Y
construimos ciudades, bahías enteras, rascacielos, montañas, mares, planetas,
melodías, personas, soles y una infinidad de cosas a la luz de la inspiración
que cada noche llegaba con la calma, la sencilla calma que abundaba en medio de
cada palabra que se escurría en medio de la insinuación, en medio de la
creación de los sueños infinitos que fluían a través de la mar de todas estas
ideas inusitadas y desusadas.
Y fue así
que soñé cada día en las ciudades que construimos en medio de la juerga, de las
risas, de las calles recorridas y las palabras que nos acompañaron al caminar
por las oscuras calles de la ciudad, con las negras nubes surcando el cielo mientras
nos miraban desde allí, con el
despreocupado caminar, mientras que en nuestras mentes se alzaban edificios, volcanes,
y un millón de nuevos amaneceres.
Y allí
comprendí, en medio de las metrópolis que diseñamos, que era el único lugar
donde te encontraría, donde serías libre, donde envejecerías y bailarías con la
sonrisa dibujada en el rostro. Que tu esencia jamás se perdería y que la
nostalgia se iría de tu estropeada alma y…finalmente, comprendí que eras la
calma que siempre necesitaste ser, que fuiste para todos, pero jamás para ti.
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