universo de ideas incongruentes
a la moralidad común, mostrándome imágenes de cosas horripilantes, de poca
esperanza y de maldición, acompañado de un ser o un algo llamado mi otro yo, y
ese algo que no me permite salir de lo que acabo de describir, esa dualidad
mental grita que me lance a las llamas mientras me ve arder, que queme vea mi
mundo arder. Se sienta a mi lado y me pregunta cómo me siento con una sonrisa
de burla, sabiendo la respuesta y me pregunta si quiero hablar de ello, riendo
aún más, pues sabe que lo que más deseo es reprimirlo todo.
Pero
de alguna manera me apego a lo poco que queda de voluntad, a las ganas de
encontrar el sol y destruir toda raíz del pasado y dejar a un lado todo vacío y
saber que todo esto es solo un estado de ánimo o quizá un estado mental que al
final he de encadenar como hice con la rabia que constantemente atacaba. Si
quiero ir al cielo, debo querer morir y aceptar el curso de la naturaleza con
sus tormentas de fuego y sus torturas inmutables, sin importar el dolor y la
desolación que llene este universo de ideas, hay un horizonte destinado al que
debo caminar sin retroceder.
Me
he vuelto un paciente mental de mis propios pensamientos y no sé si es irónico
o trágico.
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