CAPÍTULO II
Su
cabello era largo y castaño, nariz recta y una cicatriz en medio del ojo, de
esas tétricas de película y dramas americanos. Era alto, y se le notaba una
gran fuerza con tan solo una ojeada. Lo llamaban Vulpes en el campo de
batalla. Él y su grupo de mercenarios
llevaban observando desde lejos una aldea que las fuerzas rebeldes tenían
planeado tomar.
A
eso de las 5:00 pm, varios jeeps con ametralladoras llegaron para tomar lo que
encontraran de la aldea. Llegaban con gritos de júbilo y sonrisas macabras en
sus bocas, listos para la tarea que se había tornado rutinaria, pero que
disfrutaban sádicamente. Vulpes ordenó un ataque silencioso, lejano, mientras
se acercaban lentamente.
Sus
mercenarios obedecieron y los disparos comenzaron. Los rebeldes comenzaron a
disparar a diestra y siniestra, pero no lograban ver nada, no tenían un
objetivo claro y uno por uno iban cayendo heridos, como si el hades se hubiera
abierto, tragándose sus almas una por una. Desconcertados, su número se
reducía, y ahora solo quedaban diez de los cuales 4 soltaron su arma y
corrieron sin rumbo y los 6 restantes, fieles hasta el final, murieron mientras
los mercenarios se acercaban desde las esquinas en círculo.
“Registren
que haya gente con vida, denles el alimento que hay en la mochila de reserva y
el agua de las cantinploras”- Dijo Vulpes, e inmediatamente obedecieron su
orden, mientras él caminaba registrando cada una de las casas y los refugios.
En una de ellas, escuchó gritos. Cargó su pistola y se escabulló entre los
muros, hasta encontrar la puerta de la que provenían. La derribó y encontró 4
niños con vida y otros 3 degollados justo en frente de un rebelde. De repente,
dos de los niños saltaron hacia él y lo derribaron, mientras tomaban su
cuchillo para atravesarlo, pero Vulpes se adelantó y disparó en el pecho del
hombre, acabando con su vida antes de que los niños mancharan las suyas.
De
alguna manera, Vulpes estaba sorprendido de la acción que habían tomado, a pesar
de que con tanta violencia involucrada en las vidas de aquellas personas, sería
lo más predecible que harían, pero la convicción en los dos niños, la ira que
sus ojos mostraban era diferente a lo que había logrado ver durante su estadía
allí.
Los
niños estaban temerosos, exceptuando por los dos hermanos, que aún empuñaban
sus cuchillos ante el extraño que estaba en frente de ellos y que el único
motivo que les impedía repetir su acto era que aquél hombre había ayudado en su
causa. Estaban confundidos y no sabían qué hacer. Vulpes levantó las manos y
dejó el arma en el suelo, mientras decía “No les haré daño alguno”. Los
hermanos se miraron a la vez y soltaron los cuchillos, mientras Vulpes sacaba
comida de su mochila y se las daba a cada uno.
Les
dio refugio a todos y los adopto como si fueran sus propios hijos. Era la
primera vez que encontraba niños vivos en algún enfrentamiento, pues
generalmente, todos los que encontraba estaban asesinados de todas las maneras
posibles; ahogados, quemados, fusilados…Por esto mismo se sintió conmovido de
saber que en medio de la desesperanza alguna luz podía brillar de nuevo y
formar un nuevo día. No todo estaba perdido.
Los
dejó descansar unos días, conociendo que posiblemente su psique no estuviera
muy bien, después de todo lo que habían tenido que percibir. Pero su vista, su
interés estaba en los dos niños, que a pesar de lo que había sucedido, estaban
tranquilos, como si nada hubiera sucedido. No había recordado haber
-¿Cómo
te llamas, cuál es tu edad?-, preguntó Vulpes al más alto de los dos. Éste
contestó –Kegluneq, 10 años-, respondió el niño, y prontamente preguntó -¿Quién
es usted, por qué nos ha ayudado?-.
>>Mi
nombre es Vulpes. Soy un mercenario sin obligación laboral en este país, mas sí
moral. Seguramente has de tener una enorme cantidad de preguntas que tendré el
gusto de responder a lo largo del camino que nos queda. Estoy aquí porque no
hay motivo para dejar ahogar en este mar de miseria y lágrimas a las víctimas
que cada día deben rogar a su dios para sobrevivir. Estoy aquí, no solo para mi
satisfacción, sino para que, de alguna manera, logre encontrar a las personas
indicadas que decidan levantarse y luchar, dejar a un lado el miedo a morir y
luchar por su país, sus creencias, sus familias, amigos, sus sueños. Gente
cansada de ver cómo sus ideales son pisoteados, magullados. Muchas veces no
permitimos que los problemas ajenos nos importen y decidimos simplemente
ignorarlos. Es cierto que muchos de ellos no son lo suficientemente graves como
para actuar al respecto, pero cuando un pueblo sufre, cuando un pensamiento
sufre, las manos, las voces deben unirse y confrontar a la opresión. No
importa de dónde vengamos, nuestro nombre, nuestro trabajo…Lo que importa es la
esencia de lo que soñamos y defender lo que creemos, por eso creo en la vida
humana, en la esperanza de la humanidad, en que de alguna manera de este oscuro
camino vendrá un resplandor que nos cegará de alegría.
Kegluneq
examinaba cautelosamente al jefe mercenario. Quería confiar, pero las
constantes persecuciones habían dejado su confianza delirando, como si algo la
hubiera pisoteado, amarrado de sus extremidades y lanzado con un ancla al fondo
del mar. Temía por su hermano menor más que por su propia vida. Las promesas
eran su convicción, su religión.
La
mirada de Vulpes era penetrante y estremecía de alguna manera a Kegluneq. Algo
le indicaba que era allí donde debía estar, que estaba destinado a caminar
junto aquel hombre.
Poco
se sabía de su vida personal, pues todos los integrantes del grupo mercenario
habían sido reclutados por el mismo Vulpes y al intentar acercarse a sus
pensamientos y asuntos personales, eran prontamente enviados a sus lugares de
vigilancia. Pero lo poco que se conocía era a partir de la fama que tuvo
durante su prestación de servicio en el ejército Norteamericano. Se decía que
era el más hábil su pelotón y que incluso estando herido, era capaz de
continuar hasta lograr su objetivo. Tenía una gran convicción y jamás dejaba a
un compañero atrás. Una noche fueron emboscados en medio de la guerra y su
mejor amigo se hallaba borracho y dormido, pues en el día habían conseguido una
victoria fundamental contra su enemigo, pero una explosión derribó el muro de
la base, dejando sepultado a su amigo, asfixiándose por los escombros y con las
costillas rotas, la mandibula y los pies. Vulpes, con lágrimas de ira, se lanzó
a los escombros, pero una nueva explosión apareció y fue lanzado a lo lejos,
cayendo de cara contra el suelo y cortándose con las piedras que habían. El
cuerpo de su amigo había sido desmembrado con la explosión, solo encontró su
brazo que lo reconoció por un tatuaje de un Zorro que siempre era visible al
disparar.
Vulpes
se levantó y sacó de su tienda de acampar un maletín del que salió un rifle
francotirador. – Tu hermano puede esperar, primero vamos a ver qué tan paciente
eres.-
Kegluneq
tomó el rifle y caminó junto a Vulpes hacia las montañas.
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